martes, 23 de octubre de 2012

El Valor de la Vida (Halloween Special)

Juan Manuel sale de su oficia, está atardeciendo en la Ciudad de México y el sol acaricia los edificios de oficinas de la transitada avenida, los coches, que durante el día recorren el infatigable río de asfalto y los puentes que se encuentran nueve pisos debajo de la oficina del joven, ahora se encuentran totalmente parados, haciendo ver toda la zona como un gigantesco estacionamiento, afortunadamente, el oficinista sólo tiene que caminar unas cuantas cuadras para alcanzar la estación del metro más cercana, y así poder llegar con más rapidez a casa…
 
Mientras camina sobre el enorme atolladero, al lado de otra avenida que cruza la ciudad de oriente a poniente, Juan Manuel repara en una chica alta, de cabello corto y rubio, que rodea bellamente su cabeza, sólo puede verla de perfil, alcanza a distinguir unos enormes ojos azules, melancólicos, que miran al horizonte, hacia las bestias mecánicas detenidas a sus pies, pensativa y serena, su nariz es recta, pequeña y altiva, aguileña, al respirar se hincha ligeramente, dando la sensación de que su dueña trata de aspirar más aire del que le permite el tamaño de su nariz, la boca es pequeña, de labios carnosos, la chica no está maquillada y aún así es hermosa, el chico se siente impulsado a hablarle, y cuando se da cuenta ya está junto a ella, diciendo:
 
- Disculpa mi intromisión pero, ¿estás bien?
 
La chica se sobresalta un poco, mira azorada a Juan Manuel y sólo contesta:
 
- Sí.
- ¿Segura?, te notas algo preocupada…
- No es nada, ya se me pasará.
- ¿De verdad?, si quieres yo podría acompañarte al metro, o a algún lugar donde puedas ir a casa…

- ¿Quieres dejar de molestarme?, ¿No entiendes lo que quiere decir la palabra “no”?
 
Juan Manuel, pasmado por la frialdad de la mujer, asiente con la cabeza y murmura:
 
- Tienes razón, sólo estoy molestando, lo siento.
 
Dicho esto, el oficinista empieza a caminar hacia la estación del metro, piensa un poco en la belleza de la chica y mucho en su frialdad y grosería… ¿de verdad estaba molestando?, a él le parecía que sólo trataba de ser amable, después de todo, la chica parecía afectada por algo, claro que él no solía abordar así a las chicas, en ese momento comprendió que algo en ella le había dado mala espina, casi parecía que la chica estuviera a punto de…
 
- Oye…
 
Alguien jala del brazo gentilmente a Juan Manuel, cuando voltea, se percata que es la chica que acababa de dejar en el puente, tuvo que haber corrido un poco, porque sus mejillas se notaban enrojecidas y ella respiraba agitadamente, el chico dijo:
 
- ¿Si?
- Disculpa que te haya tratado de esa manera, fui muy grosera, comprendo que sólo querías ser amable, ¿Cómo te llamas?
- Juan Manuel Prado…
- Mucho gusto, Juan Manuel, yo me llamo Olivia Sonneilon…
 
Al ver el rostro de desconcierto del joven, Olivia le explicó que sus padres eran franceses, pero ella había nacido en México, dicho esto, la chica le preguntó si no le molestaría que lo acompañara, Juan Manuel aceptó y caminaron juntos hasta la estación del metro, Olivia iba más sonriente y amable de lo que había estado en el puente, pero seguía viéndose melancólica, el muchacho no quiso profundizar en este asunto hasta que el metro casi iba llegando a la terminal, Olivia le había dicho que cuando él la encontró, casualmente iba hacia su casa, cerca de la misma estación donde Juan Manuel bajaba, poco antes de descender, el oficinista le preguntó a la chica:
 
- Dime una cosa, Olivia, ¿Por qué estabas triste en el puente?
 
La mujer de nuevo adoptó una mirada fría y le espetó secamente:
 
- Eso es algo que no te importa, Juan Manuel.
 
Olivia no volvió a abrir la boca hasta que descendieron del metro, al salir de la estación se despidió secamente de su acompañante y se perdió entre las calles cercanas, Juan Manuel se quedó con la impresión de que había cometido una indiscreción y caminó hacia su hogar…
 
El día siguiente, sin embargo, traería una sorpresa a la rutina del oficinista, al salir de trabajar, encontró a Olivia en el mismo punto donde la halló el día anterior, por un segundo supuso que ella lo ignoraría, pero se equivocaba, la chica volteaba constantemente a ver a los que pasaban cerca de ella, y Juan Manuel dedujo que lo estaba esperando, cuando llegó hasta ella, esta duda se despejó:
 
- ¡Hola, Juan Manuel!
- Hola, Olivia…
- Oye, quería disculparme contigo, ayer fui demasiado brusca, no tienes porqué saber lo que pasó y es obvio que no tuviste mala intención… ¿te molesta si te acompaño de nuevo?
 
Juan Manuel estuvo a punto de decirle que no, que prefería irse solo, pero la presencia de la chica lo dejaba extrañamente fascinado, parecía que bajo esa mirada triste pero amable, latiera algún secreto inconfesable, y la curiosidad podía más que cualquier sensación de desagrado…
 
- Claro, Olivia, no hay problema.
 
Ambos comenzaron a caminar mientras conversaban más animadamente que la tarde anterior, abordaron el metro y platicaron todo el camino hasta la terminal, allí se despidieron, acordando verse al día siguiente de nuevo…
 
Así pasaron los días, Juan Manuel y Olivia se encontraban diariamente sobre el puente e iban conversando todo el camino hasta la terminal del metro, la conversación era cada vez más animada, cada vez más amistosa, cada vez más íntima...
 
Un buen día, Juan Manuel se encontró a su amiga algo más melancólica que de costumbre, la forma en que miraba al horizonte ese día le recordaba al chico el primer día que se encontró con Olivia, recordó en ese momento que lo que le dio mala espina la primera vez era que la mujer parecía dispuesta a…
 
- Hola, Juan Manuel…
- Hola, Olivia ¿todo bien?
- No, hoy es un día triste…
- ¿Por qué?
- Hoy se cumple un año de la tragedia…
- ¿Cuál tragedia, Olivia?
 
La chica no contesta, el joven siente un escalofrío que le recorre la espalda, de pronto Olivia dice:
 
- ¿Te molesta si nos vemos mañana?, Tengo que ir a los puentes gemelos a arreglar algo…
 
Ni siquiera lo había mirado al decir esto, Juan Manuel no tuvo más remedio que decir:
 
- Seguro, no hay problema… ¿segura que todo está bien?
- Sí, es sólo que… tengo que cerrar un ciclo…
- Bueno, hasta mañana entonces…
- Hasta mañana, mi muy querido amigo…
 
El joven se despidió de Olivia asombrado, el cambio operado en ella era notable, antes de irse alcanzó a ver que la chica tomaba un camión hacia la exclusiva zona residencial que se alza en el extremo poniente de la ciudad, sin poder quitarse de la cabeza la situación, Juan Manuel fue a su casa…
 
Le tomó unas cinco estaciones darse cuenta de lo que pensaba, primero, que Olivia estaba deprimida, seguramente por alguna tragedia personal, segundo, ese día se cumplía un año, tercero, que había ido a “cerrar un ciclo” a los “puentes gemelos”, le tomó otras cinco estaciones el conectar todas las ideas que le rondaban con lo que le dio mala espina el primer día que conoció a Olivia... la chica parecía estar a punto de saltar hacia el Periférico cuando la abordó, una rápida investigación en Internet en cuanto llegó a casa le reveló el misterio, al buscar pistas, Juan Manuel encontró la siguiente noticia:
 
“Suicida en Las Lomas.
El día de hoy la policía encontró el cuerpo sin vida de Gonzalo Romero, el cadáver fue hallado debajo de los puentes gemelos que cruzan la cañada que se encuentra a la altura de la calle de Bosque de Duraznos, en la exclusiva zona residencial de Las Lomas, las autoridades están convencidas que el joven se suicidó.”
 
El chico, desesperado, sale corriendo en dirección opuesta a la que acaba de recorrer, vuelve a la zona de su oficina, toma un camión a Las Lomas cuando la noche envuelve la Ciudad de los Palacios, y para el momento en que llega al puente de Bosque de Duraznos ya es noche cerrada, Juan Manuel corre hasta que encuentra a Olivia en el otro extremo del puente, recargada sobre el barandal que la separa de la barranca, las delicadas piernas balanceándose de un lado a otro, sin aliento, el muchacho llega hasta Olivia y grita:
 
- ¡No lo hagas!
 
Olivia lo mira sorprendida, al mismo tiempo que con una agilidad asombrosa, sube ambas piernas al borde mismo del barandal, mientras grita:
 
- ¡No te acerques, esto no es asunto tuyo!
- ¡Pero no vale la pena, Olivia!
- ¿Que no vale la pena?, ¿Qué demonios sabes tú sobre el amor? ¿Acaso has amado a alguien de la manera en que amaba… amo, a Gonzalo? ¡No quiero vivir sin él!
- ¡No hagas esto, Olivia!, quizás no sé mucho sobre lo que sientes, pero sé esto: tu vida no tiene porqué acabar junto con la de Gonzalo, tú debes superarlo…
- ¿Superarlo? ¿Cómo?
- Yo te ayudo a superarlo, buscaremos ayuda profesional, buscaremos por todos los medios la forma en que puedas dejarlo ir, no vale la pena terminar tu vida así, Olivia…
 
La chica lloraba, Juan Manuel se acercó lentamente a ella, la chica dejó de tensar los brazos y sollozaba, el chico la tomó por los hombros y la ayudó a bajar, ella se alejó del barandal y abrazó fuerte a Juan Manuel, mientras decía:
 
- Gracias, muchas gracias, amigo…
- De nada, Olivia, al contrario, gracias a ti por no haber saltado…
- No me agradezcas todavía, imbécil…
 
Juan Manuel apenas pudo digerir esas palabras, se separó de Olivia lo suficiente para ver la siniestra sonrisa que cruzaba su rostro, acto seguido, la chica lo soltó y lo empujó, el joven no se había dado cuenta de lo cerca que estaba del barandal y cayó de espaldas hacia el barranco, durante su caída no pudo quitar la vista de la mirada alegre y diabólica que Olivia le dedicaba, segundos después, su cuerpo se rompía al impactar el suelo, murió al instante…
 
Olivia miró en todas direcciones, nadie la había visto, sonrió, por fin había terminado un ciclo…
 
“Suicida en Las Lomas.
El día de hoy la policía encontró el cuerpo sin vida de Juan Manuel Prado, el cadáver fue hallado debajo de los puentes gemelos que cruzan la cañada que se encuentra a la altura de la calle de Bosque de Duraznos, en la exclusiva zona residencial de Las Lomas, las autoridades están convencidas que el joven se suicidó.”
 
Un par de meses después, otro joven oficinista, que utilizaba el mismo camino que Juan Manuel, repara en una chica alta, cabello a los hombros, negro, que rodea bellamente su cuello y hombros, sólo puede verla de perfil, alcanza a distinguir unos enormes ojos azules, melancólicos, que miran al horizonte, hacia las bestias mecánicas detenidas a sus pies, pensativa y serena, su nariz es recta, pequeña y altiva, aguileña, al respirar se hincha ligeramente, dando la sensación de que su dueña trata de aspirar más aire del que le permite el tamaño de su nariz, la boca es pequeña, de labios carnosos, la chica no está maquillada y aún así es hermosa, el chico se siente impulsado a hablarle y le dice:
 
- Disculpa que me meta, pero, ¿estás bien?
 
La chica se sobresalta un poco, mira azorada al muchacho y sólo contesta:
 
- Eso es algo que no te importa…
 
Luego de que el chico se disculpa, Olivia Sonneilon lo ve irse y sonríe, otro ciclo está por comenzar…

En el Metro V

(Nota: Como recomendación personal, sugiero leer este cuento mientras escuchan "Malagueña Salerosa" en la versión del soundtrack de Kill Bill)

Estación Chabacano
Viernes, 23:45 horas…
 
La chica mira directo a los ojos al sujeto que tiene frente a ella, todo el rencor, el odio y los deseos de venganza se acumulan y enturbian su mirada, el porte del tipo, esos eternos lentes oscuros tan mamones, el aire de autosuficiencia, la soberbia y el desprecio que desborda todo él la fastidian, la hartan, la exasperan; por eso están ahí, en el pasillo, dispuestos a resolver esa maldita disputa de una vez por todas…
 
El hombre la mira: la mujer, menuda, delgada y hermosa, de lindos ojos color avellana, cabello corto, negro e indomable, tan intolerantemente bella como siempre, tan divina, tan delicada, tan irreal a veces; ahora lo mira con odio, ambos supieron desde siempre que terminarían así, todo lo que había pasado entre ellos tres era sólo un largo camino de encuentros, desencuentros, ataques, defensas y retiradas, que los había de llevar, inexorablemente, a este punto…
 
- ¿Lista, mi adorable guerrera?
- Cuando gustes, miserable…
 
El viento arroja un periódico hacia el pasillo, el cual vuela y se arrastra por el improvisado campo de batalla, justo en el punto ciego de las cámaras de seguridad, la alocada y despreocupada carrera del papel arrugado es detenida por una chica alta, guapísima como la guerrera de cabello negro e indomable, tierna y temerosa, que observa como el amor de su vida está a punto de enfrentarse a la pesadilla de su vida, de la batalla depende su futuro, su felicidad y su ser, ella siente, igual que él, que todo lo que ha pasado ha sido simplemente un prólogo para el épico enfrentamiento que está por desatarse…
 
- ¡Vamos, perra!
- ¡Bastardo!
 
Ambos combatientes corren, ella escondiendo su sable en la espalda, él llevándolo en la mano izquierda, las trayectorias finalmente chocan, se escucha claramente el sonido del acero estrellándose frente a sus ojos, también puede ver perfectamente los destellos argentinos que despiden las armas al ser iluminadas por los simples focos de la estación, la batalla es veloz, despiadada y sin cuartel, de pronto, la chica lanza su ataque y el sujeto logra evadirlo, da media vuelta y logra descargar el golpe antes de que la guerrera del cabello indomable logre reponerse, ahora ella luce un largo corte en la espalda baja, la sangre mana abundante de la herida, la chica respira agitada, su cabello luce aún más rebelde que antes, él jadea debido al esfuerzo realizado, los dos guerreros descansan en sus posiciones por un momento, luego levantan los sables, dispuestos a lanzar el último ataque, el chico dice:
 
- Aún es tiempo de arrepentirse y retirarse, guerrera…
 
Ella lo mira sin parpadear, toma el sable con ambas manos y se coloca en posición, mientras dice:
 
- Ataca tan duro como puedas…
 
Un destello que se refleja en los lentes oscuros impide ver el ligerísimo asombro con que estas palabras han sido recibidas, ambos se miran una última vez y avanzan, corren hacia ese, el último embate de la batalla…
 
Los sables chocan, el acero produce un sonido agudo y estruendoso, él gira para alcanzarla, el arma produce un sonido escalofriante al avanzar hacia la cabeza de la chica, ella, por su parte, descarga con toda su fuerza el último golpe…
 
Ambos se quedan quietos, jadeantes, todo lo que debía entregarse en este combate se ha entregado, ella está agachada, él de pie, el sable de la chica aún está en sus manos, él todavía sostiene el suyo con la mano derecha, los dos siguen respirando entrecortadamente, la chica frente a ellos observa pasmada el resultado de la batalla, no puede creerlo…
 
Finalmente, la tensión es rota cuando uno de los sables cae al suelo con gran estruendo…
 
Él está herido de muerte, la guerrera de cabello indomable logró evadir el sable que viajaba hacia su rostro, sólo perdió parte de su cabello al agacharse, su último ataque, en cambio, atravesó limpiamente el vientre de su oponente, quien, luego de soltar el sable, cae de rodillas, sus últimas palabras son:

- Ahora sabemos quién de los dos es mejor, guerrera…
- Nunca se trató de eso, y lo sabes…
- Disfruta tu victoria, la has ganado limpiamente…

La guerrera del cabello indomable, sin mirarlo, sonríe; se recupera y se pone de pie, toma a la chica de la muñeca y le dice suavemente:

- Vámonos, mi amor…

La otra chica le sonríe, la mira y se abraza a ella, ambas suben al andén y desparecen para siempre…

En el Metro IV

Estación Polanco
Sábado, 23:15 horas…
 
El hombre voltea en todas direcciones, siente que lo siguen, por otro lado, es casi imposible que alguien lo haya visto, incluso es imposible que alguien sospeche, ¿quién podría darse cuenta de lo que lleva encima?...
 
Aprieta el paso, las dos maletas negras que lleva llaman mucho la atención, pero al ser deportivas, casi todos los trasnochantes creen que debe haber equipo deportivo en ellas, ¿cómo podrían saber que adentro va el producto de un robo?...
 
Llega al fondo de la estación, nadie lo ve allí, dos chicas están casi a la mitad de la estación y son las personas más cercanas a él, ¿cómo sospecharían que viene huyendo?...
 
El tipo trata de relajarse mirando el túnel, siendo tan bueno con los números, al abandonar el tren de la dirección contraria la estación, no puede evitar calcular a ojo la velocidad de arranque, e incluso el tiempo que le toma alcanzar 50 km/h, ¿Qué podría salir mal en ese momento?...
 
El tren hace su entrada magistral, listo para llevarlo lejos, con el dinero que le acaba de robar a su empresa, ya nada puede fallar ahora, se dice, es cosa de llegar a…
 
Mientras el metro hace su sonido característico, una persona chaparrita, en la que nadie ha reparado, que salió desde el túnel cerrado que lleva al andén, se acerca por detrás al sujeto, el Contador sólo se da cuenta de ello al verla reflejada en los vidrios de los vagones, quiere gritar, pero al abrir la boca, la chica (porque él sabe que es esa chica) le impide emitir sonido alguno con la mano, extrae un cuchillo afiladísimo de su gabardina y hábilmente, mientras el convoy llega a la mitad, corta de un tajo el cuello del Contador…
 
El metro abandona la estación, ¿las maletas? Ya no están; ¿las chicas? Nunca vieron a la chica degollar al Contador e incluso viajan en el mismo convoy que ella; ¿sospechas? Sólo del policía, cuando la señora de la limpieza le haga señas y el Contador ya lleve más de 30 minutos frío; ¿el robo? Descubierto el lunes, junto con la muerte del Contador; ¿el botín? Sirvió para comprar una casa en la playa, un pequeño y simpático cochecito, y un retiro dorado para una joven secretaria que estaba harta de su antipático jefe…

En el Metro III

Estación Tacuba
Martes, 19:30 horas…

Manuel camina lentamente, el largísimo traslado entre líneas siempre lo ha fastidiado, si lo sigue haciendo, es por pura costumbre, francamente…

Pasa junto a una banda que toca una exquisitez, mal interpretada, obviamente, y él voltea a ver el reloj mientras aprieta el paso, metros y metros de pasillos pasan bajo las suelas de sus zapatos, al dar la vuelta al pasillo la acústica le revienta  en la cara una de las frases de la canción…

“…parece que otro día va a comenzar, otra vez;
Pero a mí no me verán hasta el anochecer”

Hasta parece que Dios quiere jugar rudo con él, luego de años y años de aguantar esa situación, cada vez que vuelve a pasar, cada que él deja que de nuevo venga el tornado y se lleve algo de su vida que de verdad le importaba, y sólo le deje otro poco de destrucción y locura, piensa en todas las pequeñas señales que, como dardos, el Destino, Dios, La Mole o como quieras llamarlo, le arroja todos los días a la cara…

Y para acabarla de fregar, ya se le hizo tarde…

Después de que ella lo abandonara por aquél pelmazo, habían pasado años, tranquilos, adorables, pacíficos, deliciosos, literalmente, sin saber absolutamente nada del huracán Mariana

Claro que para los ojos de muchos (Manuel incluido) ella era algo especial, increíble y pocas veces visto, pocos podían librarse del hechizo que su forma de ser dejaba en las personas, claro que había más de uno que, como si no fuera nada, la habían botado, y cada vez que la chica se despeñaba, ahí estaba él para recoger los pedazos…

Por supuesto que la cosa con el chico de la dimensión paralela no había funcionado (como que ella también venía de otro puto planeta, ni dudarlo) y ahora tenía alerta de huracán cada maldita semana, salvo aquellos días que algunos incautos le hicieron el paro de capotear con la tormenta, pero, obvio, pocos se aventaban el tiro de vivir al lado de un huracán (sólo a él se le ocurría, francamente) y la ventisca siempre terminaba cayendo sobre él de nuevo…

Cada vez era más tarde, Manuel apretó el paso, venía corriendo desde el andén de la línea 7, ya casi, ya casi estaba el andén de la línea 2, sólo era cosa de dar vuelta al recodo y llegar a donde Mariana lo espera desesperada…

Sólo que Manuel quedó petrificado, a pocos metros de él, la chica huracán, que al parecer se adelantó demasiado a su llegada, se besuquea descaradamente con otra chica, el pobre diablo no puede pensar en nada, salvo en desandar el camino andado, sin poder siquiera reclamarle…

Los primeros 100 metros son de asombro… ¿qué hice mal?...

Los siguientes 200 metros son de tristeza… ¿cómo pudo pasar?...

Los siguientes 300 metros son de depresión… ¿porqué a mí?...

Los siguientes 400 metros son de enojo… ¿pues qué se cree esta pinche vieja?...

Los últimos 500 metros son de realidad… ¿indeciso yo? ¡Indecisa tu chingada madre!...

La banda vuelve a interrumpir los pensamientos de Manuel, ahora tocan otra exquisitez, pero esta vez no le parecen tan malos, los escucha con las manos dentro de los bolsillos, justo cuando la canción termina se da cuenta que la vocalista de la banda es muy bella, la mira azorado y de pronto sus miradas se cruzan...

Basta ese breve momento para que, cuando el teléfono de Manuel repiquetea, y aparece incesantemente en la pantalla el nombre “Huracán” el chico desvié su mirada de la bella cantante sólo lo suficiente para arrojar el celular (por lo demás uno muy sencillo) hasta el otro lado del pasillo, la chica lo mira asombrada y curiosa, Manuel vuelve a cruzar miradas con ella y le sonríe, la sonrisa es devuelta…

Una historia de amor acaba de comenzar en el trasbordo…

En el Metro II

Metro Tlatelolco
Jueves, 23:15 horas
 
El anciano muestra la credencial al policía, el amable servidor público lo deja pasar sin pagar, el hombre agradece con una ligerísima inclinación mientras toca su elegante sombrero de fieltro, negro, de gran calidad como los que su padre solía comprar, una voz grave, imponente, resuena cuando pasa junto al policía:
 
- Muy amable, joven…
 
Con paso lento, pero erguido y seguro de sí mismo, el anciano desciende las escaleras, se apoya en su bastón y rechaza cortés pero firmemente la ayuda que le ofrece un muchacho, el hombre viste traje negro de tres piezas, camisa blanca inmaculada, corbata negra, camina apoyado en un bastón de caoba quemada, duro y fuerte, el sombrero impecable, que lo hace lucir como un detective o un viejo gángster, completa el señorial cuadro…
 
No le gusta regresar tan tarde a casa, pero ese día se había retrasado por tener que atender algunos pendientes, tampoco le gustaba mucho subirse al metro en esa estación, pero no quedaba más remedio, el anciano llega al andén semivacío, en dirección sur, consulta su reloj de cadena, el mismo reloj que su padre, militar de larga carrera, le regalara en su lecho de muerte…
 
El hombre voltea a ambos lados, no se ve a nadie a menos de 50 metros, y el metro que no llega, a su espalda está la publicidad de un candidato a la Presidencia, que sonríe afablemente, el anciano, al percatarse, deja escapar un bufido y camina hasta dejar atrás la sonriente fotografía, prefiere solazarse viendo la publicidad del candidato conservador, que está frente a él… ah, que tiempos aquellos, cuando había orden y paz, cuando nadie cuestionaba las decisiones de los que sí saben cómo hacer las cosas…
 
Un ruido sutil, furtivo, pero muy claro, distrae al anciano de sus reflexiones, voltea hacia su izquierda, no detecta a nadie, pero juraría que escuchó algo, el hombre ve como el metro se acerca, por fin podrá llegar a casa, otro ruido lo sobresalta, voltea ahora hacia su derecha y no ve absolutamente nada, el metro entra en la estación a toda velocidad, el anciano lo observa tranquilo, hasta que de pronto siente un empujón por la espalda, y escucha claramente una voz joven que le grita:
 
- ¡Toma por ojete, cabrón!
 
El anciano no puede detenerse y cae a las vías mientras el metro pasa haciendo su ruido característico, el conductor no puede hacer nada y arrolla al anciano, la persona que lo empujó hacia las vías corre, logra pasarse del lado contrario en medio de la confusión y escapa hacia la unidad habitacional…
 
El periódico muestra esta nota al día siguiente:
 
“Ayer, alrededor de las 23 horas, un joven que no ha podido ser identificado arrojó a las vías del metro, en la estación Tlatelolco de la Línea 3 al Capitán Manuel Rodríguez, retirado, el Capitán estuvo en activo en el Ejército entre 1964 y 1988, cuando se jubiló, según los archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional. Se cree que el Capitán tuvo relación con el infame Batallón Olimpia, que tomó parte de la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco…”

En el Metro

(Nota: todos los cuentos publicados con este título forman parte de una serie, un proyecto que apenas ahora estoy iniciando y que seguramente me llevará años terminar... eso si el Gobierno de la Ciudad de las Obras Viales no decide hacer otra línea.)
 
Estación El Rosario
Viernes, 12:30 horas…
 
…Ramiro corre desesperado, brinca las escaleras de dos en dos, empuja a un par de muchachos que vienen frente a él, el sudor corre copiosamente sobre su frente, llega a la cúspide de la escalera como quien sube el Monte Everest sin oxígeno, jadeante, corre despavorido, derribando a su paso a un hombre de traje negro, el sujeto le grita algo, Ramiro no tiene oídos para nadie en ese momento, da una vuelta equivocada, retoma el camino correcto y llega como rayo a los torniquetes, con la mochila tira el café que está tomando el policía que cuida la entrada, el guardián de la ley y el orden sólo alcanza a gritar:
 
- ¡Hijo de la…!
 
Ramiro sigue corriendo, impulsado por una fuerza ajena a él, más grande que su cansancio, más grande incluso que sus ganas de no correr, más grande que su apatía y su hueva, más grande incluso que él mismo, al llegar a la tercera salida baja corriendo las escaleras, tira en su carrera a otro joven que viene distraído, sigue corriendo mientras su mirada otea el horizonte cercano, tratando de verla, asume que ella ya está en el camión que está por salir, aprieta el paso (si es que esa expresión es posible al ir corriendo como poseído) mientras grita desesperado:
 
- ¡María!, ¡María!, ¡No te vayas, María, tengo que hablarte!, ¡María!...
 
El chofer del autobús, que viene escuchando la radio, ni ve ni oye al chico que corre tratando de alcanzar el camión, Ramiro no alcanza la puerta a tiempo y el camión empieza a tomar velocidad, el joven golpea las ventanillas mientras continúa con su desesperación:
 
- ¡María! ¡Por favor! ¡No te vayas!...
 
El pasillo se termina, el camión acelera más y empieza a dejar atrás a Ramiro, quien sigue golpeando las ventanas sin poder verla y sigue derramando su desolación sobre los asombrados pasajeros del autobús:
 
- ¡María! ¡No te vayas! ¡Nooooo!...
 
Es inútil, el camión acelera y lo deja muy atrás, Ramiro acaba de perderla por tardarse sólo un minuto más de la cuenta, por el rostro sudoroso del chico empiezan a correr gruesas lágrimas, derrotado más allá de todo entendimiento humano, empieza el largo regreso a la estación, va con la cabeza gacha, no mira a nadie y nadie lo mira, tan evidente es su estado de ánimo, sube lentamente las escaleras que hace unos minutos descendió como una avalancha, contando los escalones como los condenados suelen contar los escalones del cadalso, al llegar a la cima, rendido y cansado, su hombro derecho golpea el hombro izquierdo de una chica que viene del metro, ambos se miran, por un segundo con rencor, después asombro, luego incredulidad, y finalmente pensando que el destino sabe cómo hacer las cosas…
 
- ¿Ramiro?
- ¿María?... ¿Qué haces aquí?
- Bueno, tú sabes… aquí tomo el camión...
- Cierto, lo olvidaba…
- ¿Y tú que haces aquí?
- ¿Yo?, eh… nada…
- ¿Seguro?...
- ¿Tú vienes del metro?
- Eh… sí.
- ¿Porqué?
- Pues… por nada…

Los dos jóvenes se miran, a esa edad, todos los sabemos, no es tan sencillo reconocer que corriste despavorido para evitar que esa persona tan especial, en la que piensas en esas largas noches de rock, revolución y desmadre, se escape de tus manos… casi tanto como no es sencillo decirle a esa persona que piensas en ella cuando no está, ni lo mucho que disfrutas su compañía… temes perder la amistad, pero en esa época romántica eso es casi una nimiedad… en fin, siempre hay alguien que tiene que dar el primer paso, jugársela al todo por el todo, rifársela como los grandes…

- La verdad es que… - dice María
- … quería hablar contigo – termina Ramiro

Las miradas se cruzan, el tiempo parece detenerse, los gritos, la música, la cacofonía estridente del transporte público parecen callarse, ambos se miran a los ojos, y casi creen adivinar qué hay en la mirada del otro, se acercan, casi sin darse cuenta, cada vez más y más, ambos buscando los labios tan largamente anhelados, dejando que esa fuerza natural, titánica, que los impulsó a correr, fluya desde su interior hacia sus bocas, y ambos se acercan más y más, cada vez más cerca… más cerca… un poquito más cerca…