lunes, 1 de abril de 2013

El Silencio


Los rayos del sol acarician la ciudad, se derraman sobre las avenidas, caen sobre los parques, se cuelan entre las grietas y rendijas, se introducen por las ventanas de un viejo edificio en el centro, iluminan las obras de arte, las pinturas, las esculturas, los grabados, las joyas artísticas producidas por las mentes del país en los últimos siglos, tocan las mejillas de un joven, que duerme pegado a una de las enormes ventanas de madera, lentamente se despierta, estira los músculos que quedan adoloridos luego de dormir sobre la duela de la sala donde se exhiben algunas pinturas de los genios que dio el país a principios del siglo pasado, luego de desperezarse, el joven se asoma por el ventanal, se da cuenta que ha llovido, los charcos reflejan un precioso cielo azul, y los rayos del astro rey tejen hermosos brillos en sus orillas, alarmado, el joven sale corriendo de la sala, recorre todo el pasillo hasta las escaleras centrales, las que lo llevan brincando hasta la azotea, varios tambos con agua reflejan el bellísimo día que se ha dejado caer sobre la capital, el joven cubre los tambos tan rápido como puede, le tomó tiempo, pero aprendió que los rayos del sol son perjudiciales para el agua recolectada… básicamente, la evaporan.

Ya con más calma, el muchacho baja unas cuantas cubetas de la azotea, calcula rápidamente y llega a la conclusión de que es suficiente para sus necesidades del día, revisa sus provisiones luego del desayuno, necesitará salir más tarde a ver qué puede encontrar.

El muchacho se pasa el resto de la mañana leyendo libros sobre pintura, escultura, arte en general, su materia preferida; el enorme edificio es el refugio perfecto, nadie lo ha molestado y ciertamente el silencio que domina el recinto permite escuchar perfectamente lo que pasa afuera, aunque desde un par de días atrás no ha oído nada; sólo deja su refugio, cual si fuera un pequeño ratón, para explorar los negocios y edificios aledaños, en busca de provisiones.

Cuando el sol derrama su protección desde el oriente, el chico decide salir a buscar comida, cautelosamente se acerca hasta el enorme portón principal del edificio, lenta y cuidadosamente, corre la cerradura y destraba la puerta más pequeña, el chirrido de los goznes resuena en todo el edificio, alcanzando ecos notablemente siniestros en las estancias más alejadas del joven…

Abierta la puerta, el muchacho se asoma y mira en todas direcciones, no hay nadie, como lo esperaba, de modo que puede caminar seguro y buscar algo que comer, decide rápidamente ir hacia el Zócalo, ya que la vez anterior encontró comida cerca de ahí, cierra el portón del viejo edificio, y camina hacia un callejón que está enfrente, toma algunos libros que quedaron abandonados en los puestos callejeros y los mete en su maleta, al llegar a la siguiente calle descubre que alguien voló la entrada del edificio del Banco, no encontró lo que buscaba, ya que sólo había dejado un paquete en las escaleras, del cual escapaban billetes de todas las denominaciones, el viento los esparcía por la calle, la cual lucía tapizada de dinero… irónico ahora, dada su completa inutilidad.

El joven tuvo suerte y en la casa de los azulejos encontró frutas, también halló provisiones en un autoservicio no lejos de ahí, y algo de café en otro local cercano, un pequeño lujo de cuando en cuando no caía mal… justo estaba por salir de ahí cuando accidentalmente golpeó algo en el suelo, de pronto hubo ruido de estática y el joven se asustó, pero de inmediato se percató que alguien había abandonado un radio convencional…

El chico regresó corriendo a su guarida, subió a toda prisa hasta el último piso, entró en la sala donde dormía, frente a los cuadros consagrados, y encendió la radio, buscó por todas las frecuencias de FM y AM inútilmente, hasta que casi al final del FM escuchó algo, no le costó nada sintonizar la señal, de inmediato se dio cuenta que era una estación del gobierno, una de las dos que transmitía rock en la ciudad.

Durante tres horas no escuchó más que música… ¡pero era tan agradable oír algo!... quizás alguien estaba tratando de comunicarse, pero una expedición hasta Coyoacán resultaría suicida dadas las circunstancias, además, si hubiera alguna persona en la estación, probablemente hablaría a través de la frecuencia en lugar de sólo poner música, lo más seguro era que los encargados dejaron los aparatos encendidos y la computadora corriendo… quizás sólo para darle un poco de esperanza a quién pudiera escucharlo… ¿cuánto tiempo tendría transmitiendo así?.

En ese momento, el joven aguzó el oído, ni siquiera necesitó bajar el volumen del radio, podía escuchar algo perfectamente, pero tuvo que apagarlo al repetirse el sonido, necesitaba saber de dónde provenía…

De pronto, el chico salió corriendo, bajó las escaleras, abrió con cuidado la puerta del museo y se asomó a la calle… súbitamente, como si algo lo hiciera tomar decisiones impulsivas, cerró la puerta y corrió hacia el Zócalo, un par de calles después se detuvo, necesitaba saber la dirección, el sonido se repitió y el joven corrió hacia la derecha, regreso una calle y siguió hasta el café donde había encontrado el radio en la tarde, de nuevo escuchó algo, así que corrió hasta un viejo edificio en la esquina, luego de correr hasta una puerta de madera y cristal, el chico la empujó y se quedó quieto, no había nadie en el lugar, y la escasa luz que se filtraba por la ventana lo hacía ver siniestro…

En ese momento se volvió a escuchar el grito de la chica, y el muchacho entró corriendo, subió los escalones y entró en la que alguna vez fue la bóveda más custodiada del país…

Adentro sólo había una chica que lloraba y gemía, gritaba al presionar la herida que al parecer tenía en la pierna derecha, el joven no lo pensó dos veces, cargó a la mujer y la sacó de ahí, ella no dejaba de gritar pero instintivamente guardó silencio al salir a la calle, de camino el joven pasó por la tienda donde había conseguido las provisiones esa mañana, tomó algunos medicamentos y algo para que la chica comiera, le puso el paquete con las cosas entre los brazos y nuevamente la cargó, se hacía de noche cuando el joven llegó con su invitada a la sala del museo, de inmediato tomó una de las colchonetas sobre las que descansaba y en ella recostó a la mujer, tomó las vendas y los medicamentos y después de revisar y vendar a la chica, la hizo tomar medicina, luego de eso, la mujer cayó dormida, seguramente estaba agotada, pensó el chico, mientras encendía de nuevo la radio y escuchaba música a menor volumen que antes, el cielo se había nublado y algunos truenos resonaban a lo lejos, de haber pasado más tiempo, la pobre chica pudo haber muerto dentro de la bóveda, sin que nadie la escuchara…

La mañana siguiente también fue magnífica, una lluvia torrencial, que seguro habría dejado a la mujer sin ayuda, había dejado llenos los depósitos de agua improvisados por el chico, después de cubrirlos y de bajar más agua de la normal, el joven entró en la sala…

Encontró a la chica sentada, mirando melancólicamente el hermoso cielo azul, ella lo miró y el joven le sonrió, la muchacha se limitó a mirar de nuevo por la ventana, se veía muy triste, pero a él no le importaba, ¡era bueno tener algo de compañía después de tanto tiempo!, empezó a desayunar y puso el desayuno al alcance de su compañera, no le insistió para que lo tomara, solamente le hizo saber que aquella comida le pertenecía al ponerla cerca, estaba de buen humor y encendió la radio, la música llenó la estancia e hizo que la chica lo mirara asombrada, él se limitó a sonreír mientras masticaba y empezó a marcar el ritmo de la canción con la punta del pie, ella trató de abalanzarse sobre la radio pero él se lo impidió, la mujer lo miró y él negó con la cabeza, ella pareció entender y se sentó de nuevo, para animarla, el joven de nuevo le ofreció la comida, esta vez, ella aceptó su ofrecimiento…

Él no la dejó levantarse, era evidente que la herida había sido seria, parecía sanar bien y los medicamentos le habían quitado la fiebre a su compañera, seguro en un par de días estaría perfectamente, por mientras, esos días el chico le llevó libros para que pudiera entretenerse, salió por más provisiones y cuidó de ella y los depósitos de agua, no hablaban, ambos sabían perfectamente que había toda una historia en sus respectivos pasados inmediatos, pero era horrible tener que revivirla, desde que las palabras se convirtieron en armas tan poderosas, pocos se atrevían a usarlas a la ligera, los causantes de toda esa desgracia, por supuesto, nunca compartieron esa opinión…

Con el paso de los días, los dos nuevos compañeros recorrieron la zona, revisaban los negocios y casas abandonados, se entretenían con las cosas que la gente dejó tras de sí, juntaron algunos pequeños lujos como chocolates, bolsas de café o dulces, las botellas de licor, que ya no eran de utilidad para nadie, sirvieron durante unas semanas como entretenimiento, los muchachos jugaban boliche con ellas y un balón que encontraron abandonado, ella, que era bastante atlética, las utilizaba como tiro al blanco, había fabricado un arco y utilizaba unas varillas de aluminio a modo de flechas improvisadas, más como un deporte que como una necesidad, ya que los pocos animales que veían eran (o habían sido) de compañía, de modo que les parecía inhumano cazarlos.

Así siguieron pasando las semanas, ahora las vidas de ambos eran rutinarias y felices, calmadas y relajadas; parecerían un sueño extraño si se les comparaba con la existencia antes de las desgracias, y era reconfortante y esperanzador para ellos, que eran sobrevivientes de esa tragedia; poco a poco, sus almas y corazones fueron curándose de las múltiples heridas que todo aquello que dejaron atrás les imprimió, y al mismo tiempo, iban haciéndose más cercanos el uno al otro, hasta que una palabra, largamente olvidada y tomada por perdida, empezó a aparecer de nuevo en sus mentes… y esa palabra era, por supuesto, amor.

Ambos encontraron refugio y apoyo en los brazos y la comprensión del otro, una comprensión que parecería extraña a los ojos de quienes no vivieron lo que ellos, ya que no involucraba palabras, solamente miradas y señales; encontraron consuelo mutuo, un consuelo que no involucraba frases cariñosas ni expresiones hechas, solamente caricias o abrazos; y este amor, que dependía de la intuición y el contacto, se expresaba físicamente de una forma mucho más intensa de lo que ambos jóvenes recordaban, era una conexión de la carne y el alma, era hacer el amor, en el más bello sentido de la palabra…

Una noche, mientras ambos dormían, desnudos y abrazados a la luz de la luna, la radio, que era el único sonido que siempre se escuchaba retumbar en el inmenso edificio, empezó a sufrir interferencias, ellos no lo escucharon por estar profundamente dormidos, pero la intrusión era generada por algo que les habría puesto los cabellos de punta…

Un nutrido grupo de hombres subía por la escalera, se repartían en los pisos del museo, y hacían señales con las linternas que llevaban consigo para avisar a sus compañeros, pronto, un comando entró sigilosamente en la sala donde durante tantos meses habían dormido aquella amorosa y bella pareja… los soldados, que eso eran, comenzaron a llenar la sala, uno de ellos apuntó con su arma a la pareja que seguía dormida plácidamente, miró a su superior, quien simplemente giró el dedo índice de la mano derecha, haciendo un círculo en el aire, el soldado comprendió, la orden había sido aniquilar a todos aquellos que se toparan en su camino…

La muerte llenó la estancia, los soldados, impávidos, descolgaron los cuadros de las paredes y comenzaron a juntarlos en la escalera principal, sus compañeros hacían otro tanto con los pisos inferiores, pronto la sala donde quedaban los cadáveres del amor y la comprensión estaba completamente vacía, los soldados salieron y comenzaron a bajar su preciada carga a la entrada, afuera, tres camiones recibieron todo el arte que hasta esa fecha estuvo custodiado en el museo, el Coronel que ejecutó a la joven pareja y el General observaban toda la operación, detrás de ellos, con un sigilo felino, un grupo de soldados les apuntaban, un oficial, de otro ejército, miró a su superior levantar el brazo derecho con la mano extendida, los soldados estaban expectantes, el Coronel de pronto tuvo un escalofrío, volteó a su espalda y quedó aterrado por un segundo…

Los soldados enemigos hacen fuego y acribillan al Coronel, al General y a los soldados que acaban de vaciar el museo, toman el control de los camiones y los llevan a sus cuarteles; la luna llena, que se escondió espantada entre las nubes, se decide a salir e ilumina los cadáveres de los soldados, la expresión asombrada del General, y el terror profundo y desesperado que quedó congelado en la mirada del Coronel para siempre…

Los rayos del sol acarician la ciudad, se derraman sobre las avenidas, caen sobre los parques, se cuelan entre las grietas y rendijas, se introducen por las ventanas de un viejo edificio en el centro, iluminan las paredes desnudas, los espacios vacíos, los estantes destrozados, donde hasta hace unas horas las obras de arte, las pinturas, las esculturas, los grabados, las joyas artísticas producidas por las mentes del país en los últimos siglos, descansaban; tocan las mejillas de los cadáveres de dos jóvenes, que quedaron abandonados al pie de una de las enormes ventanas de madera, lentamente, una mosca se para sobre el rostro de la chica…

Y ese día, como todos los días, un poco del amor y la belleza que queda en el mundo, simplemente, desapareció.

La Revuelta


El sujeto se levanta del piso, todos los rehenes en el banco, que hace media hora eran sólo clientes, observan atentos la escena, todos los demás ladrones le apuntan a la chica, pero ella tiene en la mira al jefe de la banda, desarmado e indefenso, todos contienen el aliento cuando la chica jala el gatillo…

Y nada pasa, del arma no sale nada, ni una bala, ni una detonación, vamos, ni siquiera chispas; la mujer baja el inservible revólver y dice:

- ¿De modo que así termina todo?
- ¿No esperabas que fuera de otro modo o sí?
- Bueno, tú sabes… por un segundo pensé que sí.
- Ilusa…
- ¿Lo vas a hacer ahora?
- No veo porqué no, ¿tú si?
- Me da igual, francamente.
- Eso pensé…

El sujeto camina hacia atrás sin darle la espalda a la chica, estira la mano hacia la otra mujer que está detrás de él, ella lleva el arma de repuesto en su bolsillo, mientras se acerca, dice:

- Debiste ser más cuidadosa, este tipo de cosas le vuelan la cabeza a cualquiera…

La chica no deja de sonreírle, entre frustrada y sarcástica, por un segundo el tipo se pone nervioso, ¿tendrá algún as bajo la manga?, no parece posible; para poder vencerlo en estos momentos, ella tendría que haber logrado convencer a su banda de traicionarlo, y cuando menos Marla está de su lado, su amante jamás lo traicionaría… ¿Tal vez el Comandante González?, no, tampoco es probable; el policía es leal al dinero, y él le da a ganar millones, además, si quiere escapar con vida de esta, tendría que eliminarlo de alguna manera… ¿pero porqué sigue sonriendo?... seguramente es la rabia del perdedor expresada en una sonrisa, aunque…

Años antes, esos dos pares de ojos que ahora se encuentran con odio y desprecio, se encontraban embebidos del amor que parecía brotar de sus miradas, ella, la chica más guapa de cuantas había poseído; él, un estereotipo galante y peligroso; ella, que creyó estar enamorada eternamente de aquél hombre; él, que creyó que esa mujer era la indicada, la que le haría sentar cabeza y dejar la vida que hasta ese entonces llevaba; ambos, lo bastante jóvenes e ingenuos como para no saber del lío en que se estaban metiendo…

¿Quizás convenció a Miguel?... no parece posible, claro que Miguel está muy resentido desde el castigo que le fue impuesto por retar su autoridad, un soplo del Comandante González y el buen Mike se pasó una temporada en los sótanos de la policía, donde el propio comandante le demostró quiénes tienen el poder… ahora Miguel era el más fiel de todos los perros, así que no parecía posible… ¿pero porqué sigue sonriendo?... ¿no se da cuenta que va a morir?... ¿qué ya perdió todo?... ¿de qué se ríe?...

- Entonces, ¿cuento con ustedes?
- Claro que cuentas con nosotros, siempre y cuando respetemos lo acordado…
- ¡Raúl!...
- Es broma, es broma… tú tranquila, pequeña, Isabel y yo cuidaremos de ti, no te preocupes.
- Así es… lo que te hizo ese bastardo no tiene nombre, y debe pagar por ello…
- …Y pagará, mi amor, pagará… ¿cierto, pequeña?

…El hombre se acerca a la mujer, mientras mira sonreír a la chica, ya sabe que no tiene ninguna sorpresa bajo la manga, y mientras estira la mano hacia Isabel, le dice:

- Debiste ser más cuidadosa, pequeña, este tipo de cosas le vuelan la cabeza a cualquiera…

Sin dejar de voltear a ver la sonrisa monalística de su ex novia, el ex caballero galante escucha claramente el percutor de un arma, voltea y descubre que en lugar de tenderle la pistola de repuesto, Isabel le apunta con un arma cargada al rostro, el pobre imbécil sólo puede mirar estúpidamente asombrado el cañón del revólver, mientras escucha a Isabel decir…

- …Ten cuidado con la cabeza, entonces.

Sin mayor trámite, Isabel le dispara al hombre en la cabeza, en cuanto Marla se da cuenta, lanza un grito desesperado:

- ¡No! ¡Maldita!...

Y deja de apuntarle a la ex de su chico para matar a Isabel, Raúl, plenamente consciente de esto y más rápido que Marla, descarga dos veces su escopeta sobre la chica antes de que ésta logre dispararle a Isabel, el cuerpo sin vida de Marla sale proyectado hacia atrás y golpea violentamente un escritorio, para después caer al piso de forma espectacular…

Miguel, que lo ha visto todo, deja de apuntarle a la pequeña para matar a Raúl y a Isabel, apunta la metralleta hacia ellos y jala el gatillo…

Otra vez todos en el banco quedan asombrados, no pasa nada, del arma de Miguel no sale una sola bala, él queda estupefacto, hasta que ve a Isabel mostrarle el cargador de la metralleta…

- Se lo quité antes de que entráramos, corazón…
- ¿Qué? ¿Por qué lo hiciste, estúpida?
- Porque sabíamos que actuarías así, tu primera reacción sería dispararnos, y eso arruinaría los planes…
- ¿Cuáles planes? ¿Asesinar al jefe para después ser acribillados por González?
- No, corazón, esa no es la idea, González también tiene que morir, y lo sabes…
- ¿Qué?...
- Deja de hacerte el tonto, Mike, sabes lo que el jefe, Marla y el Comandante le hicieron a la pequeña… y también sabes que se merecían esto…

Miguel baja el arma, sabe perfectamente que el argumento de Isabel y Raúl es verdad, mira hacia fuera y ve, entre todas las luces, las patrullas y los policías, a González dirigiendo el operativo, si tuviera sus armas… y balas, él mismo se ofrecería a darle al Comandante González su paga de marcha…

- ¿Mike?

La voz de la pequeña lo sobresalta, Miguel la mira y se da cuenta que ella, Raúl e Isabel van a escapar con el dinero, todos lo miran mientras la chica le pregunta:

- ¿Quieres venir con nosotros?
- Me encantaría preciosa, pero ese cabrón va a cazarnos como si fuéramos perros, además, me encantaría cobrarme la que me debe… total, a esos pendejos no se las puedo cobrar ya, ¿o sí, pequeña?

La chica lo abraza tiernamente y le da un beso en la mejilla, Miguel sonríe algo melancólico, mientras piensa en las torturas que le esperan en los sótanos del Comandante, es mejor si no sabe a dónde van los demás…

De pronto, un ruido lo sobresalta, la pequeña acaba de poner su otra arma junto a él, Miguel observa como si no comprendiera, pero cuando Isabel le arroja dos cargadores antes de salir con los demás, entiende perfectamente el mensaje, sonríe, carga las dos metralletas, les quita los seguros, las prepara a conciencia, camina entre todos los rehenes que lo miran asombrados, toma su saco de un perchero al fondo de la sucursal y le dice al gerente, que está agazapado junto a él…

- Escúchame bien, ¿hay algún lugar aquí dentro que resista una balacera?
- Sí, la bóveda al fondo y el muro frente a las cajas…

Miguel se da por satisfecho y ordena a los clientes:

- ¡Muchachos! ¡Salgan de sus escondites y métanse en la bóveda y en donde están las cajas! Esos pendejos de la policía son capaces de disparar hacia acá cuando salga, estén tranquilos, todo terminará en unos momentos…

Luego de eso, y mientras todos los presentes corren a esconderse, Miguel saca un par de lentes de sol del bolsillo interior del saco, se los pone y camina hacia la entrada, por primera vez desde que empezó el desmadre le presta atención a las idioteces que dice el Comandante por el altavoz:

- ¡Dejen salir a todos los rehenes! ¡Salgan con los brazos en alto y no les pasará nada! ¡Dejen todas sus armas en la sucursal y no lastimen a nadie!...
- Que tipo más idiota, cómo si eso fuera a resolver esta situación…

Miguel sale de la sucursal, las luces de los helicópteros le apuntan, camina con ambas metralletas en las manos, apuntando al suelo, baja un par de escalones y escucha:

- ¡Tira las armas!

La voz que escuchó no es de González, de modo que la ignora y grita:

- ¡Comandante González!

Entre las luces ve una sombra que se yergue; así que ahí estás, pendejo.

- ¿Qué quieres? ¿Dónde está el jefe?

Miguel sonríe, y sabiendo perfectamente que el Comandante González no saldrá con vida de ésta, grita:

- ¡La pequeña te manda sus saludos!

El Comandante abre fuego contra Miguel, alcanza a herirlo, pero no antes de que jale el gatillo de sus armas consentidas y desate una lluvia de balas que cae sobre González y los policías que lo acompañan, todos abren fuego sin poder evitar que Miguel barra con las ráfagas a todos los policías del escuadrón de González; el Comandante está herido de muerte, pero todavía sigue disparando, sus balas hieren a Miguel mortalmente, pero no deja de disparar hasta que cae muerto y rueda escaleras abajo, el ladrón y el Comandante están muertos, y la deuda está saldada…

…Y bien hizo Miguel en esconder a los rehenes, ya que la sucursal fue destrozada durante la balacera, nadie salió herido de ahí, pero el Comandante González y su grupo especial fallecieron en el violento encuentro final, dentro de la sucursal hallaron los cuerpos sin vida de Marla y el jefe; el superior de González no se puede explicar todavía que demonios pasó ahí dentro, tampoco sabe nada sobre los 150 millones que desaparecieron de la sucursal, y mucho menos ha podido averiguar el paradero de los demás ladrones…

miércoles, 9 de enero de 2013

Perfección

Ella permanece sentada, indiferente, lejana, como si ignorara todo lo que pasa a su alrededor, perezosamente sube uno de sus brazos en el respaldo de la banca, el viento helado que cubre toda la ciudad mueve ligeramente su cabello dorado, con un ligero movimiento de su largo cuello, la chica aleja un mechón de su rostro, dejando al descubierto dos enormes y hermosos ojos azules; una nariz respingada, del tamaño justo; unos labios perfectos, dulces y besables; una belleza incomparable…

- ¡Ella va a ser mía!
- ¡Ni lo sueñes, miserable!

Sin mayor advertencia, el hombre hace surgir un revólver, le apunta a la mujer que tiene enfrente, la cual, por su parte, ha desenfundado una pistola automática, después de todo lo que han hecho, ninguno de los dos está dispuesto a dejar que el otro se quede con la chica, ella, por su parte, bosteza mientras ve este duelo, ha visto ya tantas escenas parecidas, tantos que han muerto por querer poseerla… ya está cansada de eso.

La chica rubia, que descansa perezosamente en la banca del parque, se llama Afrodita… o mejor dicho, ese es el nombre en clave con el que la conocen los que saben de su existencia, entre ellos se cuentan Francisco Alonso y Carmina Vega, quienes han eliminado ya a casi todos los que conocen el secreto de Afrodita… la chica perfecta.

En la tercera década del siglo, Salvador Miró, un experto en genética, logró crear tratamientos que corregían casi cualquier defecto que pudiera tener el cuerpo, con el tiempo, derivó de la investigación científica a la cosmetología, creando todo tipo de productos contra las imperfecciones del cuerpo, hacia el final de su vida, el Doctor Miró trató de lograr un sueño quimérico que lo acompañó durante toda su existencia… la creación de un ser humano, de género femenino, que tuviera la belleza perfecta.

Muchos lo tildaron de loco, pero Miró no escatimó dinero, esfuerzo y dedicación a conseguir su ideal, manipuló durante años la constitución genética de diferentes embriones, muchos de los cuales dieron origen a algunas de las mujeres más hermosas que ha visto la humanidad, pocos saben acerca de esta investigación, menos aún son los que conocen el resultado de los estudios del Doctor, casi nadie sabe (sabía) sobre el éxito total que coronó el final del sueño delirante de Salvador Miró…

Pocos años después del nacimiento de Afrodita, el Doctor Miró falleció, antes de morir había destruido sus archivos y expedientes, los nombres de sus bellos “experimentos fallidos” desaparecieron, junto con el informe final y la identidad real de la chica perfecta, la mujer con la belleza ideal, arrolladora, asombrosa, con la que Miró siempre soñó… ninguno de sus amigos o colaboradores pudo rescatar nada, salvo un dato aproximado de la ubicación de la mujer perfecta, todos, sin excepción, esperaban cortar la delicada flor que Miró había logrado, en cuanto ésta brotara; al principio, colaboraron como un equipo, localizaron a Afrodita y observaron como su perfecta belleza se desarrollaba, con el paso de los años, algunos de los que conocían quién era y qué hacía especial a la chica fueron falleciendo, algunos de causas naturales, otros, en accidentes variados, algunos más, abandonaron la espera por voluntad propia, sólo los más jóvenes entre este grupo de privilegiados perseveraron, así, al cumplir Afrodita los 20 años, una pequeña célula formada por Raúl Alfaro, Mario Rivera, Sonia Robles, Julieta Barranco, Francisco Alonso y Carmina Vega, eran los únicos que seguían tras la belleza perfecta…

Mientras los supervivientes de la batalla, Francisco y Carmina, tienen el duelo final en un parque, frente a la impasible Afrodita, uno de los que abandonaron la espera por voluntad propia, Héctor Martínez, en otro tiempo asistente personal del Doctor Miró, es duramente interrogado por la Policía Federal, le siguen la pista a varias muertes violentas ocurridas en los últimos días, han llegado hasta él por la relación que tenía con todos los fallecidos, los policías le han dado detalles de las muertes ocurridas…

Al acercarse el momento que todos sabían que habría de llegar, Francisco trató de tomar ventaja asesinando a Mario, que estaba encargado de la vigilancia que el grupo tenía sobre Afrodita, antes de degollarlo, logró hacer que le dijera la ubicación exacta de la chica, ahora sólo él podría poseerla…

Sonia y Carmina, por su parte, tejieron una pequeña alianza y utilizaron a Julieta para que robara esa información a Mario, una vez que averiguaron dónde se encontraba exactamente la chica, Carmina ejecutó a Julieta…

Sonia nunca pudo completar la segunda fase del plan, que consistía en secuestrar a Afrodita para después decidir entre ella y Carmina quién se quedaría con la mujer perfecta, Raúl la interceptó, le sacó la información y la ahorcó en un árbol…

Francisco supo que Mario había hablado cuando vio que Raúl también cercaba a Afrodita, la mala suerte de Raúl quiso que Francisco fuera un excelente tirador, jamás pudo acercarse siquiera a esa belleza perfecta, que los había llevado a todos al borde de la locura…

Carmina, por su parte, no lamentó demasiado la muerte de Sonia, tomó con filosofía la jugada de Raúl y lamentó la falta de inteligencia de Francisco, que había desatado todo ese aquelarre, lo interceptó luego de que secuestró a Afrodita, y ahora, en el parque, ambos decidirían por fin quién se quedaría con aquella diosa…

…los agentes encargados del caso no están convencidos del todo, ¿realmente Héctor abandonó la espera por voluntad propia?, la presión ejercida sobre el hombre los lleva a descubrir el secreto que convirtió el sueño del Doctor Salvador Miró en una pesadilla:

- ¡Si, está bien, lo reconozco!, hace poco pude descifrar el sentido de algunas de las notas que Miró dejó por ahí, fueron sus últimas palabras las que me dieron la clave… “ella no es perfecta” fue lo que dijo… ¡y créanme que no lo es!

Dos disparos suenan en lo profundo del parque, las aves escapan debido al estruendo, un cuerpo yace en el suelo, el disparo le atravesó limpiamente el corazón…

La chica rubia se levanta perezosamente, desdeñosa y prepotente como sólo su belleza le permite serlo, se acerca hasta la figura que, jadeante, observa el cuerpo sin vida de Francisco que yace en el pasto frente a ella, la bala que escapó hace unos instantes del revólver humeante ahora está incrustada en un árbol, Sonia logró vencer sin un solo rasguño, la chica perfecta la abraza y le dice, coqueta:

- ¡Muchas gracias! ¡Me libraste de ese extraño sujeto! ¿Cómo puedo agradecerte?
- No fue nada, Afrodita…

La hermosa chica toma por los hombros a Sonia, la estrecha fuertemente y le da un beso en la mejilla, acerca sus divinos labios al oído de la extasiada mujer y le dice:

- Mi nombre…

Un cuchillo sale de la manga del abrigo de la rubia, Sonia no se percata, en un veloz movimiento, la diosa clava el cuchillo en la espalda de la mujer, Sonia ni siquiera puede gritar por el asombro, clava la mirada vidriosa y aterrada en la hermosa chica, la bella retuerce el cuchillo dentro del cuerpo de la mujer, dejando una profunda y mortal herida…

-…no es Afrodita, estúpida.

La vida escapa por la espalda de Sonia, la chica de la belleza perfecta sigue sosteniéndola y no la suelta hasta que los ojos del cuerpo quedan fijos, sin expresión, reflejando solamente el terror paralizante que sintió la mujer en sus últimos momentos, la hermosa rubia deja caer el cuerpo y se aleja del lugar diciendo:

- Siempre pasa igual, al final ni siquiera saben mi nombre.

El Encuentro

- Hoy es el gran día, Fernando…
- Lo sé.
- Nos ha costado mucho llegar hasta aquí…
- También lo sé.
- Pero ahora cosecharemos todo lo que sembramos…
- Eso también lo sé, me queda perfectamente claro.

Fernando Montes se ajusta las mancuernillas, la corbata y el reloj, se mira en el espejo, todo está perfecto, Miranda Iriarte, su esposa y principal colaboradora, lo mira de arriba abajo y le dice:

- Perfecto como siempre, Fernando…
- Ajá.

Los minutos se enlazaron, Miranda estaba molesta y finalmente dejó salir aquello:

- ¿No estás contento acaso, Fernando?...
- Mucho, Miranda.
- ¿Entonces porqué no celebras?...
- Festejaré cuando haya acabado la ceremonia y tenga puesta la banda, Miranda.

Clásico de Fernando, siempre tan seco y tan nervioso, nunca se daba el tiempo de celebrar, de disfrutar, ahora que nada se interponía entre ellos y el sueño que habían acariciado largamente, buscaba razones hasta en las piedras para estar nervioso, Miranda suspiró, se encogió de hombros y le espetó a su marido:

- Nada se interpone entre la banda y tú, mi amor…
- Nunca se sabe.

Horas después, del otro lado de la ciudad, el Doctor Ramírez y su esposa Rita esperan afuera del Congreso de los Diputados a que salga el nuevo Presidente, ambos votaron por él y apoyaron en la campaña, ahora tenían lugares de primera fila para poder saludarlo en la caminata que haría desde el recinto legislativo al Palacio Presidencial, una vez concluida la ceremonia, Rita le dice a su marido:

- Esto es emocionante, ¿no mi amor?
- Así es, Rita, bastante emocionante.
- ¿Todo bien, Arturo?
- Si, Rita, todo bien.
- No debe tardar mucho, la ceremonia debe estar por concluir…
- Lo sé, mi vida.

Rita se extrañó, no sabía qué diablos le pasaba a su esposo, todo la mañana había estado como ensimismado, imposible saber qué pasaba por su cabeza.

El ruido de la banda de guerra la distrajo, Fernando Montes, el flamante Presidente de la República, sale del recinto con la banda presidencial colocada, en el trayecto que lo llevó de la Tribuna del Congreso al exterior del Palacio Legislativo ha tenido tiempo de ponerse la banda bajo el saco, y ahora saluda despreocupado a la multitud que lo vitorea y que ha conseguido a precio de oro uno de sus más cercanos colaboradores, Miranda, como siempre, está a su lado, Rita sigue a la pareja en todo su trayecto a través de la tribuna, está emocionada y sonríe, Montes y su esposa se acercan cada vez más, y Rita, con la emoción, no ve a su esposo ponerse la mano bajo el saco…

El Presidente llega hasta donde están algunos de los que colaboraron en la campaña, busca de inmediato a la simpática Rita, que tanta ayuda les brindó y que tan buenas migas hizo con su esposa, la localiza al lado de su marido, que también echó la mano con el proselitismo en la capital, Fernando jala a su esposa para que ambos saluden a la pareja, Rita está emocionadísima y es toda sonrisas para el Presidente y su esposa, ninguno de los dos ve al Doctor Ramírez, que se acerca un poco más y saca la mano que tenía bajo el saco…

El Doctor Arturo Ramírez está a punto de pasar a la Historia por el asesinato del Presidente de la República y su esposa, Fernando Montes y Miranda Iriarte.

Pero esto, que es el final de otra historia, empezó mucho antes…

En las épocas en que Fernando sólo era un ambicioso Senador, y su esposa Miranda una despiadada empresaria, ambos manejaban negocios comunes, los cuales eran administrados por Jorge Luis Bonilla, cuya joven esposa, Juliana Luján, trabajaba dando clases en la Universidad Nacional, un buen día, en la prensa de izquierda aparecieron sórdidos detalles de los negocios de los Montes, Fernando y Miranda creyeron que la promisoria carrera política del Senador se iría por el caño, pero en el Partido le dieron la solución: arréglalo a la antigüita, tú bien sabes quién te puso en este aprieto.

Días después, los cuerpos sin vida de Jorge Luis y Juliana aparecieron en un tiradero, el asunto estuvo difícil y casi muy al final el pendejo de Bonilla sacó un revólver, el tiro casi le da a Fernando en la cabeza pero salió desviado, luego de perder el arma y antes de morder el polvo, el joven sentenció:

- Me las van a pagar, hijos de la chingada, más temprano que tarde, ojetes.

Fernando, en la cima del triunfo que significaba el resurgimiento de su carrera, dijo antes de jalar el gatillo:

- Cuéntaselo a los gusanos, hijo.

Los Montes siguieron su camino y nadie recogió el arma, que fue a dar a manos de un policía; cuando Fernando era Gobernador, la vendió a uno de sus superiores, el cual, meses después, cayó en medio de un escándalo de corrupción; cuando Fernando fue Secretario de Seguridad, un secuestrador compró el revólver y murió antes de poder dispararlo; cuando Fernando ganó las elecciones, un comprador de chueco lo adquirió y fue a la quiebra; él fue quién lo vendió al Doctor Ramírez antes de la toma de posesión, el Doctor coleccionaba armas, y la había colocado, sin probarla, en una repisa…

Eso era lo que el Doctor acababa de sacar de entre su ropa, mientras el nuevo Presidente saludaba a su esposa y Miranda estaba cerca de ellos, platicando animadamente…

El Doctor apuntó el arma contra Miranda y disparó desatando el caos e hiriendo a la mujer en el cuello y el pecho, el Presidente se quedó pasmado al ver caer a su esposa medio muerta, los Guardias del Estado Mayor, en cambio, reaccionaron rápidamente, uno de ellos le apuntó al Doctor, quien pareció no notarlo e hizo fuego contra Fernando, una bala le dio en la rodilla, cuando cayó hincado, el Presidente recibió otro tiro en el muslo izquierdo, al caer de espaldas, recibió un balazo en el estómago y otro en el pecho, debajo del corazón, finalmente, y mientras recibía cuatro balas del guardaespaldas, el Doctor pudo hacer un último disparo que impactó en el cuello del Presidente, cortándole la yugular, sus últimas palabras fueron:

- Te dije que me las iban a pagar, ojete.

Fernando miró asombrado al Doctor Ramírez, el cual cayó de frente hacia la calle, para esos momentos Miranda ya era cadáver, y el Presidente sucumbió por sus heridas en la ambulancia que lo llevaba al Hospital Militar.

Al día de hoy las investigaciones no han podido explicar porqué el Doctor, que apoyó incondicionalmente a Fernando Montes antes, durante y después de la campaña Presidencial, decidió asesinarlo el día de la toma de posesión.

El Fin de los Tiempos

La parte frontal del lujoso automóvil aún humea, la carrocería, brillante y negra, refleja la luz del poste que acaba de caer tras el accidente, el coche de los perseguidores se encuentra más atrás, golpeó una barrera de contención y los cuatro ocupantes yacen muertos en su interior, el conductor del BMW negro, a diferencia de ellos, sí tuvo la precaución de ponerse el cinturón de seguridad, lo cual salvó su vida… por ahora.

Antes de que alguien tenga tiempo de informar a las autoridades del accidente que acaba de cimbrar la Avenida Tlalpan, una de las prostitutas que trabaja en esa parte de la avenida se acerca por curiosidad al BMW, segundos antes del accidente, ella acababa de quitarse de ahí, la chica, llamada Nadia Ramírez, observa azorada al conductor del lujoso auto, quien, a pesar de estar golpeado, parece seguir consciente...

- ¿Me vas a ayudar o no?
- ¿Ah?

Nadia estaba tan asombrada con el accidente y su buena suerte que ni siquiera había escuchado al conductor cuando le habló por primera vez, algo molesto, el ocupante del BMW bufó:

- ¡Carajo!, ¡Olvídalo, si no quieres ayudar, mejor quítate!

La chica se da cuenta que el sujeto forcejea con el cinturón de seguridad, sin hacer caso del grito, ni del enojo patente del chico, Nadia extrae un cuchillo de su bolso (tiene que protegerse, y la pistola no sirve para cortar), de un ágil salto mete medio cuerpo en el vehículo y con una agilidad asombrosa, corta de un tajo el cinturón de seguridad en dos puntos, lo que permite que el conductor salga del auto, asombrado, el chico la mira en cuanto pone un pie en el suelo y dice:

- Creí que no habías entendido.
- Si entendí, solamente estaba asombrada por el choque…
- No estás lastimada ¿o sí?
- No, solamente fue la impresión, yo estaba parada ahí hace unos segundos…
- Ya veo… ¿cómo te llamas?
- Nadia, ¿y tú?
- Miguel, ¿conoces algún lugar donde pueda esconderme, Nadia?
- Sí, mi departamento no está lejos, no es la gran cosa, pero servirá…
- Muchas gracias, ¿vamos?

Y así, sin mayor preámbulo, Nadia y Miguel abandonan el lugar del accidente, la policía se entera parcialmente de lo sucedido cinco minutos después…

- ¿Cómo que no pueden encontrarlo?
- No sabemos que ocurrió después del accidente, Fernando y los demás murieron en el acto, y ninguno de los testigos que reportaron el accidente sabe nada, tenemos a dos prostitutas que estaban en el lugar, pero no dicen mucho y ambas niegan haber visto a Miguel por la zona, ¿Qué desea que hagamos, señora?

Sandra le da la espalda a Genaro, su ayudante… ¿Qué desea que hagan?, lo que ella realmente quiere sólo se puede expresar de una manera, y así se lo dice a su mano derecha…

- Quiero que encuentren a ese pendejo, quiero que recorran toda la faz de la tierra buscando a ese cabrón, quiero saber donde está… ¡y quiero saberlo ya!

Genaro observa el gesto airado de su jefa, y contesta:

- Yo me encargaré, señora…

A la mañana siguiente, el amanecer tiñe la ciudad de tonos naranjas, el frío de diciembre cala hasta los huesos, pero Miguel no lo siente, fuma tranquilamente, observando el horizonte, deleitándose con la belleza del día que empieza, sonriendo ante la ironía de esa espectacular vista natural mezclada con los tinacos, las jaulas, los tendederos y los cilindros de gas de la azotea, mientras reflexiona sobre lo que había pasado, no se da cuenta que Nadia está a su lado, mirando el panorama envuelta en una cobija, pareciera que el frío no la afecta, a pesar de la escasa ropa que la cubre debajo del cobertor, ella le sonríe y el chico la ignora para volver a sus reflexiones, Nadia deja de sonreír, da media vuelta y regresa molesta hacia su penthouse, mientras dice:

- Al menos podrías tratar de ser agradecido, pendejo.

Miguel se queda de una pieza, abandona sus reflexiones y la vista para fijar su atención en la silueta que se aleja de él indignada, balanceando las caderas con ímpetu, y alzando el mentón orgullosa, para ser puta, tiene bastante dignidad… Miguel apaga el cigarro y regresa al diminuto departamento para pedir perdón a su anfitriona…

Las horas pasan y nada se sabe, Sandra es muy consciente de un solo hecho: Miguel puede escaparse en cualquier momento, el cabrón es talentoso y conoce su trabajo, si quiere atraparlo para hacerle pagar por lo que hizo, tiene que apresurarse e ir por todo…

- Llévame con las prostitutas que vieron el accidente, Genaro.
- Claro señora, ¿algo más?
- Sí, dile a Ricardo que venga, ¿quieres?
- Sí, señora…

Genaro sabe ahora que las chicas que vieron el accidente hablarán de una u otra forma…

Miguel y Nadia comen algo sentados en la terraza, el amanecer anaranjado que él había contemplado se había convertido en un clásico día caluroso de fin de año en la Ciudad de los Renegados, desde el incidente que lo tenía al borde de la muerte, Miguel no había dejado de pensar en escapar de ahí lo más pronto posible, de correr tan lejos como pudiera, de escapar de la larga mano de Sandra, mientras corría por su vida a lo largo de Tlalpan, el día anterior, había ofrecido sacrificios impensables a dioses desconocidos y conocidos, para lograr salir de esa con vida, para lograr tener algo de ventaja, para lograr escapar de la muerte que se obstinaba en seguirlo… todo eso y más pensó mientras jugaba a la F1 en su BMW, pero después de que Nadia se cruzó con él, algo lo retenía junto a ella, sabía perfectamente que cada minuto que se quedaba ahí era un minuto menos de vida, pero no se sentía capaz de abandonar a la chica así como así…

Ella, por su parte, se había sentido atraída por Miguel, le parecía un chico guapo, fuerte y duro, alguien en quién podrías confiar, alguien que podría ayudarte en caso de que lo necesitaras, además, haber tenido una experiencia cercana a la muerte (recuerda que ella estaba parada junto al poste que derribó el BMW de Miguel) la hacía apreciar más la vida, y todas las vueltas que siempre vienen con ella, por eso se había sincerado con el tipo, y le había contado toda su vida, el hecho de que el solitario Miguel no hubiera interrumpido su relato sólo había aumentado su confianza y locuacidad, y antes de sentirlo, él sabía todo sobre ella…

- Bueno, basta de hablar de mí por un segundo…
- ¿Eh?
- Seguramente estás harto de escucharme hablar todo el tiempo, ¿o no?
- No, en realidad no.
- Pues yo si estoy harta de monopolizar la conversación, apuesto que tienes algo interesante que contar, como por ejemplo: ¿Por qué te perseguían anoche?

La mirada y el gesto de Miguel se vuelven iracundos, justo como cuando lo vio dentro del auto, Nadia se da cuenta que está furioso, él se levanta de un salto y regresa hacia el penthouse mientras dice:

- Eso es algo que no te importa, pendeja.

La chica primero siente que metió la pata, después se siente ofendida, luego ella también enfurece… ¿Quién se creía ese imbécil para hablarle así?, ¿Acaso el haberle ayudado no le da derecho a saber?, ahora iba a conocer a Nadia en su peor momento…

Miguel apenas está recogiendo sus cosas cuando escucha que la chica entra al pequeño cuarto, justo se da la vuelta para salir cuando ella le da una tremenda cachetada, mientras le grita:

- ¿Quién te crees para hablarme así, imbécil?, ¿Acaso haberte ayudado no me da derecho a saber porqué querían asesinarte cuatro gorilas el día de ayer?
- ¿Qué?, ¿Crees que el haberme sacado del coche fue un gran favor?, siento decepcionarte, tontita, pero yo hubiera podido salir sin problemas…
- ¡Pero no lo hiciste, idiota, además estabas tan asustado que jamás habrías podido encontrar el botón del cinturón de seguridad!

Miguel trató de dar por terminada la discusión saliendo del departamento, pero Nadia saltó y lo tomó de los hombros, derribándolo, ambos empezaron a forcejear en el piso, ella pataleaba y lanzaba débiles puñetazos contra él, que más que evitarlos trataba solamente de someter completamente a la feroz chica, el combate no dura mucho, ambos terminan sudando, con la respiración agitada, Miguel dice:

- No quise ofenderte, Nadia, simplemente no quiero hablar de eso…
- Está bien, cuéntame otra cosa entonces…

El chico no lo piensa mucho y dice:

- Nunca había conocido a una chica tan fuerte como tú.

Ambos ríen con el comentario, Nadia mira a Miguel directo a los ojos y dice:

- Sé que habrías podido salir del coche sin mi ayuda, pero ¿cómo esperas que deje a un chico tan guapo como tú andar solo sin que nadie te cuidara?

Los dos sonríen, Miguel acaricia torpemente la mejilla de Nadia, ella acaricia tiernamente su cabello, ambos se miran, y sin mayor trámite, se besan, primero dulcemente, como dos colegiales; luego apasionadamente, como si estuvieran deseos de entrar en el espacio del otro, y antes de que el reloj alcance las tres de la tarde, ambos hacen el amor en el piso del penthouse de Nadia…

-…Así que el par de pendejas por fin hablaron, ¿no, Ricardo?
- Así es, tengo el nombre y la dirección de la puta que le dio cobijo a Miguel.
- ¿Puedes encargarte de esto o quieres que mande a mi gente?
- Es un trabajo sencillo, señora, puedo hacerlo por la tarifa normal si quiere.
- Si quiero, Genaro te dará la mitad ahora, el resto cuando regreses con las pruebas… ¿y te puedo pedir algo, Ricardo?
- Por supuesto, señora.
- Haz que el imbécil sufra hasta su último aliento, y que ella sea un ejemplo para los que quieran meterse en mi camino…
- Délo por hecho, señora.

La noche desciende por la Ciudad de los Túneles, Miguel y Nadia la contemplan arrobados, sólo la luna ilumina el departamento, luego de hacer el amor, se mantuvieron abrazados, ella aferrada al único hombre que parecía interesado en ella, él aferrado a la única persona que lo había impresionado en la vida, al llegar la noche y viendo el día desperdiciado, ambos empezaron a sentir escalofríos, ella por el frío, él por la muerte que sabía más cercana cada vez, ambos se abrazan para matar el frío nocturno, y lentamente, sin darse cuenta, se quedan dormidos uno en brazos del otro…

Pasado un tiempo prudencial, Ricardo empieza a avanzar hacia el departamento, el sicario, vestido completamente de negro, llega hasta el interior del cuarto sin problemas, ve el bulto que supone son Miguel y Nadia recostados, sin mayor trámite, apunta el cañón de la escopeta hacia el bulto y dispara…

En ese momento se hace la luz en el cuarto, Miguel y Nadia están cerca de la puerta, Ricardo se percata al instante de la trampa y hace fuego al mismo tiempo que Miguel, el escopetazo vuela el vidrio, una bala de revólver perfora el hombro derecho del sicario, ambas armas disparan nuevamente, esta vez, el fuego de la escopeta da de lleno en el cuerpo de Miguel, quien cae al suelo muy malherido, el fuego de la pistola apenas roza la mandíbula de Ricardo, quien se lleva la mano al rostro por el dolor, mientras Nadia empieza a llorar y trata de detener el sangrado de Miguel, algunas palabras dulces cruzan el espacio entre ellos, pero Ricardo no las percibe, sin darle mayor importancia al asunto, le apunta a Nadia mientras dice:

- Para que aprendas a no ayudar a los que están muertos, puta…

Ricardo amartilla la escopeta, sin percatarse que Nadia tensa los músculos de la espalda, cuando el experimentado asesino está por jalar el gatillo, la chica da media vuelta y le dispara, la primera bala le da en el estómago y lo hace disparar al aire, la segunda bala le da en el brazo derecho y la tercera en el pecho, justo debajo del corazón, Nadia vuelve a estrechar a Miguel entre sus brazos, tratando de detener el sangrado, mientras le dice:

- No pasa nada, corazón, vas a estar bien, ya verás cómo te recuperas y nos fugamos juntos, mi vida…

Nadia se inclina para besar a Miguel, los labios se encuentran en un beso perfecto, cariñoso, apasionado y lleno de amor, de ése tipo de amor que puede salvar la vida de cualquiera, de ese amor que hace milagros…

Ninguno de los amantes se da cuenta del momento en que Ricardo saca algo del bolsillo de su saco, sin hacer ruido, el sicario quita la espoleta de la granada y la sostiene entre sus manos, sabe perfectamente que morirá, pero por nada del mundo piensa partir solo…

Los amantes terminan su beso, el sicario deja de respirar…

Los periódicos del día siguiente comparten la noticia principal: Tres personas mueren al explotar una granada en un edificio cerca de Tlalpan.