viernes, 16 de noviembre de 2018

La Cabaña


I

La oscuridad envuelve la casa, un visitante podría pensar que el lugar está abandonado, habría tenido que bajar al sótano y levantar la losa que cubre la entrada a un búnker entre los cimientos con ventilación, agua y víveres suficientes para sobrevivir por meses, para hallar señales de vida.

Eso, si todavía quedara alguna persona para llegar hasta ahí.

Dentro del búnker, la luz y el color invaden todo, la música ayuda a cubrir los ruidos que a veces llegan desde el exterior, así que durante el tiempo en que están despiertos, un ligero soundtrack acompaña sus pláticas y caricias.

Cuando compraron la casa, bromearon sobre el tipo de persona que debió ser el propietario que consideró necesario construir el búnker, ¿un republicano asustadizo?, ¿un survivalista paranoico? o ¿un conspiracionista tipo “la verdad está ahí afuera”?

Durante años, el búnker y sus detalles fueron motivo de burlas, teorías y conversaciones con sus amigos, a pesar de lo extraño que parecía, uno de ellos sugirió conservarlo en buen estado, cuando ella le preguntó por qué, su amigo le dio una respuesta que congeló a todos por unos segundos:

- Bueno, sé que es anticuado y eso, pero ¿y si un día lo necesitas?

Cuando por fin llegó a casa el día del evento, su esposo le contó cómo había terminado ese amigo, su consejo les salvó la vida, pero él no logró salir con vida de su oficina.

Sólo valía pensar que ahora estaba en un mejor lugar.


Un rumor llega hasta la habitación, el sonido es parecido al de una rata frotándose contra los muros de la ventilación, ambos saben que los entes no van a entrar por allí, pero los ruidos que producían al pasar cerca de la instalación les provocaban escalofríos.

- ¿Amor?
- ¿Si, pequeña?
- ¿Estás dormido?
- No, ¿y tú?

Ella se acerca, lo abraza con fuerza y acerca su oído a su pecho de su esposo, los latidos de su corazón la tranquilizan.

- No… esas cosas no me dejan dormir.
- Tranquila, pequeña, trata de pensar en otra cosa.

Pasan los minutos, ella suspira y pregunta:

- ¿Qué crees que sean esas cosas Amor?
- No lo sé, Pequeña, pero la verdad, no quiero saberlo.

La respiración de la mujer se calma, su esposo sigue escuchando a los entes y murmura:

- Ni el Diablo quiere saber qué son esas cosas.


Con el paso del tiempo todo se desgasta, incluso una gota de agua, cayendo durante mil años, termina por perforar la roca.

La ciudad siempre estuvo mal atendida, dejarla abandonada de golpe sólo la deteriora más, hace un par de semanas cayeron los edificios inconclusos, un terremoto derribó otros, las tuberías se rompieron hace meses creando lagos artificiales donde la vegetación crece sin pausa, colándose por grietas y baches, rompiendo el concreto y fracturando el asfalto.

La naturaleza reconquista el terreno perdido.

Los entes usan los puntos débiles para entrar a lugares hasta entonces desconocidos.

Ahora, por ejemplo, inspeccionan el sótano de la casa.

La pareja ya no está tan feliz, viven día y noche sabiendo que los entes no tardarán en abrir la puerta, las piezas que sostienen la trampilla están por ceder, un par de empujones como los que los despertaron una semana antes y quedarán a merced de eso.

Los dos están aterrados, día y noche escuchan cómo los entes raspan el metal, metiendo sus asquerosos dedos entre el techo y la trampilla, preparando su entrada triunfal al refugio.

Un día, cuando los ruidos cesaron, él perdió la paciencia y gritó:

- ¡Carajo!
- ¿Qué te pasa?
- ¡Estoy harto, no puedo seguir así!
- ¿Qué quieres decir?
- ¡Estoy harto de esto! ¡Esas cosas ahí afuera y nosotros aterrados esperando que nos maten!

Era cierto, el estrés y la angustia por saber en qué momento iban a entrar y la certeza de que cuando lo lograran los matarían al instante eran demasiado.

El silencio llenó el búnker, de pronto, una idea la iluminó:

- Ya sé que podemos hacer, amor.


Al día siguiente ignoraron a los entes, se asearon y arreglaron para su cita, al anochecer arreglaron la mesa y tuvieron una cena romántica, el volumen de la música era mucho más alto, una barricada improvisada bloqueaba el camino hasta la habitación, lista para retener una fuerza imparable.

Después de cenar, mientras se abrazan, toman vino y conversan sobre las cosas maravillosas que sienten el uno por el otro, la trampilla cede por fin.

Ella empezó a temblar cuando oyeron a los entes rompiendo la barricada, entonces dijo:

- Supongo que es hora, amor.
- Creo que sí, mi vida.

Las garras de los entes, filosas y puntiagudas, perforan la entrada de la habitación, el miedo empezó a recorrer sus nervios, él no quería ver de nuevo a esas cosas, cualquier pesadilla era mejor que eso.

- ¿Amor?
- Dime, mi vida.
- ¿Son muy feos?

No quería contestarle, no sólo son horrendos, son indignos de ser vistos por cualquiera, no era por las llagas, los ojos vacíos y enrojecidos, la carne oscura y podrida… era todo lo que los hacía imposibles de mirar.

- Mejor cierra los ojos, pequeña.

El ruido aumenta, los entes empiezan a arrancar la puerta, Ella cierra los ojos con fuerza y abraza a su esposo, tiembla como una niña espantada.

- ¡No me sueltes, Amor!
- No te preocupes pequeña, no te voy a soltar.

Los entes empiezan a gruñir y a bufar como animales, Ella empieza a llorar.

Él levanta la mano derecha, la acerca a su frente sin que ella se percate.

- ¿Amor?
- Tranquila pequeña, tranquila; ya va a terminar.

Él estira el brazo y acerca su mano un poco más, no puede fallar.

- Te amo, pequeña.
- Yo también, mi…

No alcanza a terminar la frase, la puerta cede y los entes llenan el cuarto.

Lo encuentran sosteniendo un revólver que humea a centímetros de la cabeza de su esposa.

En medio del llanto, dice:

- Lo siento pequeña, no quería que tuvieras pesadillas en el cielo.

Sin más, el hombre cierra los ojos y espera su destino.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Nunca cambies


Viernes, 28 de agosto.

Otro día gris, la lluvia inunda la Ciudad de los Palacios desde la madrugada, el tráfico es apocalíptico, todo está empapado y las calles están convertidas en ríos, la gente se cuelga de los autobuses, de las cajas de los tractocamiones, de los trolebuses y de donde se pueda con tal de llegar a casa y ponerse a cubierto lo más pronto posible.

En medio del caos, Miguel Ríos, un joven contador de 28 años, viene caminando sobre la acera al lado de uno de los grandes ríos de la Ciudad, está empapado hasta los huesos, no siente los dedos de los pies, sus manos están heladas y se aferran al paraguas que lo protege de la lluvia, pequeñas cascadas corren desde el armazón de sus anteojos hasta sus hombros, de sus hombros hacia sus codos, de sus codos a sus piernas y de sus rodillas al piso, su ropa no puede absorber más agua.

A dos cuadras de su casa, una avenida con camellón está convertida en un río salvaje, Miguel mira la corriente mientras piensa que falta poco para llegar, si logro cruzar este río, sin importar lo que pase, podré llegar a casa, tengo que seguir y avanzar.

Haciendo gala de una agilidad que no tiene, se las arregla para cruzar la primera parte de la calle sobre un tope, evade un par de autos y alcanza la seguridad del camellón ante la mirada incrédula de varios caminantes, sólo le falta la mitad oriente para superar la prueba.

Entonces se detiene. Se queda parado.

Los pobres diablos que esperan a tener su suerte e intentar cruzar lo observan sin poder creerlo, ya sólo le falta un pequeño esfuerzo para pasar, ¿qué diablos lo detiene?

Miguel sigue con las manos heladas, sigue sin sentir los dedos de los pies, sigue recibiendo agua helada y aumentando el riesgo de sufrir una pulmonía, pero todos sus sentidos, toda la capacidad de su mente, está fija en un punto frente a él.

A menos de veinte metros, sobre el camellón y en medio de los árboles, una mujer joven, con cabello corto, rubia y de ojos azules, alta, poseedora de un cuerpo escultural, baila y parece disfrutar de la tormenta que sigue inundando La Metrópoli.

Miguel no lo entiende, la mujer está igual de empapada que el resto de almas perdidas que tienen que caminar hacia sus casas en un clima que haría que Stanley abandonara la búsqueda de Livingston, sin embargo, no parece importarle, la chica parece estar feliz con su situación actual.

La gente sigue caminando, ellos tampoco entienden por qué Miguel está parado, pero no tienen intenciones de detenerse a averiguarlo, ninguno ve a la mujer, cuya presencia les importa menos todavía que la del joven contador en el camellón.

Impulsado por algo que después describiría como “no-sé-qué”, Miguel se acercó a la mujer.

- ¿Disculpa?

La chica lo miró asustada, por un segundo creyó ver pánico en su mirada, pero resultó que solamente la tomó por sorpresa que alguien se detuviera a su lado en medio de la tormenta, la sorpresa apenas la dejó hablar:

- ¿Sí?
- Lo siento, quizás pienses que estoy molestando, pero ¿te sientes bien?

La chica lo miró pensativa, como si nunca hubiera escuchado una voz humana, Miguel no pudo recordar cuándo había sido la última vez que vio una mirada tan inocente, ella sonrió y respondió:

- La verdad no sé, nunca me habían preguntado eso antes.

Miguel queda atrapado por la sonrisa, piensa en invitarla a tomar algo, en llevarla a cenar, en seguir viendo ese rostro angelical.

- ¿No tienes frío?
- Si, aunque tenía tanto tiempo sin salir que apenas acabo de darme cuenta, creo que sólo estaba disfrutando la lluvia.
- ¿No quieres tomar algo?

La mirada de la mujer se ilumina, vuelve a sonreír mientras mira a Miguel.

- ¡Sí!, ¿te gusta el café?
- ¿A quién no?, ven, te invito uno.

Un par de horas después, la noche cerrada cubre de oscuridad los rincones de la Ciudad, la lluvia terminó hace rato, e incluso la ropa de Miguel y Micaela ya está seca, durante todo ese tiempo han estado platicando en un café frente al camellón donde se encontraron, se les quitó el frío y la conversación los hizo olvidar todo lo que pasaba alrededor.

Había algo extraño en la chica, eso ni dudarlo, Miguel no podía señalar exactamente qué, parecía estar fuera de lugar en una ciudad como ésta, quizás sólo era excéntrica, o quizás sólo estaba un poco loca, aunque pensándolo bien, ¿no lo estamos todos?

Micaela interrumpió sus reflexiones:

- Oye, ¿vives cerca de aquí?
- A dos cuadras nomás, ¿y tú?
- No, de hecho, creo que estoy demasiado lejos de casa para alcanzar a llegar hoy, ¿crees que puedas darme asilo, al menos por esta noche?
- Pues no abunda el espacio en mi casa, pero no creo que haya problemas para acomodarnos.

Micaela lo mira a los ojos, Miguel siente un calor tibio y acogedor que recorre su cuerpo, sin dejar de sonreír, la chica contestó:

- Mi querido Miguel, estoy segura que eso no va a ser un problema.

Viernes, 05 de octubre

- Aquello era como estar enamorado de un monumento o de una obra de arte.
- ¿A qué te refieres?
- No tenía principio ni fin, desbordaba los límites que quisieras imponerle, de origen incierto y propósitos múltiples; única y especial como sólo el arte puede serlo; con más corazón y alma que todos nosotros juntos, alguien cuya ausencia se nota, en un mundo plagado de prescindibles; de esas personas que les duelen todas las injusticias, de esos corazones que laten al ritmo del mar, del viento, de la tierra mojada; alguien cuya fuerza y presencia hacen que el suelo baile bajo tus pies, como en los terremotos.
- ¿Tan grave está la cosa?
- Peor, porque lo único que puede describirla bien ya que la conociste, es contar los detalles del vacío que te dejó su ausencia.

El silencio se impone luego del dramático final de la historia, Martín, Gonzalo y Javier, los mejores amigos de Miguel, lo escuchan impresionados, no se han movido de sus lugares, contienen la respiración para escuchar mejor, no prestan atención al bar que los rodea y a su ambiente de viernes.

- ¿Y cuánto duraron juntos?
- Cinco años.
- ¿Y cuándo dices que se fue?
- Hace dos semanas.
- ¿Te dejó por otro?
- Pues… quién sabe.
- ¿Cómo no vas a saber, Miguel? ¡No mames!
- Es la verdad, hace quince días exactos, llegué a casa del trabajo y no la encontré.
- Pero imagino que se llevó todas sus chingaderas, ¿o no?

Miguel suspira, ha tratado de deshacerse de las pertenencias de Micaela desde ese día, todas las mañanas se levanta con la firme intención de tirar todo a la basura, y todas las noches lo encuentran abrazando alguna prenda, envuelto en una manta, cobijado por algún recuerdo, y todas las cosas intactas.

- No, y esa es la parte más rara de todo.
- ¿Qué va a tener de raro? ¡Simplemente le valió madre, güey!
- No lo sé…
- ¿Qué no sabes? ¡Es obvio, cabrón!

Miguel mira el vodka que tiene enfrente, se lo toma de un trago y sentencia la plática:

- Quizás, aunque la verdad, nada cuadra.

Sábado, 06 de octubre.

Un auto negro viaja hacia el sur de la ciudad, lo escoltan dos patrullas y dos camionetas negras, en el asiento trasero, un hombre vestido con un traje negro lee el archivo de Micaela en su tableta, la Organización la detuvo por primera vez cinco años antes, después de cientos de reportes y años de investigación, sin embargo, durante el tiempo que pasó en Contención no pudieron averiguar nada sobre su naturaleza.

Los reportes que revisa son variados: algunos aterradores, otros francamente ridículos; una de sus víctimas estaba en el psiquiátrico, internado de por vida; otro le había escrito poemas que lo convirtieron en poeta maldito; otro dirigió una película inspirada en ella y ahora tenía un Oscar al lado de la cama; otro más quedó en la pobreza mientras otro vivía de los millones que ganó con la pintura que le dedicó.

Micaela era, sin duda, el ente más extraño que había capturado la Organización en México.

Su teléfono empieza a sonar, el hombre contesta:

- ¿Ya la tienen?
- Si, estamos rodeando el lugar
- Excelente, llegaremos tan rápido como podamos.
- Si señor, ¿quiere que intentemos…?
- ¡No! escúcheme bien, si sus hombres tratan de detenerla antes de que lleguemos, van a terminar muertos, ¿entiende?
- Señor, con todo respeto, es sólo una mujer, mis hombres…
- ¡NO!, ¡si tratan de atraparla van a morir!, escúcheme: ella no es débil ni está indefensa, tiene tanta fuerza y es tan poderosa que puede despedazar a todo su equipo, ¡NO INTENTEN DETENERLA!, ¿entendió esta vez, Capitán?

Después de un silencio incrédulo, el Capitán responde:

- Está bien, Agente, tenemos el perímetro asegurado y esperamos su llegada.
- Muchas gracias.

El Capitán nunca había visto tantas precauciones por una mujer ordinaria, pero sus años de experiencia le recomendaban obedecer primero y preguntar después.

Claro que no había forma en que alguien de su nivel supiera que esta mujer no es ordinaria.

Minutos después, el Agente llega con el equipo especial, el Capitán y sus hombres continúan vigilando a la chica.

- ¿Qué tenemos, Capitán?
- El Objetivo está en el tercer piso, frente a la ventana de la derecha Agente, casi no hay testigos ni posibilidad de bajas.
- ¿Cómo que “casi”? el perímetro tendría que estar libre en 300 metros a la redonda.
- Lo sé señor, pero no podemos retirar el auto que está en la esquina frente al edificio, hay alguien dormido adentro y decidimos cubrir el vehículo para no provocar una reacción de pánico del ocupante.
- Bueno, no es muy ortodoxo, pero estuvo bien pensado.

Un miembro del equipo especial se acerca a ambos.

- Señor, el equipo está listo.
- Muy bien, Coronel, a mi señal, entran al departamento y aseguran al Objetivo.

Los minutos pasan, la tensión empieza a recorrer los músculos y los nervios de los hombres que vigilan el edificio, dos de ellos apuntan con rifles de alto poder a la chica, que sigue frente a la ventana, viendo hacia la esquina de enfrente.

Micaela

El sol calienta su piel, el viento refresca sus ojos, puede sentir la brisa que la envuelve, una sensación tibia y agradable la invade y hace que se sienta en paz, equilibrada y feliz.

Siempre siente lo mismo cuando ve a Miguel.

Desde la ventana del tercer piso, dentro del departamento en el que pasó los cinco años más felices de su existencia, Micaela observa a Miguel dormido dentro del auto, lo vio cuando estaba por escapar y dejar atrás para siempre a la Organización y sus estupideces, había guardado lo más valioso que tenía en una maleta, iba a ser libre al fin.

Y entonces lo vio.

Gonzalo y Martín estacionaron el viejo Mercedes frente al edificio, ayudaron a Miguel, que estaba cantando al borde del llanto, a recostarse dentro del auto y lo dejaron ahí.

Micaela sabía que tenía que salir volando del departamento o la Organización la alcanzaría, pero ver a Miguel de nuevo, luego de quince días de soledad, revivió ese calor tan agradable que sentía cuando estaba con él.

Entonces se dio cuenta, si iba a ser libre, solo quería serlo si Miguel estaba con ella.

¿Qué caso tendría si no?

¿De qué te sirve disfrutar el sol, la lluvia, el viento y la tierra si no puedes compartirlo?

¿De qué sirve vagar sin rumbo, si nunca tienes un hogar al cual llegar?

- Podrás volar tan lejos como quieras, pero no es divertido si él no está ahí para que lo cubras con tus alas.

La reflexión la tomó por sorpresa, habló sin darse cuenta y supo que era verdad.

Entonces se fijó en el láser rojo que atravesaba el polvo del departamento e iba a parar en su frente, observó a su alrededor y se dio cuenta que la Organización estaba ahí, lista para lanzarse sobre ella y encerrarla de nuevo en esa maldita jaula.

El Agente estaba al lado del Mercedes, el Coronel a su lado dando órdenes sin quitarle la vista de encima, estaban muy cerca de Miguel, y Micaela sabía muy bien que la Organización no se detiene ante nada, si el Agente necesitaba ejecutar a Miguel para capturarla de nuevo, lo haría sin dudar.

Si se le ocurre hacer eso, lo voy a volar en pedazos.

Micaela se asustó, no estaba acostumbrada, no podía contener sus sentimientos, pero rara vez había sentido los dos más poderosos en su interior, sólo sabía que si aquellos a los que odiaba se atrevían a dañar a quien ella amaba, iba a enseñarles de lo que era capaz.

Miguel

Abrió los ojos justo cuando el sol empezaba a calentar el interior del coche, tenía la boca seca, le dolían los brazos y las piernas, los músculos del cuello estaban tensos, tenía los ojos irritados y además jaqueca, sin embargo, lo que robó su atención fue la persona que estaba a su izquierda y el cañón del revólver que apuntaba a su cabeza.

Su mente pasó del estado posterior al sueño a la alarma total en un segundo, se dio cuenta que el grito que escuchaba dentro de su sueño lo había seguido, era la voz de Micaela.

- ¡MIGUEL!

En cuanto la vio, dejó de preocuparse por la situación, el mundo se detuvo, el viento pareció ir más lento, el calor se convirtió en una sensación tibia y agradable, que por un segundo lo hizo sentir en paz y a salvo.

Hasta que recordó que entre Micaela y él había un tipo de traje negro, que le apuntaba a través de la ventana.

- ¡MIGUEL!

Bajó la ventanilla, el tipo de negro habló:

- No hagas idioteces, Miguel, si eres tan amable.
- ¡MI AMOR!
- ¡Aquí estoy, Mic!

Pudo sentir como la atmósfera se relajaba, casi pudo escuchar cómo Micaela suspiraba.

El hombre de negro habló de nuevo:

- ¡Tranquila, Micaela!, ¡si te entregas ahora, sin pelear, dejaré ir a Miguel!
- ¡Déjame verlo!

El tipo se movió hacia el frente del auto sin dejar de apuntarle, Micaela se cubrió los ojos para poder verlo.

- ¿Qué demonios está pasando, Mic?
- Lo siento amor, creo que no he sido cien por ciento honesta contigo.
- ¿Neta?, ¡no me había dado cuenta!

A pesar de la situación, ambos sonrieron, Miguel siempre se las arreglaba para hacerla reír, y él trataba de hacerla reír siempre que podía.

- Lo siento, amor. Estos tipos me están buscando, creen que soy peligrosa y vienen por mí.
- Ni lo pienses, Mic.
- Amor, te van a matar.
- Ya te dije que ni pensarlo.
- No puedo dejar que te hagan daño, no me lo perdonaría.

La tristeza en los ojos de Micaela no tenía igual, Miguel no puede recordar cuándo fue la última vez que vio una mirada tan triste y al mismo tiempo tan relajada y calmada, recordó el día en que se conocieron, supo, sin pensarlo, que ella era la única mujer para él.

- No pienso perderte, Mic.
- Nunca vas a perderme, amor, siempre estaré contigo.
- ¿En persona?, porque no pienso aceptar menos que eso.

El Agente preparó el arma, Miguel no se movió, Micaela lo miró directo a los ojos.

- No quiero que te hagan daño.
- Mic, si el Agente K me dispara me tiene sin cuidado, no quiero perderte de nuevo, estos quince días han sido los peores de mi vida.
- ¿De verdad?
- Lo juro, antes de conocerte sentía que al mundo le faltaba algo, los últimos quince días no sólo le faltaba algo… le faltaba todo.

Micaela sonrió

- No te creo.
- Te lo juro por Madonna, Mic.

El Agente acercó el revólver a la sien de Miguel.

- ¿Tienes que entregarte Micaela!
- ¿Amor?
- Dime, Mic.
- ¿De verdad quieres estar conmigo para siempre?

Por toda respuesta, Miguel miró al Agente y le dijo:

- Hermano, si pretendes llevártela y encerrarla en Dios sabe dónde, lo vas a tener que hacer sobre mi cadáver.

El Agente se preparó para jalar el gatillo, pero Micaela empezó a reír y ambos la miraron.

- ¿Estás seguro de eso?
- Totalmente, Mic.
- Si salimos de esta, ¿prometes perdonarme por lo que pasó?
- Mic, te perdoné desde que escuché tu voz, desde el momento en que te vi y desde antes que me despertaras.

Micaela sonrió y Miguel supo que todo iba a estar bien.

El Capitán

Las balas habían dejado de pasar sobre su cabeza, todo estaba calmado.

Los francotiradores se habían disparado mutuamente, una bala atravesó los ojos de ambos; el Coronel y el Agente habían vaciado los cargadores de sus armas en el otro, los dos equipos de la Organización se dispararon entre sí.

El Capitán había sobrevivido sólo por una razón: él era el número impar del grupo, se tiró al suelo en cuanto comenzaron los disparos, y como no había quién lo matara, la fuerza que salió de Micaela y desató el infierno lo había evitado.

Frente a él, un espacio vacío marcaba el lugar donde el Mercedes había estado estacionado, de donde partió con dos ocupantes para no volver a ser visto.

lunes, 11 de junio de 2018

La Entrevista

1. 

- ¿Sabe a lo que se está enfrentando?

El director me mira, severo, está esperando que me asuste y desista, pero esta historia es muy buena para dejarla ir.

- Claro que sé a lo que me enfrento doctor, esta no es mi primera entrevista.
- No me venga con eso, lo conozco muy bien y sé el tipo de trabajo que realiza, esto no se parece a nada que haya hecho antes.
- Lo dudo, ya he hablado con psicópatas antes…
- Ahí es donde se equivoca, Moreno; Emilio no es psicópata, ni sociópata, ni atraviesa por ningún tipo de enfermedad crónica; es cierto, tuvo alucinaciones y un brote sicótico… pero él no está loco, al menos no en el sentido en que usted lo interpreta.

El silencio se mete entre los dos, los minutos pasan y yo no me muevo, simplemente sostengo la mirada severa del director, dándole a entender que no voy a ceder, ni voy a desistir de mi petición.

- Está bien, no diga que no se lo advertí.
- Anotado queda, doctor, pase lo que pase usted podrá zafarse sin problemas.
- No se trata de eso, no sea estúpido… simplemente no quiero poner en riesgo a nadie, ni a Emilio ni a usted.
- Lo tendré en cuenta, no dejaré que su locura se me contagie.

El director me mira exasperado, si no tuviera tanta experiencia, creería que actúa como si supiera algo que yo no.

- Está bien, supongo que es inevitable ahora que sus jefes presionaron para que se concediera esta entrevista… ¿me acompaña, señor Moreno?

El director camina a lo largo del pasillo, dejamos atrás el pabellón de los enfermos comunes, la caminata termina en una puerta enorme, de doble hoja, por la cual entra un torrente de luz proveniente del patio.

Ahí, a la luz del sol, abandonado y exiliado del mundo, Emilio pinta varios cuadros al día, el director me lleva hasta una mesa, donde me quedo esperando a que se haga la presentación formal.

- ¿Emilio?

No se nota perturbado, solamente levanta la mirada del dibujo que está haciendo y mira al director, un escalofrío recorre su cuerpo, puedo notarlo de inmediato.

- ¿Sí?
- Mira, te presento a Fernando Moreno, es un reportero…
- Si, he oído de él antes, ¿es entrevistador, cierto?

Aprovecho el pie para meterme en la conversación, y de paso ver si me deshago del director.

- El mismo, a tus órdenes, Emilio.
- Mucho gusto, señor Moreno.

El director mira a mi espalda, su fiel gorila, un guardia de casi dos metros, asiente con la cabeza, el doctor se levanta y dice:

- Bueno, los dejo entonces para que hablen tranquilamente.

Emilio baja la mirada y concluye un par de líneas en su dibujo, yo me siento frente a él y lo miro fijamente, esperando que de señales de que se está concentrando en la entrevista.

- Dígame, señor Moreno ¿le gustan las flores?

Y así empieza mi entrevista con el criminal más famoso de la última década, el hombre que quemó viva a su novia, la mutiló y luego de matarla siguió atacando el cadáver porque insistía en que todavía estaba viva e iba a regresar por él.

- No soy un hombre de flores, Emilio, ¿a ti te gustan?
- Desde que estoy aquí son lo único que alegra mi día, por eso el director me deja aquí.

El silencio pasa entre ambos, por un momento pienso que se ha olvidado de mí y volvió a encerrarse en su mundo, pero Emilio levanta la vista y me mira:

- Supongo que ha venido a entrevistarme, ¿no es así?
- Así es, Emilio, mi editor me encargó que viniera a hablar contigo.
- Muy bien, ¿qué es lo que quieren saber ahora?

Su mirada es penetrante y cansada, se nota que está harto de repetir la misma historia una y otra vez, empiezo a entender porqué el director siente escalofríos al verlo, pero claro, yo no soy un simple siquiatra, así que saco mi grabadora y me lanzo a lo desconocido:

- ¿Porqué no me cuentas qué fue lo que viviste?

2.

Aquél era un viernes como cualquiera, iba a ser fin de semana largo, salí del departamento después de cumplir con mi pelea diaria con Daniela, subí a mi auto y me largué a la oficina, iba atorado en el tráfico cuando empezó la pesadilla.

Tengo un viejo Golf, ya sabes, un GTI de hace dos o tres generaciones, es de esos autos que te da pequeños consejos en la pantalla, por ejemplo: “cambiar de velocidad a bajas revoluciones ahorra gasolina”, ya sabes, datos inútiles y consejos de ahorro.

Ese viernes, mientras escuchaba la radio, vi que en la pantalla aparecía: “Vas a morir” entre los mensajes, pensé que había visto mal, y al fijarme de nuevo el mensaje era diferente.

No sé por qué, empecé a sentir mucho miedo.

Cuando me bajé del auto en el estacionamiento de mi oficina, empecé a pensar en Daniela.

Llegué a mi cubículo y sentí vibrar mi celular, era el tradicional mensaje de disculpas, que por alguna razón me hizo sentir un escalofrío gélido.

Contesté el mensaje, desayuné y empecé a trabajar, a las 12 de la mañana, dos compañeros fueron a invitarme al festejo del cumpleaños de uno de los gerentes, les dije que iría y miré de nuevo mi computadora, los títulos de los correos habían cambiado, decían cosas como “muerte”, “mutilación”, “desmembrar”, etc. todas las letras estaban en rojo.

No podía creer lo que veía, cerré los ojos por miedo y cuando volví a abrirlos todo era normal.

Volví a pensar en Daniela, sin saber por qué.

A las 4 de la tarde llegamos al bar en el que íbamos a festejar al gerente, estuve platicando, tomando algunos tragos y bailando con algunas de mis compañeras, eran casi las 10 de la noche cuando cometí la estupidez de ir al baño.

Entré, fui hacia los mingitorios y oriné, escuchaba golpes rítmicos en el metal de las puertas de los excusados, así que asumí que una pareja estaría teniendo sexo, les grité para que hicieran menos ruido para evitar que los descubrieran, y empecé a lavarme las manos en el lavabo.

Estaba a punto de secarme las manos cuando escuché un golpe y vi como las puertas de los excusados quedaban abiertas.

Estaban vacías.

Completamente vacías.

Sin parejas, sin ocupantes, sin alguien subido en la taza jugando bromas estúpidas.

Nada.

Entonces se abrieron las llaves del agua, el lavabo tenía la salida cerrada y empezó a llenarse.

Estaba aterrado, paralizado por el miedo, miraba las llaves y el agua acumulada como un perfecto estúpido, entonces sentí un par de manos, delicadas, delgadas y femeninas, sobre mis hombros.

Miré el espejo y vi un rostro femenino, pálido, con los ojos vacíos, que me miraba fijamente y sonreía, tenía el cabello mojado y pegado a las mejillas, la boca y los párpados se notaban enrojecidos, irritados, el centro de las pupilas, que debía ser negro, era blanco por completo.

No tuve tiempo de gritar, ni de sentir pánico, ni de paralizarme como en las películas, con una fuerza sobrehumana, la mujer me empujó hacia el lavabo desbordante de agua.

Por unos segundos no entendí qué pasaba, podía escuchar una risotada mientras veía pasar burbujas frente a mis ojos, cerré los párpados y cuando los abrí de nuevo mi visión se nubló, no por la falta de aire, sino por el agua de la llave, traté de gritar, levanté los brazos y toqué las manos de aquella espantosa mujer, se sentían heladas, como tocar hielo seco.

Empecé a luchar con más fuerza cuando me di cuenta que no podía respirar y las burbujas que había visto era el aire escapando de mis pulmones, tiré patadas y sentí como las suelas de mis botas golpeaban huesos que en un par de ocasiones crujieron, pude torcer uno de sus dedos (el meñique de la izquierda, creo) y sentí cómo se estrellaba dentro de mi puño, sin embargo, la mujer no me soltó.

Empecé a escuchar un desmadre fuera del baño, grité como pude y sentí como la mujer me levantaba y me empujaba de nuevo hacia el lavabo, parecía que quería golpearme contra la llave y dejarme inconsciente, luché y me resistí pero aún así seguía debajo del agua, empecé a sentir que mis pies resbalaban en el suelo y concluí que no me quedaba mucho tiempo, fue entonces que recordé que la puerta estaba cerca de los lavabos, quizás si lograba patear el pomo de la puerta los que estaban afuera podrían entrar.

Tomé impulso y solté una patada alta que alcanzó la cerradura, las manos no dejaban de empujarme hacia el agua y yo escuchaba cada vez más alboroto, volví a patear y escuché cómo el marco de la puerta tronaba, entonces una pierna congelada se recargó sobre mi rodilla e inmovilizó mi pierna.

Entré en pánico, supe que era mi fin, pero entonces me di cuenta que mis brazos estaban libres, levanté el brazo derecho y solté un golpe a las costillas de la mujer, pude sentir cómo cedían, ella se resbaló y sin pensarlo, lancé la pierna hacia la puerta y reventé la cerradura.

Escuché gritos, reclamos, voces y me di cuenta que no sentía ningún peso sobre los hombros, un par de manos femeninas me tomaron por la espalda, pero esta vez eran las de Mariana, podía ver su rostro preocupado en el espejo cuando me ayudó a incorporarme.

Entre varios, me sacaron del bar a la calle.

Dicen que grité, que maldije a un “espantajo de mujer” y que exigía que la detuvieran.

Yo sólo recuerdo los brazos de Mariana rodeando mis hombros.

Me dejaron sentado en una banca sobre el camellón frente al bar, mis compañeros y amigos discutían con meseros y encargados, al final, un amigo y mi jefe convencieron al gerente del restaurante de que no había manera en que me hubiera provocado las heridas que tenía en la espalda, y que era estúpido pensar que quise suicidarme ahogándome como lo hice, lo que me lanzó al borde de la locura fue escuchar a mi jefe decir:

- Que no hubiera nadie con él cuando entramos no quiere decir que no lo hayan atacado como él dice.

A partir de ahí, todo fue mecánico y no lo recuerdo muy bien, dicen que le dije a Mariana: “fue un error haber preferido a Daniela”, dicen que abrí el maletero del Golf y saqué un bate y una navaja, dicen que salí de ahí quemando llanta.

Los vecinos dicen que llegué con el motor apagado, aprovechando la bajada de la calle y que dejé el auto atravesado, dicen que entré con sigilo, aferrando en una mano el bate y en otra un crucifijo, dicen que me acerqué a la puerta del departamento que compartí con Daniela por 10 meses rezando el Padre Nuestro.

Dicen que abrí con mucha calma, dicen que grité al entrar, dicen que destrocé la puerta y entré gritando como salvaje, dicen que no encendí la luz y empecé a soltar golpes, dicen que los golpes empezaron cuando prendí la luz, dicen que sólo gritaba, dicen que más bien rezaba, dicen que decía incoherencias, dicen que pregunté porqué y que dije que dejarnos era más fácil que lo que había pasado, dicen que primero hablé y luego la ataqué, dicen que primero le rompí el cráneo con el bate y luego hablé.

Yo sólo recuerdo que, al abrir la puerta del departamento, la perilla estaba helada; recuerdo haber visto mi aliento condensado al entrar y caminar hacia la sala; recuerdo que al encender la luz el color rojo quedó grabado con fuego dentro de mi cerebro; también recuerdo que supe que Daniela no había salido del departamento en todo el día.

Pero lo que me aterró, lo que arrancó gran parte de aquella noche de mi memoria, fue lo que estaba en el sillón de la sala, ahí, bajo una cobija y con una de mis camisas sucias puesta, estaba la mujer de la sonrisa macabra, la de los ojos blancos, el espantajo pálido de párpados enrojecidos que casi me había asesinado en el bar hacía menos de una hora.

Estaba tan aterrado que solté un batazo sin pensarlo, pensé que le iba a partir la cabeza en dos, pero lo que ocurrió fue que se despertó y empezó a hablar, las cosas que me dijo me sacaron de quicio y entonces empecé a golpear y a acuchillar a la mujer aquélla hasta que dejé de escuchar su voz.

Lo siguiente que supe fue que estaba en custodia de la policía, y me acusaban de haber hecho cachitos a Daniela.

3.

- Y esa, Moreno, es toda la historia.

Por un segundo me quedo callado, esperaba alguna confesión adicional, un comentario, algo extraño que saliera de su boca, pero nada, Emilio seguía tan callado como siempre.

- ¿Eso es todo?

Emilio suspira, parece fastidiado, mira su dibujo y le quita alguna mancha con la manga de su uniforme, sin levantar la mirada de las líneas en el papel, me dice:

- ¿Qué esperabas escuchar, Moreno?, ¿Alguna teoría conspirativa?, ¿Quieres que diga que Daniela murió porque guardaba demasiados secretos?, ¿Qué formaba parte de algún culto que la ejecutó?, ¿Qué descubrí que era la amante de algún importante y la maté con su bendición?, ¿Quieres una anécdota sobrenatural que rolar en tu televisora?

Emilio me tomó por sorpresa, no me esperaba esa reacción, la versión que acaba de darme es la misma que me dieron en la redacción, es la misma que dio en sus declaraciones, es la misma que repitió una y otra vez hasta que, un par de meses atrás y ya bajo la protección del Psiquiátrico, le dio por decir que todo había sido una alucinación, seguramente provocada por el estrés y algún ritual extraño que Daniela hizo en el departamento para espantarlo.

La versión del director, en pocas palabras.

- Claro que no, quiero la verdad, quiero tu verdad… ¿así fue cómo pasó?

Emilio vuelve a remover una mancha del dibujo, mira hacia el frente con ojos cansados, gira y clava su mirada en mí.

- No, no fue así como pasó… todo fue una maldita alucinación, ¿entiendes?, todo lo imaginé porque estaba demasiado estresado y sugestionado para pensar en otra cosa, lo hilvané todo en mi cerebro para justificar el accidente que tuve en el baño del bar, el ataque fue la salida que mi mente encontró para todos mis problemas con Daniela y la pésima relación de pareja que llevábamos… nada del otro mundo, un arranque psicótico de alguien con problemas previos, Moreno.

Le sostengo la mirada por unos segundos, esto fue una pérdida de tiempo… pensé que iba a abrirse conmigo y a hablar sobre los extraños rumores que surgieron luego de que destazó a Daniela; pensé que me hablaría de lo que encontró al entrar al departamento y que la policía identificó como un ritual de magia negra; pensé que iba a soltarse y hablar del miedo atávico que los vecinos le tenían a su mujercita; pensé que me platicaría sobre las viejas ratas de sacristía que fueron sus vecinas de piso durante diez meses y que ahora pagan una misa semanal para darle gracias a Dios por la muerte de Daniela, y para pedir bendiciones para el alma de Emilio…

Sin más, apago la grabadora y salgo del patio, el gorila me escolta hasta la oficina del director, las últimas impresiones que intercambio con él no agregan nada interesante a mi reporte.

4.

Cuando Moreno salió del patio, dejó a Emilio mirando su dibujo y pensando en todo lo que había pasado desde aquel día.

Al principio había sufrido bastante, no podía dormir, se desesperaba contando la misma historia una y otra vez, sin encontrar a una sola persona que le creyera, finalmente, los doctores y peritos determinaron que era incapaz de afrontar el juicio, que sus acciones eran claramente consecuencia de alguna enfermedad mental no atendida, algún viejo trauma o la situación sofocante de su relación con Daniela.

El día en que se resignó y aceptó lo que decían los doctores se sintió mejor, se relajó, se puso en manos de especialistas y esperó que todo aquello fuera la respuesta a sus problemas, deseó que el tratamiento alejara para siempre sus miedos.

Siendo objetivos, la terapia y las medicinas todavía no lograban ahuyentar el horror y el miedo de aquel día, pero si habían logrado convencerlo de que todo estaba en su mente, él no fue víctima de ningún ritual de magia negra, simplemente su cerebro había reordenado todo para hacerle creer que esa era la verdadera razón detrás de las atrocidades que cometió, aceptarlo era el primer paso para una recuperación completa.

El segundo paso, sin embargo, era el que le estaba costando más trabajo.

Emilio retocó algunos detalles del dibujo y pasó a la siguiente hoja, antes de empezar su nueva obra, levantó la mirada del papel.

Ahí, frente a él, sangrando como el día en que la mató, con el cabello mojado y pegado a las mejillas, la piel blanca y helada, los ojos vacíos de pupilas blancas y la maldita sonrisa de siempre, el espantajo en el que Daniela se había convertido después de que su ritual fallara en el bar lo miraba fijamente.

Sé que no estás ahí, sé que no existes, eres un fragmento de mi imaginación.

Una gota de sangre, gruesa, espesa y casi negra, cae de la frente del ente hacia el papel inmaculado sobre el cual Emilio recarga el lápiz, ignorando de nuevo al espanto, empieza a dibujar de nuevo, no sin antes tratar de limpiar la sangre del papel.