lunes, 11 de junio de 2018

La Entrevista

1. 

- ¿Sabe a lo que se está enfrentando?

El director me mira, severo, está esperando que me asuste y desista, pero esta historia es muy buena para dejarla ir.

- Claro que sé a lo que me enfrento doctor, esta no es mi primera entrevista.
- No me venga con eso, lo conozco muy bien y sé el tipo de trabajo que realiza, esto no se parece a nada que haya hecho antes.
- Lo dudo, ya he hablado con psicópatas antes…
- Ahí es donde se equivoca, Moreno; Emilio no es psicópata, ni sociópata, ni atraviesa por ningún tipo de enfermedad crónica; es cierto, tuvo alucinaciones y un brote sicótico… pero él no está loco, al menos no en el sentido en que usted lo interpreta.

El silencio se mete entre los dos, los minutos pasan y yo no me muevo, simplemente sostengo la mirada severa del director, dándole a entender que no voy a ceder, ni voy a desistir de mi petición.

- Está bien, no diga que no se lo advertí.
- Anotado queda, doctor, pase lo que pase usted podrá zafarse sin problemas.
- No se trata de eso, no sea estúpido… simplemente no quiero poner en riesgo a nadie, ni a Emilio ni a usted.
- Lo tendré en cuenta, no dejaré que su locura se me contagie.

El director me mira exasperado, si no tuviera tanta experiencia, creería que actúa como si supiera algo que yo no.

- Está bien, supongo que es inevitable ahora que sus jefes presionaron para que se concediera esta entrevista… ¿me acompaña, señor Moreno?

El director camina a lo largo del pasillo, dejamos atrás el pabellón de los enfermos comunes, la caminata termina en una puerta enorme, de doble hoja, por la cual entra un torrente de luz proveniente del patio.

Ahí, a la luz del sol, abandonado y exiliado del mundo, Emilio pinta varios cuadros al día, el director me lleva hasta una mesa, donde me quedo esperando a que se haga la presentación formal.

- ¿Emilio?

No se nota perturbado, solamente levanta la mirada del dibujo que está haciendo y mira al director, un escalofrío recorre su cuerpo, puedo notarlo de inmediato.

- ¿Sí?
- Mira, te presento a Fernando Moreno, es un reportero…
- Si, he oído de él antes, ¿es entrevistador, cierto?

Aprovecho el pie para meterme en la conversación, y de paso ver si me deshago del director.

- El mismo, a tus órdenes, Emilio.
- Mucho gusto, señor Moreno.

El director mira a mi espalda, su fiel gorila, un guardia de casi dos metros, asiente con la cabeza, el doctor se levanta y dice:

- Bueno, los dejo entonces para que hablen tranquilamente.

Emilio baja la mirada y concluye un par de líneas en su dibujo, yo me siento frente a él y lo miro fijamente, esperando que de señales de que se está concentrando en la entrevista.

- Dígame, señor Moreno ¿le gustan las flores?

Y así empieza mi entrevista con el criminal más famoso de la última década, el hombre que quemó viva a su novia, la mutiló y luego de matarla siguió atacando el cadáver porque insistía en que todavía estaba viva e iba a regresar por él.

- No soy un hombre de flores, Emilio, ¿a ti te gustan?
- Desde que estoy aquí son lo único que alegra mi día, por eso el director me deja aquí.

El silencio pasa entre ambos, por un momento pienso que se ha olvidado de mí y volvió a encerrarse en su mundo, pero Emilio levanta la vista y me mira:

- Supongo que ha venido a entrevistarme, ¿no es así?
- Así es, Emilio, mi editor me encargó que viniera a hablar contigo.
- Muy bien, ¿qué es lo que quieren saber ahora?

Su mirada es penetrante y cansada, se nota que está harto de repetir la misma historia una y otra vez, empiezo a entender porqué el director siente escalofríos al verlo, pero claro, yo no soy un simple siquiatra, así que saco mi grabadora y me lanzo a lo desconocido:

- ¿Porqué no me cuentas qué fue lo que viviste?

2.

Aquél era un viernes como cualquiera, iba a ser fin de semana largo, salí del departamento después de cumplir con mi pelea diaria con Daniela, subí a mi auto y me largué a la oficina, iba atorado en el tráfico cuando empezó la pesadilla.

Tengo un viejo Golf, ya sabes, un GTI de hace dos o tres generaciones, es de esos autos que te da pequeños consejos en la pantalla, por ejemplo: “cambiar de velocidad a bajas revoluciones ahorra gasolina”, ya sabes, datos inútiles y consejos de ahorro.

Ese viernes, mientras escuchaba la radio, vi que en la pantalla aparecía: “Vas a morir” entre los mensajes, pensé que había visto mal, y al fijarme de nuevo el mensaje era diferente.

No sé por qué, empecé a sentir mucho miedo.

Cuando me bajé del auto en el estacionamiento de mi oficina, empecé a pensar en Daniela.

Llegué a mi cubículo y sentí vibrar mi celular, era el tradicional mensaje de disculpas, que por alguna razón me hizo sentir un escalofrío gélido.

Contesté el mensaje, desayuné y empecé a trabajar, a las 12 de la mañana, dos compañeros fueron a invitarme al festejo del cumpleaños de uno de los gerentes, les dije que iría y miré de nuevo mi computadora, los títulos de los correos habían cambiado, decían cosas como “muerte”, “mutilación”, “desmembrar”, etc. todas las letras estaban en rojo.

No podía creer lo que veía, cerré los ojos por miedo y cuando volví a abrirlos todo era normal.

Volví a pensar en Daniela, sin saber por qué.

A las 4 de la tarde llegamos al bar en el que íbamos a festejar al gerente, estuve platicando, tomando algunos tragos y bailando con algunas de mis compañeras, eran casi las 10 de la noche cuando cometí la estupidez de ir al baño.

Entré, fui hacia los mingitorios y oriné, escuchaba golpes rítmicos en el metal de las puertas de los excusados, así que asumí que una pareja estaría teniendo sexo, les grité para que hicieran menos ruido para evitar que los descubrieran, y empecé a lavarme las manos en el lavabo.

Estaba a punto de secarme las manos cuando escuché un golpe y vi como las puertas de los excusados quedaban abiertas.

Estaban vacías.

Completamente vacías.

Sin parejas, sin ocupantes, sin alguien subido en la taza jugando bromas estúpidas.

Nada.

Entonces se abrieron las llaves del agua, el lavabo tenía la salida cerrada y empezó a llenarse.

Estaba aterrado, paralizado por el miedo, miraba las llaves y el agua acumulada como un perfecto estúpido, entonces sentí un par de manos, delicadas, delgadas y femeninas, sobre mis hombros.

Miré el espejo y vi un rostro femenino, pálido, con los ojos vacíos, que me miraba fijamente y sonreía, tenía el cabello mojado y pegado a las mejillas, la boca y los párpados se notaban enrojecidos, irritados, el centro de las pupilas, que debía ser negro, era blanco por completo.

No tuve tiempo de gritar, ni de sentir pánico, ni de paralizarme como en las películas, con una fuerza sobrehumana, la mujer me empujó hacia el lavabo desbordante de agua.

Por unos segundos no entendí qué pasaba, podía escuchar una risotada mientras veía pasar burbujas frente a mis ojos, cerré los párpados y cuando los abrí de nuevo mi visión se nubló, no por la falta de aire, sino por el agua de la llave, traté de gritar, levanté los brazos y toqué las manos de aquella espantosa mujer, se sentían heladas, como tocar hielo seco.

Empecé a luchar con más fuerza cuando me di cuenta que no podía respirar y las burbujas que había visto era el aire escapando de mis pulmones, tiré patadas y sentí como las suelas de mis botas golpeaban huesos que en un par de ocasiones crujieron, pude torcer uno de sus dedos (el meñique de la izquierda, creo) y sentí cómo se estrellaba dentro de mi puño, sin embargo, la mujer no me soltó.

Empecé a escuchar un desmadre fuera del baño, grité como pude y sentí como la mujer me levantaba y me empujaba de nuevo hacia el lavabo, parecía que quería golpearme contra la llave y dejarme inconsciente, luché y me resistí pero aún así seguía debajo del agua, empecé a sentir que mis pies resbalaban en el suelo y concluí que no me quedaba mucho tiempo, fue entonces que recordé que la puerta estaba cerca de los lavabos, quizás si lograba patear el pomo de la puerta los que estaban afuera podrían entrar.

Tomé impulso y solté una patada alta que alcanzó la cerradura, las manos no dejaban de empujarme hacia el agua y yo escuchaba cada vez más alboroto, volví a patear y escuché cómo el marco de la puerta tronaba, entonces una pierna congelada se recargó sobre mi rodilla e inmovilizó mi pierna.

Entré en pánico, supe que era mi fin, pero entonces me di cuenta que mis brazos estaban libres, levanté el brazo derecho y solté un golpe a las costillas de la mujer, pude sentir cómo cedían, ella se resbaló y sin pensarlo, lancé la pierna hacia la puerta y reventé la cerradura.

Escuché gritos, reclamos, voces y me di cuenta que no sentía ningún peso sobre los hombros, un par de manos femeninas me tomaron por la espalda, pero esta vez eran las de Mariana, podía ver su rostro preocupado en el espejo cuando me ayudó a incorporarme.

Entre varios, me sacaron del bar a la calle.

Dicen que grité, que maldije a un “espantajo de mujer” y que exigía que la detuvieran.

Yo sólo recuerdo los brazos de Mariana rodeando mis hombros.

Me dejaron sentado en una banca sobre el camellón frente al bar, mis compañeros y amigos discutían con meseros y encargados, al final, un amigo y mi jefe convencieron al gerente del restaurante de que no había manera en que me hubiera provocado las heridas que tenía en la espalda, y que era estúpido pensar que quise suicidarme ahogándome como lo hice, lo que me lanzó al borde de la locura fue escuchar a mi jefe decir:

- Que no hubiera nadie con él cuando entramos no quiere decir que no lo hayan atacado como él dice.

A partir de ahí, todo fue mecánico y no lo recuerdo muy bien, dicen que le dije a Mariana: “fue un error haber preferido a Daniela”, dicen que abrí el maletero del Golf y saqué un bate y una navaja, dicen que salí de ahí quemando llanta.

Los vecinos dicen que llegué con el motor apagado, aprovechando la bajada de la calle y que dejé el auto atravesado, dicen que entré con sigilo, aferrando en una mano el bate y en otra un crucifijo, dicen que me acerqué a la puerta del departamento que compartí con Daniela por 10 meses rezando el Padre Nuestro.

Dicen que abrí con mucha calma, dicen que grité al entrar, dicen que destrocé la puerta y entré gritando como salvaje, dicen que no encendí la luz y empecé a soltar golpes, dicen que los golpes empezaron cuando prendí la luz, dicen que sólo gritaba, dicen que más bien rezaba, dicen que decía incoherencias, dicen que pregunté porqué y que dije que dejarnos era más fácil que lo que había pasado, dicen que primero hablé y luego la ataqué, dicen que primero le rompí el cráneo con el bate y luego hablé.

Yo sólo recuerdo que, al abrir la puerta del departamento, la perilla estaba helada; recuerdo haber visto mi aliento condensado al entrar y caminar hacia la sala; recuerdo que al encender la luz el color rojo quedó grabado con fuego dentro de mi cerebro; también recuerdo que supe que Daniela no había salido del departamento en todo el día.

Pero lo que me aterró, lo que arrancó gran parte de aquella noche de mi memoria, fue lo que estaba en el sillón de la sala, ahí, bajo una cobija y con una de mis camisas sucias puesta, estaba la mujer de la sonrisa macabra, la de los ojos blancos, el espantajo pálido de párpados enrojecidos que casi me había asesinado en el bar hacía menos de una hora.

Estaba tan aterrado que solté un batazo sin pensarlo, pensé que le iba a partir la cabeza en dos, pero lo que ocurrió fue que se despertó y empezó a hablar, las cosas que me dijo me sacaron de quicio y entonces empecé a golpear y a acuchillar a la mujer aquélla hasta que dejé de escuchar su voz.

Lo siguiente que supe fue que estaba en custodia de la policía, y me acusaban de haber hecho cachitos a Daniela.

3.

- Y esa, Moreno, es toda la historia.

Por un segundo me quedo callado, esperaba alguna confesión adicional, un comentario, algo extraño que saliera de su boca, pero nada, Emilio seguía tan callado como siempre.

- ¿Eso es todo?

Emilio suspira, parece fastidiado, mira su dibujo y le quita alguna mancha con la manga de su uniforme, sin levantar la mirada de las líneas en el papel, me dice:

- ¿Qué esperabas escuchar, Moreno?, ¿Alguna teoría conspirativa?, ¿Quieres que diga que Daniela murió porque guardaba demasiados secretos?, ¿Qué formaba parte de algún culto que la ejecutó?, ¿Qué descubrí que era la amante de algún importante y la maté con su bendición?, ¿Quieres una anécdota sobrenatural que rolar en tu televisora?

Emilio me tomó por sorpresa, no me esperaba esa reacción, la versión que acaba de darme es la misma que me dieron en la redacción, es la misma que dio en sus declaraciones, es la misma que repitió una y otra vez hasta que, un par de meses atrás y ya bajo la protección del Psiquiátrico, le dio por decir que todo había sido una alucinación, seguramente provocada por el estrés y algún ritual extraño que Daniela hizo en el departamento para espantarlo.

La versión del director, en pocas palabras.

- Claro que no, quiero la verdad, quiero tu verdad… ¿así fue cómo pasó?

Emilio vuelve a remover una mancha del dibujo, mira hacia el frente con ojos cansados, gira y clava su mirada en mí.

- No, no fue así como pasó… todo fue una maldita alucinación, ¿entiendes?, todo lo imaginé porque estaba demasiado estresado y sugestionado para pensar en otra cosa, lo hilvané todo en mi cerebro para justificar el accidente que tuve en el baño del bar, el ataque fue la salida que mi mente encontró para todos mis problemas con Daniela y la pésima relación de pareja que llevábamos… nada del otro mundo, un arranque psicótico de alguien con problemas previos, Moreno.

Le sostengo la mirada por unos segundos, esto fue una pérdida de tiempo… pensé que iba a abrirse conmigo y a hablar sobre los extraños rumores que surgieron luego de que destazó a Daniela; pensé que me hablaría de lo que encontró al entrar al departamento y que la policía identificó como un ritual de magia negra; pensé que iba a soltarse y hablar del miedo atávico que los vecinos le tenían a su mujercita; pensé que me platicaría sobre las viejas ratas de sacristía que fueron sus vecinas de piso durante diez meses y que ahora pagan una misa semanal para darle gracias a Dios por la muerte de Daniela, y para pedir bendiciones para el alma de Emilio…

Sin más, apago la grabadora y salgo del patio, el gorila me escolta hasta la oficina del director, las últimas impresiones que intercambio con él no agregan nada interesante a mi reporte.

4.

Cuando Moreno salió del patio, dejó a Emilio mirando su dibujo y pensando en todo lo que había pasado desde aquel día.

Al principio había sufrido bastante, no podía dormir, se desesperaba contando la misma historia una y otra vez, sin encontrar a una sola persona que le creyera, finalmente, los doctores y peritos determinaron que era incapaz de afrontar el juicio, que sus acciones eran claramente consecuencia de alguna enfermedad mental no atendida, algún viejo trauma o la situación sofocante de su relación con Daniela.

El día en que se resignó y aceptó lo que decían los doctores se sintió mejor, se relajó, se puso en manos de especialistas y esperó que todo aquello fuera la respuesta a sus problemas, deseó que el tratamiento alejara para siempre sus miedos.

Siendo objetivos, la terapia y las medicinas todavía no lograban ahuyentar el horror y el miedo de aquel día, pero si habían logrado convencerlo de que todo estaba en su mente, él no fue víctima de ningún ritual de magia negra, simplemente su cerebro había reordenado todo para hacerle creer que esa era la verdadera razón detrás de las atrocidades que cometió, aceptarlo era el primer paso para una recuperación completa.

El segundo paso, sin embargo, era el que le estaba costando más trabajo.

Emilio retocó algunos detalles del dibujo y pasó a la siguiente hoja, antes de empezar su nueva obra, levantó la mirada del papel.

Ahí, frente a él, sangrando como el día en que la mató, con el cabello mojado y pegado a las mejillas, la piel blanca y helada, los ojos vacíos de pupilas blancas y la maldita sonrisa de siempre, el espantajo en el que Daniela se había convertido después de que su ritual fallara en el bar lo miraba fijamente.

Sé que no estás ahí, sé que no existes, eres un fragmento de mi imaginación.

Una gota de sangre, gruesa, espesa y casi negra, cae de la frente del ente hacia el papel inmaculado sobre el cual Emilio recarga el lápiz, ignorando de nuevo al espanto, empieza a dibujar de nuevo, no sin antes tratar de limpiar la sangre del papel.

lunes, 5 de marzo de 2018

Ya estuvimos ahí


I.- Viajar es vivir.

La luz del atardecer entra por los ventanales del lugar, un calor muy agradable calienta la piel de tres jóvenes que devoran hamburguesas para reponer las fuerzas perdidas en su más reciente excursión, Marta y Roberto están sentados juntos de un lado del gabinete, ella está recargada sobre su hombro, comiendo papas fritas mientras platica con su amiga, Gabriela, que saborea su hamburguesa y recuerda otros viajes como el de aquel día:

- ¡Estuvo increíble!, jamás creí que Nueva York se vería tan lindo después de una nevada así.
- Estuvo fuerte, aunque si soy sincera contigo, Beto y yo hemos visto nevadas más fuertes, como el año pasado en el Everest.
- Si, la de ayer fue intensa, pero hemos salido de peores.

Gabriela toma un trago de refresco mientras evoca las imágenes de los cañones de concreto de la Gran Manzana cubiertos de nieve, reflejando el sol que brillaba sobre ellos, por un momento se pierde en las imágenes y las sensaciones: el frío y el rubor en sus mejillas, el ligero dolor en las manos y la humedad en sus zapatos; no hace caso del comentario de sus amigos, está acostumbrada a que siempre refieran experiencias más intensas que las suyas, a fin de cuentas, han recorrido más mundo que ella.

- La belleza a bajas temperaturas es hermosa.
- ¿Qué dices?
- Nada, es algo que escuché decir a un sacerdote una vez, lo de ayer me lo recordó.

Los minutos se deslizan, Roberto rompe el silencio:

- Deberías visitar las Catacumbas de París en invierno, ¡a ver si el frío sigue pareciendo bello!

Gabriela sonríe mientras sigue recordando, Marta suelta una carcajada que resuena en todo el local, Roberto la abraza y sonríe.

- Quizás no vaya a las Catacumbas, pero por supuesto que quiero ir a París, ¿han ido allá en verano?
- Ya, el año pasado.
- ¿La Costa de Grecia?, esas ciudades con calles tan estrechas parecen…
- Fuimos hace tres años.
- ¿Tokio, tal vez?, muero por ver…
- ¡Uf!, ya hemos estado allí unas 5 veces, la última en un tour de leyendas urbanas.
- ¿De verdad?, ¿Qué tal Egipto, entonces?
- Ya conocemos el interior de la Gran Pirámide, muy interesante si te gusta la egiptología.

Definitivamente han recorrido más mundo que ella… aunque ninguno ha dejado la Ciudad de México, todos sus viajes han sido con Ayti o All In Traveller, la aplicación que permite visitar y experimentar cualquier lugar del planeta en una realidad virtual que se siente real, millones de personas, jóvenes en particular, satisfacen su curiosidad y sed de conocer el mundo con unos cuantos dólares, unas gafas de cristal LED y un traje de cuerpo completo.

- Hay un lugar… me encantaría volver a visitarlo…

La frase de Gabriela atrae la atención de Marta, su amiga mira el atardecer por la ventana y parece suspirar, a pesar de todos sus viajes, ningún sitio le ha hecho recordar así, por eso se siente impulsada a preguntar:

- ¿Cuál?, ¿alguno que no hayamos visitado?
- No creo, con su experiencia seguro que ya conocen ese sitio.
- ¿Cómo se llama?
- West Hill

Roberto y Marta no recuerdan haber estado nunca antes en un lugar llamado West Hill, y ahora que por fin encontraron un lugar que Gaby conoce y ellos no, mueren por saber de qué se trata.

- ¿Cómo es?, ¿Dónde está?
- ¿Es destino de verano?, ¿Qué hay de interesante?
- ¿Cómo es la comida?, ¿Algo divertido para ver?

Gabriela sonríe, nunca esperó tal nivel de curiosidad, así que les cuenta un poco del lugar: es un pequeño pueblo en el noreste de Estados Unidos, lo divertido del lugar es que los negocios de West Hill son mantenidos por personas excéntricas, geeks que son auténticos gurús de los lugares que atienden: un videoclub, un teatro, una librería y una tienda de música; la comida es excelente, te sirven cualquier platillo en el único restaurante del pueblo; si te gusta la moda, hay una tienda de ropa y recuerdos atendida por una chica hermosa con fama de angelical.

Para cuando Gabriela termina de describir West Hill, Marta y Roberto están deseosos por ir, hubieran partido esa misma noche de no ser por un pequeño detalle:

- No se puede entrar de noche.
- ¿En serio?, ¿qué pasa en la noche?
- No sé, sólo sé que es extremo, relacionado con fantasmas, zombies o demonios, qué se yo.
- ¿O sea que las noches son de survival horror? – preguntó Roberto
- Es muy probable… ya me conocen, no me gustan esas cosas.
- ¡Suena perfecto! ¿Cuáles son los horarios?
- Puedes entrar a cualquier hora, el acceso sólo se cierra de 8 a 8.

II.- El largo viaje a West Hill.

Al día siguiente, justo cuando el reloj daba las 10 de la mañana, Marta y Roberto entraban en West Hill, Gabriela no había mentido y el lugar era hermoso, estaba lleno de turistas que daban vueltas alrededor del kiosco en el centro del pueblo, donde un grupo tocaba música de todo tipo, a un lado de la plaza un poste indica la dirección de los negocios del pueblo.

Marta, que era víctima de la moda, escogió visitar la tienda de ropa y ese fue el primer lugar que visitaron; estaba llena de color y ropa de todos los estilos y tamaños, Estefanía, la dueña del negocio, es una mujer alta y voluptuosa, de cabello corto, rubio platinado y enormes ojos cafés, no había hombre o mujer que entrara en La Mode y no quedara prendado de la belleza de su propietaria, quien además es experta en asesorar a sus clientas, Estefanía hizo buenas migas con Marta y le ayudó a escoger un par de vestidos, los cuales le llegarían en un par de días por correo.

Roberto escogió visitar Videodrome, Quentin, el dueño, resultó ser una enciclopedia viviente del cine; La pareja tuvo una plática increíble con él, tras la cual se llevaron algunas películas que: “valían el doble de lo que pagas por ellas”, al final les recomendó ampliamente que fueran al teatro antes de irse, ya que el actor residente era legendario.

Después decidieron entrar a Needful Things, la tienda de música/librería atendida por Stephen y Ariadna, dos expertos en música y literatura que ofrecían una conversación sobre terror y sus ramas, terminada la conferencia, Marta y Roberto se llevaron un par de libros y vinilos que faltaban en su colección.

La hora de la comida la pasaron en West by Westworld, un excelente restaurante donde servían lo que uno quisiera, ningún platillo estaba fuera del alcance de Gordon, el dueño, que además presumió sus conocimientos sobre vinos y comidas exóticas en la mesa de Marta y Roberto, en honor a su primera visita a West Hill.

En el teatro se presentaba un monólogo basado en Ricardo III, el actor principal, Kevin, había recibido muy buenas críticas y alguno que otro premio por su interpretación, varias personas habían hecho el viaje a West Hill solamente para presenciar al legendario actor en el escenario. Una vez concluida la obra, Kevin respondió algunas preguntas de los asistentes, quienes quedaron encantados con el carisma y la dedicación del actor.

La Torre del Reloj, idéntica a la que adorna el paisaje de Londres, marcó las 7:55 de la noche, muchas personas empezaron a abandonar West Hill, la mayoría había escuchado del toque de queda a las 8 de la noche, y varios les habían contado sobre los rumores que corrían: la experiencia era extrema, y casi nadie daba detalles, se decía que era algo único, y que nadie hablaba de ello para no arruinar la sorpresa.

En realidad, pocos sabían la verdadera razón por la que no había reseñas sobre la experiencia extrema de West Hill.

III.- Sweet Hell, Alabama.

Las agujas del gran reloj de la torre se acercaban a las 8 de la noche, restaban 60 segundos de espera para aquellos curiosos que querían saber el secreto que escondía West Hill.

La Alerta de los Dos Minutos era marcada por la banda, los dueños de los negocios de West Hill, al escuchar la música, entraban a sus locales, aseguraban las puertas y apagaban las luces, la falta de iluminación le daba un aire sombrío al centro del pueblo, una vez concluida la melodía, la banda abandonaba West Hill un par de segundos antes del cierre.

Quiso la suerte que la melodía acordada para el cierre fuera Cries and Whispers, una de las favoritas de Marta, la pareja se acercó al kiosco, ambos seguían el ritmo de la melodía mientras otra pareja, formada por dos chicas rubias tan jóvenes como ellos, se abrazaban a su lado, la cadencia de los movimientos hizo que ambas parejas terminaran juntas, gozando los acordes finales de la música.

Y entonces, la música se acabó.

La banda estaba fuera de West Hill, la torre comenzó a dar las 8 campanadas que marcan la hora, unas 50 personas estaban en el centro del pueblo, esperando que la experiencia iniciara, sonaron un par de campanadas en silencio, Marta y Roberto miraban el vacío dentro del kiosco, un solo farol los iluminaba.

Las chicas a su lado seguían abrazadas, Marta volteó hacia ellas y les sonrió, las dos mujeres devolvieron la mirada y sonrieron.

Entonces, al compás de la sexta campanada, Marta escuchó un ruido tras ella, el sonido la asustó, pero lo que la aterró fue observar cómo las cabezas de las mujeres a su lado se abrían como melones, con un crujido que quedó grabado en su cerebro; las gotas de sangre y el contenido del cráneo de ambas se esparció como en una explosión, pedazos de materia gris, cabello y sangre salpicaron el piso y el techo, ambos cadáveres, abrazados, cayeron sobre los escalones del kiosco formando un charco de sangre espesa que empezó a bajar y formar un pequeño río a sus pies.

Marta pensó por un segundo que todo era parte de la experiencia extrema de West Hill, pero la tensión alrededor de su brazo aumentó, Roberto apretaba sin notarlo, tenía la vista fija en dirección a La Mode, donde una mujer vestida de negro y con una máscara que no dejaba ver el rostro, pero sí el cabello platinado, sostenía una escopeta de la que aún salía humo.

IV.- Epílogo.

En un bar en el centro de la Ciudad, Gabriela disfruta una bebida mientras el grupo residente interpreta House of The Rising Sun, su teléfono empieza a vibrar y ella observa el reloj, son las 8 en punto.

Ordena otra bebida y deja su celular en la mesa, siente las vibraciones de las alertas y observa como hacen bailar el aparato.

Gabriela sigue bebiendo y escuchando a la banda, no se atreve a tocar el teléfono porque no quiere saber detalles, sólo el resultado final, como siempre.

Después de un par de horas, su teléfono vibra por última vez, por fin lo levanta y ve el último mensaje sin desbloquear el dispositivo:

“PAQUETES ENTREGADOS, TRANSFERENCIA POR 50 MIL DÓLARES, CONFIRMAR”

Una rápida inspección en su cuenta le permite confirmar, borra el resto de los mensajes y recibe una última alerta:

“WEST HILL AGRADECE TU PARTICIPACIÓN, ESPERAMOS NUEVOS ENVÍOS”

Sin más, Gabriela termina su bebida y sale del bar.

domingo, 27 de agosto de 2017

El Mensaje

La mañana comenzó como cualquier otra, la alarma la despertó y en cuanto abrió los ojos y tomó el teléfono, notó el mensaje de voz, Alberto no dejaba de decirle cosas lindas desde que comenzaron a salir, apenas unos meses antes, después de toda una vida de conocerse.

Después de sonreír al recordarlo, se estira perezosa en la cama, no quiere levantarse, pero tampoco quiere quedarse ahí si él no está, de modo que se levanta y va por su primer café del día, el que siempre la pone en acción.

Al llegar a la cocina, las luces se encienden y una música suave llena la estancia, en cuanto se prepara y sirve el café, toma el control y enciende la televisión.

Antes de ver la pantalla, su celular vibra recordándole el mensaje pendiente, la chica vuelve a sonreír, y dando la espalda a la transmisión, toma el teléfono y entra al buzón de voz:

“Hola, pequeña”

Que voz tan linda tiene.

 “Sólo quería llamar para decirte lo mucho que te amo”

Siempre tan detallista.

“Contarte que recuerdo cuando nos conocimos, hace tantos años; recuerdo nuestras charlas en el parque, a la luz de la luna; recuerdo cuando nos agarró la lluvia en el parque y nos dimos nuestro primer beso bajo un árbol; recuerdo todas las tardes que he compartido contigo”

Típico, siempre con un ojo en el pasado y otro en el futuro.

“Recuerdo tu rostro, tus ojos, tus labios, tus mejillas, la forma tan encantadora en que te sonrojas cuando me ves. Recuerdo tu cuerpo perfecto y cómo siempre encuentras tu lugar entre mis brazos. La forma tan linda en que me abrazas y con un beso me haces sentir bien, sin importar lo que haya pasado”

Qué barbero, algo ha de querer.

“Recuerdo todo eso, y muchas más cosas que ya no tengo tiempo de decirte, y eso me hace sentir una profunda tristeza”

¿Qué?, ¿de qué carajo está hablando?

“Tristeza de que no podamos vivir más cosas juntos, tristeza porque todo nuestro amor será desperdiciado, tristeza porque todo lo bello que hemos compartido será evaporado”

¿Qué diablos le pasa a este imbécil?

Se hace el silencio del otro lado de la línea, un sollozo interrumpe el silencio.

Algo muy malo está pasando.

“Traté de conseguir cómo salir en cuanto supe la noticia, te podrás imaginar que fracasé. Te fallé… te fallé y jamás voy a perdonármelo… siempre te recordaré Diana, y espero de todo corazón que nunca escuches esto, sé que tienes el celular al lado, y que falla cuando recibes mensajes de voz muy largos”

Dios mío.

“Te dejo este mensaje rezando para que fastidie tu alarma y no te despiertes a tiempo, deseando de todo corazón que te quedes dormida, y que no abras los ojos y veas lo que está pasando… si tú tienes razón, y hay un Dios amoroso esperando del otro lado, espero que te deje dormir y despiertes cuando todo haya pasado… si tienes razón, y por primera vez en mi vida espero de todo corazón que la tengas, te estaré esperando”

Diana está paralizada por el miedo, hasta ese momento se da cuenta que una tenue luz azul baña su sala, mira la pantalla de su televisor sin soltar su teléfono, y empieza a llorar en cuanto ve la transmisión.









“Te amo, Diana”

Mientras las lágrimas corren por sus mejillas, el contador llega a cero.

La luz más brillante que ha visto en su vida se refleja en la pantalla de la televisión.

Paralizada por el miedo, Diana murmura:

- Yo también te amo.

martes, 31 de enero de 2017

Visita Guiada

I.- Una carta.

El año estaba terminando como todos para Adriana, encerrada en su oficina, sufriendo del clima psicótico de la Ciudad de México y revisando algunos de sus proyectos previos; el trabajo no despegaba hasta pasadas las fiestas decembrinas, una vez que los esclavos de cuello blanco que manejaban realmente las compañías de las que dependían sus fondos entraban en ritmo.

La vida del restaurador es aburrida en sitios donde hay poco trabajo, y empeora cuando este trabajo depende de la generosidad de terceros; pero Adriana no tiene motivos de queja, dedica sus horas libres a realizar proyectos independientes y una que otra intervención en algún rincón perdido de la Ciudad de los Palacios.

La chica goza de una fama modesta, pero creciente, entre los círculos culturales e intelectuales de la ciudad, un par de intervenciones en espacios abandonados por la negligencia de la Jefatura de Gobierno le valieron sonadas entrevistas y notas periodísticas; sus proyectos posteriores, a pesar de ser condenados por el Jefe de Gobierno en persona, gozaron de la aclamación popular y llevaron su nombre y su obra fuera de las fronteras de México, Adriana estaba en la mente de muchos grupos y organizaciones dedicadas al arte y la cultura en América y Europa.

Fue por eso que la carta que llegó a su oficina a mediados de octubre de aquél año fue menos sorprendente de lo que después resultó; la misiva estaba dentro de varios sobres, el primero venía dirigido desde Las Vegas, la carta previamente había pasado por Nueva York, Toronto, Londres, Madrid y Barcelona luego de ser escrita y enviada desde París, y había tomado aquella ruta tan enredada para conservar al máximo su secrecía.

El documento procedía de la Compañía Mexicana de Perforación, Adriana y su asistente buscaron información acerca de alguna organización con ese nombre en vano, hasta que un becario que trabajaba con ellas les aclaró el misterio: se trataba de un grupo que formaba parte de Les UX, un grupo de ciudadanos de París que se dedicaban a restaurar, habilitar y realizar espectáculos en las Catacumbas de la ciudad.

La carta no venía firmada pero estaba fechada en los primeros días de octubre, el documento invitaba a Adriana, en forma protocolaria y oficiosa, a emprender un viaje a París para reunirse con “personajes destacados de la ciudad”, no especifica motivo, asunto y/o fin del viaje y solicita confirmación por correo electrónico.

Adriana y su asistente están muy emocionadas, la carta parece implicar que los miembros de Les UX están interesados en que participe en alguno de los proyectos del grupo, la perspectiva de intervenir en las famosas Catacumbas de París daría un gran impulso al trabajo y la carrera de Adriana, tanto en México como en el extranjero.

Estos datos los consignó la Policía Federal, en la investigación correspondiente.

II.- Le Capitain.

Las primeras luces de la mañana iluminan la Ciudad Luz, bañan sus monumentos, destacan sus atracciones y marcan el inicio de la jornada para los habitantes de la capital, a pesar que no es la primera vez que visita París, Adriana vuelve a quedar encandilada por el amanecer.

Es una ciudad hermosa por fuera y por dentro, única como pocas en el mundo, y por primera vez desde su iniciación como francófila, Adriana podrá contribuir a darle un poco más de brillo a este diamante europeo.

El taxi que la sacó de la zona del Aeropuerto la deja en un hotel en la zona de Montparnasse, la respuesta del correo electrónico en el que confirmó su viaje daba instrucciones precisas respecto al hotel en que debía hospedarse, como esperaba, había una habitación reservada para ella por la Mexicana de Perforación.

Luego de instalarse, tomar un baño y una siesta para combatir el cansancio, comer algo ligero en el restaurante del hotel y avisar a sus familiares y amigos de su arribo a París, Adriana salió en dirección a la plaza Denfert Rochereau, ubicada en el extremo sur de la ciudad.

Al llegar al centro de la plaza, Adriana distinguió en una de las bancas al “contacto”: había recibido fotos de la persona encargada de recibirla e instrucciones sobre cómo identificarse para que pudiera explicarle el motivo de su viaje a París; sin embargo, no le dieron su nombre, sino su apodo: Le Capitain.

Y ahí lo tenía, El Capitán en persona, un sujeto alto, de nariz prominente, atlético, cabello negro y tez blanca, en cuanto Adriana lo reconoció él también dio señas de conocerla, luego de los saludos y comentarios de rigor, El Capitán la condujo hacia la enorme fila que rodeaba la plaza, todos los turistas que esperaban visitar las míticas Catacumbas de la Ciudad Luz.

Ahí, cerca de la entrada, El Capitán la presentó con su compañera, una joven de tez morena, enormes y profundos ojos cafés y una larga cabellera rizada, ella tampoco le dijo su nombre, solamente se presentó como Duchesse, el grupo entabló una conversación animada mientras ingresaban a las Catacumbas y comentaban algunos detalles sobre el lugar.

Al llegar a la entrada del osario, Adriana, que nunca había visitado el lugar, quedó impresionada por la inscripción tallada en la piedra.

Cuando declaró ante la policía, un turista dijo que la ironía fue lo que grabó ese instante en su memoria, si Adriana hubiera hecho caso a la advertencia (“¡Detente!, Este es el Imperio de la Muerte”) su fin habría sido muy diferente.

III.- El reporte del Oficial Dreyfus.

Philipe Dreyfus es oficial de la policía de París desde hace más de 20 años, quince de los cuales ha sido miembro de los cataflics, la división encargada de vigilar las Catacumbas; él es uno de los policías encargados de proteger los túneles oscuros y macabros de la ciudad del vandalismo, y a los que son tan tontos u osados como para ingresar sin guía en la extensa red.

Otra de sus funciones consiste en dar caza a los catáfilos, que se dedican a explorar los túneles y pasadizos de las Catacumbas por simple diversión, muchos de ellos pertenecen al grupo clandestino Les UX, contra quienes tiene órdenes expresas para cesar sus actividades dentro de los túneles y detenerlos de inmediato.

Por supuesto que después del incidente del cine subterráneo descubierto en 2004 y manejado por La Mexicana de Perforación, las medidas contra Les UX se han endurecido, pero los cataflics son, antes que policías, ciudadanos de París, y suelen hacerse de la vista gorda con los miembros del grupo.

Al cuerpo le preocupan los exploradores, quienes representan más riesgo por sus excursiones ociosas dentro de los túneles, a pesar de que muchos son expertos, también son propensos a perderse, a llevar turistas que se pierden o a guiar a cualquiera que les pague lo suficiente dentro del laberinto.

Es por eso que el Oficial Dreyfus siguió de cerca las actividades de Jean-Baptiste Emmanuel Mouton, también conocido como Le Capitain y su pareja, Michele Pironi, alias Le Duchesse, durante la semana del 30 de octubre al 3 de noviembre de aquél año.

Cuando Emmanuel recibió a Adriana en la Plaza Denfert, Dreyfus los vigilaba desde el otro lado del parque; cuando caminaron hacia los que esperaban ingresar en las Catacumbas y se reunieron con Michele, el oficial los observó desde la acera opuesta; cuando ingresaron a los túneles, Dreyfus usó un acceso reservado a la policía para entrar y alcanzarlos dentro del osario; una vez de vuelta en la Prefectura, el oficial reportó a sus superiores lo que había observado, ellos le dieron la instrucción de vigilar al grupo de cerca.

La intención del Sargento Montagny, el superior del Oficial Dreyfus, era prevenir un incidente similar al que había ocurrido dos años atrás, cuando el Capitán y la Duquesa habían guiado a tres turistas estadounidenses al interior de los túneles, uno de los jóvenes trató de propasarse con Michele y ellos los abandonaron dentro de las Catacumbas, afortunadamente los turistas hicieron mucho ruido y un grupo de cataflics los rescató en menos de dos horas.

Todos en la división tenían puestos los ojos en la pareja, sabían que no formaban parte de Les UX ni tenían relación con ninguno de sus grupos, eran parte de ese grupo de visitantes ociosos sobre los que los cataflics ponían especial atención.

El reporte completo del Oficial Dreyfus, sancionado por sus superiores y entregado por el Prefecto de Policía al Embajador de México en Francia, termina la madrugada del 3 de noviembre a unos 3 kilómetros al oriente de la Plaza Denfert, ese fue el lugar donde un desconocido, al que Dreyfus no había visto durante la vigilancia previa ni pudo identificar después, le asestó tres golpes con un bastón, dejándolo inconsciente al pie de un respiradero que conecta con la Gran Red del Sur, el sistema de túneles más extenso de las Catacumbas.

Lo único que distinguía al hombre que lo atacó, según el informe, era que el tipo tenía el rostro pintado como esqueleto y vestía un traje sobre el que había huesos dibujados, un atuendo típico de las fiestas de Día de Muertos.

IV.- Monsieur Mort.

La oscuridad la envuelve, la linterna no es suficiente para iluminar todo su entorno, está sola y perdida en los túneles bajo la ciudad, tiene una idea muy clara de la extensión de la red y sabe que es probable que muera antes de que la encuentren.

Los guías la habían abandonado hacía unos veinte minutos (¿treinta?, ¿cuarenta?, ¿cómo saber en esa maldita negrura?), no les había resultado demasiado difícil, mientras iban caminando, la linterna de Adriana iluminó un tatuaje en la espalda de Jean-Baptiste, representaba dos pistolas cruzadas y bajo ellas un presagio: La Mort.

Adriana fijó su mirada en el tatuaje y se concentró en seguir al Capitán a través del subsuelo parisino, no se dio cuenta en qué momento desapareció Michele hasta que Jean dio media vuelta y se lo hizo notar, ella apuntó la linterna a su espalda y volvió a mirar al Capitán.

Él también había desaparecido.

Escuchó pasos que se alejaban, y trató de correr tras él mientras gritaba que no la dejara, que no podían abandonarla allí, algo en el suelo la hizo tropezar y tirar la linterna, la levantó y trató de correr de nuevo, no había dado ni diez pasos cuando notó que su única fuente de luz se había dañado con la caída, y parpadeaba cada vez más.

Ahora la luz se extinguía a cada paso, Adriana camina con la espalda pegada al muro, esperando poder seguir caminando en la oscuridad, en ese momento vio un haz de luz amarillenta en el túnel, caminó rápidamente hacia él y vio que era un respiradero, dio un grito de alegría al poder asomarse a la calle, se había salvado de milagro.

O eso creía ella.

Mientras trataba de ver si alguien venía hacia el respiradero, Adriana alcanzó a ver un par de zapatos negros, impecables, un pantalón negro y un bastón que golpeaba la acera rítmicamente, en ese momento vio que el pantalón tenía un fémur y una tibia dibujados, y asumió que se trataba de algún otro mexicano.

- ¡Auxilio!, ¡Ayúdeme por favor!, ¡Me dejaron abandonada acá abajo!, ¡Ayuda!

El hombre se detuvo y Adriana asumió que miraba hacia el respiradero, para que notara que no era ninguna broma, la chica sacó un brazo a la calle y trató de tocar al extraño, él dio un paso hacia atrás y empezó a hablar:

- ¡Buen Dios!, ¿Cómo fue qué te metiste ahí, mujer?

Esa voz sonaba conocida.

- Siempre te las arreglas para meterte en las situaciones más jodidas, ¿verdad?

La voz.

- La niña tan grandecita y jugando con los fantasmas de París como chiquita.

No puede ser.

- Atrapada en la oscuridad y espantada como niñita.

¡No! ¡Dios, si existes y estás ahí no permitas que sea él!.

- ¿Cómo vas a salir de este problema ahora, gatita?
- ¿Francisco?

El hombre disfrazado se pone en cuclillas, Adriana ve su rostro, a pesar de estar pintado como cráneo, no hay duda, es él.

- A tu servicio.
- ¿Qué diablos haces aquí?
- Regreso a mi hotel luego de una fiesta en la Embajada.
- No puede ser.
- Pero así es, llevo un par de meses disfrutando la vida de París, el Embajador es un buen amigo mío.

Los minutos pasan, Francisco no quita la mirada de la aterrada mujer, ella toma la iniciativa y pregunta:

- ¿Me vas a ayudar a salir o voy a tener que rogarte?
- ¿Rogarme?, ¿Cuándo me has tenido que rogar por algo?
- Fue sólo por decir
- Sólo por decir, tus ruegos me importan un carajo.

Los minutos pasan y Francisco no se mueve, Adriana se desespera y le grita:

- ¡Deja de hacerte el gracioso, cabrón!, ¡Ayúdame a salir de aquí!

El hombre no contesta, sigue mirando impasible a la mujer, ella empieza a sollozar por la humillación a la que Francisco la está sometiendo, con lágrimas en los ojos, y un tono de voz lastimero, ruega:

- ¡Por favor, ayúdame!, sé que lo nuestro no terminó como esperábamos, sé que no fue la mejor forma de despedirnos, también sé que debes estar molesto conmigo… pero ya párale, ¿quieres?, sé que no me vas a dejar aquí adentro para morirme.

Adriana escuchó pasos que se acercaban, decidida a salir y darle una golpiza al imbécil de Francisco en cuanto estuviera libre, empezó a gritar pidiendo ayuda en francés, un hombre y una mujer se detuvieron junto a Francisco, uno de ellos lo llamó Monsieur Mort, y él les pidió que fueran por el auto, cuando se alejaban, Adriana se dio cuenta que eran Jean-Baptiste y Michele.

- ¿Qué está pasando?
- Dime una cosa, Adriana; ¿de verdad pensaste que ibas a deshacerte de mí tan fácil?, ¿de verdad creíste que no haría nada al respecto?
- ¿De qué chingados estás hablando?

El hombre clavó la mirada en los ojos llorosos de la mujer, verla ahí, espantada, encerrada y sufriendo le inspiraba un sentimiento que creía perdido desde hacía tiempo.

Odio.

Un odio profundo, violento, casi animal.

El mismo odio que sintió cuando ella decidió deshacerse de él.

El odio que lo alimentó después que ella lo cambiara por “alguien mejor”.

Ese odio renacía en su interior.

Francisco tomó la mano de Adriana, observó sus dedos, las uñas color violeta y esa mano delicada y blanca que había besado tantas veces, ella sintió un rayo de esperanza en su interior que se desvaneció cuando sintió el primer golpe del bastón en su hombro.

- ¡Noooo!

El golpe la hizo dar un paso hacia atrás y meter ambos brazos de nuevo en el túnel, trató de acercarse y un nuevo golpe la hizo tambalearse.

- ¡Francisco!, ¡No hagas eso!

Otro golpe la alcanzó de lleno en la boca, por instinto trató de protegerse y subió los brazos, el siguiente golpe la hizo percatarse de porqué Francisco la había golpeado en primer lugar, la punta del bastón alcanzó el foco de la linterna y la destrozó, ahora el respiradero era su única fuente de luz.

El hombre la miró de nuevo, levantó un brazo y alcanzó una palanca que estaba fuera de su vista.

- Adiós. Nos vemos en el Infierno.

Francisco accionó la palanca y las paletas del respiradero se cerraron, al verse rodeada de oscuridad, Adriana lanzó un alarido de terror que retumbó por todo el túnel, desesperada, echó a correr, para no ser vista con vida nunca más.