domingo, 27 de agosto de 2017

El Mensaje

La mañana comenzó como cualquier otra, la alarma la despertó y en cuanto abrió los ojos y tomó el teléfono, notó el mensaje de voz, Alberto no dejaba de decirle cosas lindas desde que comenzaron a salir, apenas unos meses antes, después de toda una vida de conocerse.

Después de sonreír al recordarlo, se estira perezosa en la cama, no quiere levantarse, pero tampoco quiere quedarse ahí si él no está, de modo que se levanta y va por su primer café del día, el que siempre la pone en acción.

Al llegar a la cocina, las luces se encienden y una música suave llena la estancia, en cuanto se prepara y sirve el café, toma el control y enciende la televisión.

Antes de ver la pantalla, su celular vibra recordándole el mensaje pendiente, la chica vuelve a sonreír, y dando la espalda a la transmisión, toma el teléfono y entra al buzón de voz:

“Hola, pequeña”

Que voz tan linda tiene.

 “Sólo quería llamar para decirte lo mucho que te amo”

Siempre tan detallista.

“Contarte que recuerdo cuando nos conocimos, hace tantos años; recuerdo nuestras charlas en el parque, a la luz de la luna; recuerdo cuando nos agarró la lluvia en el parque y nos dimos nuestro primer beso bajo un árbol; recuerdo todas las tardes que he compartido contigo”

Típico, siempre con un ojo en el pasado y otro en el futuro.

“Recuerdo tu rostro, tus ojos, tus labios, tus mejillas, la forma tan encantadora en que te sonrojas cuando me ves. Recuerdo tu cuerpo perfecto y cómo siempre encuentras tu lugar entre mis brazos. La forma tan linda en que me abrazas y con un beso me haces sentir bien, sin importar lo que haya pasado”

Qué barbero, algo ha de querer.

“Recuerdo todo eso, y muchas más cosas que ya no tengo tiempo de decirte, y eso me hace sentir una profunda tristeza”

¿Qué?, ¿de qué carajo está hablando?

“Tristeza de que no podamos vivir más cosas juntos, tristeza porque todo nuestro amor será desperdiciado, tristeza porque todo lo bello que hemos compartido será evaporado”

¿Qué diablos le pasa a este imbécil?

Se hace el silencio del otro lado de la línea, un sollozo interrumpe el silencio.

Algo muy malo está pasando.

“Traté de conseguir cómo salir en cuanto supe la noticia, te podrás imaginar que fracasé. Te fallé… te fallé y jamás voy a perdonármelo… siempre te recordaré Diana, y espero de todo corazón que nunca escuches esto, sé que tienes el celular al lado, y que falla cuando recibes mensajes de voz muy largos”

Dios mío.

“Te dejo este mensaje rezando para que fastidie tu alarma y no te despiertes a tiempo, deseando de todo corazón que te quedes dormida, y que no abras los ojos y veas lo que está pasando… si tú tienes razón, y hay un Dios amoroso esperando del otro lado, espero que te deje dormir y despiertes cuando todo haya pasado… si tienes razón, y por primera vez en mi vida espero de todo corazón que la tengas, te estaré esperando”

Diana está paralizada por el miedo, hasta ese momento se da cuenta que una tenue luz azul baña su sala, mira la pantalla de su televisor sin soltar su teléfono, y empieza a llorar en cuanto ve la transmisión.









“Te amo, Diana”

Mientras las lágrimas corren por sus mejillas, el contador llega a cero.

La luz más brillante que ha visto en su vida se refleja en la pantalla de la televisión.

Paralizada por el miedo, Diana murmura:

- Yo también te amo.

martes, 31 de enero de 2017

Visita Guiada

I.- Una carta.

El año estaba terminando como todos para Adriana, encerrada en su oficina, sufriendo del clima psicótico de la Ciudad de México y revisando algunos de sus proyectos previos; el trabajo no despegaba hasta pasadas las fiestas decembrinas, una vez que los esclavos de cuello blanco que manejaban realmente las compañías de las que dependían sus fondos entraban en ritmo.

La vida del restaurador es aburrida en sitios donde hay poco trabajo, y empeora cuando este trabajo depende de la generosidad de terceros; pero Adriana no tiene motivos de queja, dedica sus horas libres a realizar proyectos independientes y una que otra intervención en algún rincón perdido de la Ciudad de los Palacios.

La chica goza de una fama modesta, pero creciente, entre los círculos culturales e intelectuales de la ciudad, un par de intervenciones en espacios abandonados por la negligencia de la Jefatura de Gobierno le valieron sonadas entrevistas y notas periodísticas; sus proyectos posteriores, a pesar de ser condenados por el Jefe de Gobierno en persona, gozaron de la aclamación popular y llevaron su nombre y su obra fuera de las fronteras de México, Adriana estaba en la mente de muchos grupos y organizaciones dedicadas al arte y la cultura en América y Europa.

Fue por eso que la carta que llegó a su oficina a mediados de octubre de aquél año fue menos sorprendente de lo que después resultó; la misiva estaba dentro de varios sobres, el primero venía dirigido desde Las Vegas, la carta previamente había pasado por Nueva York, Toronto, Londres, Madrid y Barcelona luego de ser escrita y enviada desde París, y había tomado aquella ruta tan enredada para conservar al máximo su secrecía.

El documento procedía de la Compañía Mexicana de Perforación, Adriana y su asistente buscaron información acerca de alguna organización con ese nombre en vano, hasta que un becario que trabajaba con ellas les aclaró el misterio: se trataba de un grupo que formaba parte de Les UX, un grupo de ciudadanos de París que se dedicaban a restaurar, habilitar y realizar espectáculos en las Catacumbas de la ciudad.

La carta no venía firmada pero estaba fechada en los primeros días de octubre, el documento invitaba a Adriana, en forma protocolaria y oficiosa, a emprender un viaje a París para reunirse con “personajes destacados de la ciudad”, no especifica motivo, asunto y/o fin del viaje y solicita confirmación por correo electrónico.

Adriana y su asistente están muy emocionadas, la carta parece implicar que los miembros de Les UX están interesados en que participe en alguno de los proyectos del grupo, la perspectiva de intervenir en las famosas Catacumbas de París daría un gran impulso al trabajo y la carrera de Adriana, tanto en México como en el extranjero.

Estos datos los consignó la Policía Federal, en la investigación correspondiente.

II.- Le Capitain.

Las primeras luces de la mañana iluminan la Ciudad Luz, bañan sus monumentos, destacan sus atracciones y marcan el inicio de la jornada para los habitantes de la capital, a pesar que no es la primera vez que visita París, Adriana vuelve a quedar encandilada por el amanecer.

Es una ciudad hermosa por fuera y por dentro, única como pocas en el mundo, y por primera vez desde su iniciación como francófila, Adriana podrá contribuir a darle un poco más de brillo a este diamante europeo.

El taxi que la sacó de la zona del Aeropuerto la deja en un hotel en la zona de Montparnasse, la respuesta del correo electrónico en el que confirmó su viaje daba instrucciones precisas respecto al hotel en que debía hospedarse, como esperaba, había una habitación reservada para ella por la Mexicana de Perforación.

Luego de instalarse, tomar un baño y una siesta para combatir el cansancio, comer algo ligero en el restaurante del hotel y avisar a sus familiares y amigos de su arribo a París, Adriana salió en dirección a la plaza Denfert Rochereau, ubicada en el extremo sur de la ciudad.

Al llegar al centro de la plaza, Adriana distinguió en una de las bancas al “contacto”: había recibido fotos de la persona encargada de recibirla e instrucciones sobre cómo identificarse para que pudiera explicarle el motivo de su viaje a París; sin embargo, no le dieron su nombre, sino su apodo: Le Capitain.

Y ahí lo tenía, El Capitán en persona, un sujeto alto, de nariz prominente, atlético, cabello negro y tez blanca, en cuanto Adriana lo reconoció él también dio señas de conocerla, luego de los saludos y comentarios de rigor, El Capitán la condujo hacia la enorme fila que rodeaba la plaza, todos los turistas que esperaban visitar las míticas Catacumbas de la Ciudad Luz.

Ahí, cerca de la entrada, El Capitán la presentó con su compañera, una joven de tez morena, enormes y profundos ojos cafés y una larga cabellera rizada, ella tampoco le dijo su nombre, solamente se presentó como Duchesse, el grupo entabló una conversación animada mientras ingresaban a las Catacumbas y comentaban algunos detalles sobre el lugar.

Al llegar a la entrada del osario, Adriana, que nunca había visitado el lugar, quedó impresionada por la inscripción tallada en la piedra.

Cuando declaró ante la policía, un turista dijo que la ironía fue lo que grabó ese instante en su memoria, si Adriana hubiera hecho caso a la advertencia (“¡Detente!, Este es el Imperio de la Muerte”) su fin habría sido muy diferente.

III.- El reporte del Oficial Dreyfus.

Philipe Dreyfus es oficial de la policía de París desde hace más de 20 años, quince de los cuales ha sido miembro de los cataflics, la división encargada de vigilar las Catacumbas; él es uno de los policías encargados de proteger los túneles oscuros y macabros de la ciudad del vandalismo, y a los que son tan tontos u osados como para ingresar sin guía en la extensa red.

Otra de sus funciones consiste en dar caza a los catáfilos, que se dedican a explorar los túneles y pasadizos de las Catacumbas por simple diversión, muchos de ellos pertenecen al grupo clandestino Les UX, contra quienes tiene órdenes expresas para cesar sus actividades dentro de los túneles y detenerlos de inmediato.

Por supuesto que después del incidente del cine subterráneo descubierto en 2004 y manejado por La Mexicana de Perforación, las medidas contra Les UX se han endurecido, pero los cataflics son, antes que policías, ciudadanos de París, y suelen hacerse de la vista gorda con los miembros del grupo.

Al cuerpo le preocupan los exploradores, quienes representan más riesgo por sus excursiones ociosas dentro de los túneles, a pesar de que muchos son expertos, también son propensos a perderse, a llevar turistas que se pierden o a guiar a cualquiera que les pague lo suficiente dentro del laberinto.

Es por eso que el Oficial Dreyfus siguió de cerca las actividades de Jean-Baptiste Emmanuel Mouton, también conocido como Le Capitain y su pareja, Michele Pironi, alias Le Duchesse, durante la semana del 30 de octubre al 3 de noviembre de aquél año.

Cuando Emmanuel recibió a Adriana en la Plaza Denfert, Dreyfus los vigilaba desde el otro lado del parque; cuando caminaron hacia los que esperaban ingresar en las Catacumbas y se reunieron con Michele, el oficial los observó desde la acera opuesta; cuando ingresaron a los túneles, Dreyfus usó un acceso reservado a la policía para entrar y alcanzarlos dentro del osario; una vez de vuelta en la Prefectura, el oficial reportó a sus superiores lo que había observado, ellos le dieron la instrucción de vigilar al grupo de cerca.

La intención del Sargento Montagny, el superior del Oficial Dreyfus, era prevenir un incidente similar al que había ocurrido dos años atrás, cuando el Capitán y la Duquesa habían guiado a tres turistas estadounidenses al interior de los túneles, uno de los jóvenes trató de propasarse con Michele y ellos los abandonaron dentro de las Catacumbas, afortunadamente los turistas hicieron mucho ruido y un grupo de cataflics los rescató en menos de dos horas.

Todos en la división tenían puestos los ojos en la pareja, sabían que no formaban parte de Les UX ni tenían relación con ninguno de sus grupos, eran parte de ese grupo de visitantes ociosos sobre los que los cataflics ponían especial atención.

El reporte completo del Oficial Dreyfus, sancionado por sus superiores y entregado por el Prefecto de Policía al Embajador de México en Francia, termina la madrugada del 3 de noviembre a unos 3 kilómetros al oriente de la Plaza Denfert, ese fue el lugar donde un desconocido, al que Dreyfus no había visto durante la vigilancia previa ni pudo identificar después, le asestó tres golpes con un bastón, dejándolo inconsciente al pie de un respiradero que conecta con la Gran Red del Sur, el sistema de túneles más extenso de las Catacumbas.

Lo único que distinguía al hombre que lo atacó, según el informe, era que el tipo tenía el rostro pintado como esqueleto y vestía un traje sobre el que había huesos dibujados, un atuendo típico de las fiestas de Día de Muertos.

IV.- Monsieur Mort.

La oscuridad la envuelve, la linterna no es suficiente para iluminar todo su entorno, está sola y perdida en los túneles bajo la ciudad, tiene una idea muy clara de la extensión de la red y sabe que es probable que muera antes de que la encuentren.

Los guías la habían abandonado hacía unos veinte minutos (¿treinta?, ¿cuarenta?, ¿cómo saber en esa maldita negrura?), no les había resultado demasiado difícil, mientras iban caminando, la linterna de Adriana iluminó un tatuaje en la espalda de Jean-Baptiste, representaba dos pistolas cruzadas y bajo ellas un presagio: La Mort.

Adriana fijó su mirada en el tatuaje y se concentró en seguir al Capitán a través del subsuelo parisino, no se dio cuenta en qué momento desapareció Michele hasta que Jean dio media vuelta y se lo hizo notar, ella apuntó la linterna a su espalda y volvió a mirar al Capitán.

Él también había desaparecido.

Escuchó pasos que se alejaban, y trató de correr tras él mientras gritaba que no la dejara, que no podían abandonarla allí, algo en el suelo la hizo tropezar y tirar la linterna, la levantó y trató de correr de nuevo, no había dado ni diez pasos cuando notó que su única fuente de luz se había dañado con la caída, y parpadeaba cada vez más.

Ahora la luz se extinguía a cada paso, Adriana camina con la espalda pegada al muro, esperando poder seguir caminando en la oscuridad, en ese momento vio un haz de luz amarillenta en el túnel, caminó rápidamente hacia él y vio que era un respiradero, dio un grito de alegría al poder asomarse a la calle, se había salvado de milagro.

O eso creía ella.

Mientras trataba de ver si alguien venía hacia el respiradero, Adriana alcanzó a ver un par de zapatos negros, impecables, un pantalón negro y un bastón que golpeaba la acera rítmicamente, en ese momento vio que el pantalón tenía un fémur y una tibia dibujados, y asumió que se trataba de algún otro mexicano.

- ¡Auxilio!, ¡Ayúdeme por favor!, ¡Me dejaron abandonada acá abajo!, ¡Ayuda!

El hombre se detuvo y Adriana asumió que miraba hacia el respiradero, para que notara que no era ninguna broma, la chica sacó un brazo a la calle y trató de tocar al extraño, él dio un paso hacia atrás y empezó a hablar:

- ¡Buen Dios!, ¿Cómo fue qué te metiste ahí, mujer?

Esa voz sonaba conocida.

- Siempre te las arreglas para meterte en las situaciones más jodidas, ¿verdad?

La voz.

- La niña tan grandecita y jugando con los fantasmas de París como chiquita.

No puede ser.

- Atrapada en la oscuridad y espantada como niñita.

¡No! ¡Dios, si existes y estás ahí no permitas que sea él!.

- ¿Cómo vas a salir de este problema ahora, gatita?
- ¿Francisco?

El hombre disfrazado se pone en cuclillas, Adriana ve su rostro, a pesar de estar pintado como cráneo, no hay duda, es él.

- A tu servicio.
- ¿Qué diablos haces aquí?
- Regreso a mi hotel luego de una fiesta en la Embajada.
- No puede ser.
- Pero así es, llevo un par de meses disfrutando la vida de París, el Embajador es un buen amigo mío.

Los minutos pasan, Francisco no quita la mirada de la aterrada mujer, ella toma la iniciativa y pregunta:

- ¿Me vas a ayudar a salir o voy a tener que rogarte?
- ¿Rogarme?, ¿Cuándo me has tenido que rogar por algo?
- Fue sólo por decir
- Sólo por decir, tus ruegos me importan un carajo.

Los minutos pasan y Francisco no se mueve, Adriana se desespera y le grita:

- ¡Deja de hacerte el gracioso, cabrón!, ¡Ayúdame a salir de aquí!

El hombre no contesta, sigue mirando impasible a la mujer, ella empieza a sollozar por la humillación a la que Francisco la está sometiendo, con lágrimas en los ojos, y un tono de voz lastimero, ruega:

- ¡Por favor, ayúdame!, sé que lo nuestro no terminó como esperábamos, sé que no fue la mejor forma de despedirnos, también sé que debes estar molesto conmigo… pero ya párale, ¿quieres?, sé que no me vas a dejar aquí adentro para morirme.

Adriana escuchó pasos que se acercaban, decidida a salir y darle una golpiza al imbécil de Francisco en cuanto estuviera libre, empezó a gritar pidiendo ayuda en francés, un hombre y una mujer se detuvieron junto a Francisco, uno de ellos lo llamó Monsieur Mort, y él les pidió que fueran por el auto, cuando se alejaban, Adriana se dio cuenta que eran Jean-Baptiste y Michele.

- ¿Qué está pasando?
- Dime una cosa, Adriana; ¿de verdad pensaste que ibas a deshacerte de mí tan fácil?, ¿de verdad creíste que no haría nada al respecto?
- ¿De qué chingados estás hablando?

El hombre clavó la mirada en los ojos llorosos de la mujer, verla ahí, espantada, encerrada y sufriendo le inspiraba un sentimiento que creía perdido desde hacía tiempo.

Odio.

Un odio profundo, violento, casi animal.

El mismo odio que sintió cuando ella decidió deshacerse de él.

El odio que lo alimentó después que ella lo cambiara por “alguien mejor”.

Ese odio renacía en su interior.

Francisco tomó la mano de Adriana, observó sus dedos, las uñas color violeta y esa mano delicada y blanca que había besado tantas veces, ella sintió un rayo de esperanza en su interior que se desvaneció cuando sintió el primer golpe del bastón en su hombro.

- ¡Noooo!

El golpe la hizo dar un paso hacia atrás y meter ambos brazos de nuevo en el túnel, trató de acercarse y un nuevo golpe la hizo tambalearse.

- ¡Francisco!, ¡No hagas eso!

Otro golpe la alcanzó de lleno en la boca, por instinto trató de protegerse y subió los brazos, el siguiente golpe la hizo percatarse de porqué Francisco la había golpeado en primer lugar, la punta del bastón alcanzó el foco de la linterna y la destrozó, ahora el respiradero era su única fuente de luz.

El hombre la miró de nuevo, levantó un brazo y alcanzó una palanca que estaba fuera de su vista.

- Adiós. Nos vemos en el Infierno.

Francisco accionó la palanca y las paletas del respiradero se cerraron, al verse rodeada de oscuridad, Adriana lanzó un alarido de terror que retumbó por todo el túnel, desesperada, echó a correr, para no ser vista con vida nunca más.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Esa sensación que sólo puede expresarse en inglés



La luz del atardecer inunda la ciudad, cae con fuerza sobre los automóviles que se acumulan en la avenida, es domingo y mañana hay que regresar a la rutina de siempre, Víctor y sus hijas Patricia y Romina combaten el calor que se acumula en la camioneta comiendo paletas heladas, las niñas cantan, ríen y le cuentan a su padre la vida y milagros de todos sus compañeros de escuela, Víctor no podría estar más alegre, sus hijas ya merecían un pequeño descanso y el estruendo de las pequeñas es la mejor prueba de lo relajadas que están, a otros podría parecerles una tortura, pero para él era maravilloso poder disfrutar esos momentos al lado de sus amores.

Era una lástima que estuviera a punto de llegar a casa.

Minutos después, la camioneta avanzaba hacia la entrada de su hogar, las niñas habían dejado de reír y gritar hacía poco, estaban acostumbradas a los arranques de ira de su madre, y preferían callarse a molestarla, una sensación de desgano y resignación invade a las chiquillas, y al apagarse el motor un par de suspiros atraviesan el aire tibio de la camioneta.

Nada de esto pasa desapercibido para Víctor, ha tratado de hablar con su esposa al respecto, ha intentado de todo con tal de ayudarla, pero Vianey no es de esas personas que se dejen ayudar fácilmente.

Una triste resignación invade su rostro, los tres viajantes descienden, Paty y Romy ayudan a su papá con las maletas y los tres avanzan hacia la entrada de la casa, las niñas están pegadas a las piernas de su papá, tratando de tomar valor para volver a su rutina personal, esa de la que están cansadas pero no pueden evitar.

Víctor toma las llaves y abre la puerta, apenas pone un pie en la casa, anuncia:

- ¡Vianey! ¡Llegamos!

Paty y Romy no se han separado de su papá, esperan escuchar la voz de su madre gritar alguna respuesta seca y malhumorada, como siempre, pero su sorpresa no tiene límites cuando escuchan la voz de su madre:

- ¡Vaya!, ¿tan pronto?, ¡pensé que el tráfico iba a atraparlos en la carretera un poco más!, lo bueno es que alcancé a preparar la cena, ¿tienen hambre?

Mientras escuchan todo esto, los inconfundibles pasos de su mamá se acercan, de pronto la tienen ahí, con un par de guantes de cocina en la cintura y una gran sonrisa en el rostro, las niñas están asombradas, y alcanzan a percibir que su papá está tan asombrado como ellas, Víctor se repone de la sorpresa y pregunta:

- ¿Hiciste la cena?
- ¡Claro!, ¿no me avisaste que llegarían más tarde?, ¡imaginé que tendrían hambre así que preparé todo para una buena cena!, ¿no les agrada la idea?

Padre e hijas no saben qué hacer o decir, se fueron hace una semana y si alguien les hubiera dicho que al volver iban a encontrar una bienvenida tan calurosa, se hubieran reído en cara de quien se los dijera.

Víctor se repone de su asombro de nuevo:

- Lo siento, creí que estarías terminando el proyecto del Centenario, ¿no estaba por vencer el plazo?
- ¿El proyecto del Centenario?, bueno, me apuré y envié la propuesta el jueves, el viernes lo aprobaron en una junta en la Facultad y ayer envié los archivos, mañana deberá estar terminado.

La sonrisa de Vianey es tan sincera y agradable que Víctor y sus hijas sienten que algo se revuelve en su interior, ¿qué pasó con la madre enojada, fastidiada y harta de la vida que habían dejado la semana anterior?, ¿qué la hizo cambiar así?

Al ver el desconcierto en los rostros de su marido y sus hijas, la mujer decide tomar la iniciativa, hasta ahora le ha servido bien y no tendría por qué fallar ahora…

- ¡Pero qué niñas tan serias!, ¿no piensan saludarme?, ¡Vengan, denme un abrazo!

Paty, la gemela insegura, se aferra a la pierna de su papá, sabe que Romy está pensando lo mismo, la mujer que tienen enfrente parece demasiado buena para ser Vianey, se ve igual a ella, habla como ella, camina como ella, para todo efecto práctico, es ella.

Pero algo no está del todo bien.

Romy sostiene entre sus dedos la tela del pantalón de Víctor, tiene la otra mano pegada a la boca, y la mirada fija en Vianey, sabe perfectamente que Paty piensa lo mismo, algo no parece estar del todo bien; pero esta versión cariñosa de su mamá es algo nuevo y a pesar de que resulte extraña, no es una oportunidad que deba desperdiciarse.

Con un par de pasos Romy se aleja de Víctor hacia los brazos extendidos de su mamá, Vianey cierra el brazo sobre su hija y la estrecha contra ella, Romy no puede creerlo, siente tanto amor y cariño en ese abrazo que instintivamente abraza a su mamá por el cuello y se acerca más a ella.

Eso termina con las dudas, Paty camina hacia Vianey sin soltar a su papá, cuando está por llegar a sus brazos, su mamá, sin soltar a Romy, abraza a Paty con el mismo amor y ternura con que abraza a su hermana; las niñas esperaron durante tanto tiempo que su mamá les diera una muestra de ternura que impulsivamente empiezan a besarla.

Víctor piensa que está alucinando, desde que Paty y Romy nacieron, cinco años atrás, no recuerda haber visto a Vianey abrazarlas así, empieza a convencerse que lo imposible acaba de pasar cuando sus hijas besan las mejillas de su mamá, y termina cuando su esposa lo mira y le dice:

- ¿Y tú, guapo?, ¿no piensas saludar a tu esposa?

Aunque le cueste trabajo admitirlo, él también ha esperado mucho tiempo para ver una muestra de cariño, sin embargo, él es un adulto y la misma sensación que se revolvía dentro del estómago de sus hijas revolotea en el suyo, hay algo raro, esto no está pasando, la gente no puede cambiar así.

Algo no está del todo bien.

Vianey se levanta sin soltar a sus hijas, Paty y Romy sonríen y Víctor no sabe qué hacer, su esposa se acerca, lo mira con esos hermosos y enormes ojos cafés; esa mirada cargada de amor y devoción del día en que se dijeron “te amo” por primera vez; esa misma mirada del día en que se casaron y ambos dijeron, completamente enamorados “si, acepto”; esos mismos ojos enamorados que no veía desde hacía tanto tiempo. Vianey abre ligeramente los labios cuando sonríe, Víctor no puede evitar hacer lo que siempre ha hecho cuando ve ese gesto, se acerca a ella y la besa.

Es un beso largo, apasionado y cariñoso, cargado de amor y deseo a partes iguales, uno de esos besos que sólo Vianey puede darle, por unos segundos Víctor se pierde en los labios de su esposa, cierra los ojos y se deja llevar por ese agradable mar, nada importa, sólo seguir hundido en las profundidades del beso. Al separar sus labios, se da cuenta que ella sintió lo mismo, justo como la primera vez.

No cabe duda, es Vianey y nadie más.

Pero, ¿por qué debería haber dudas?, la cuestión es: ¿qué la hizo cambiar así?

En cuanto abre los ojos, Vianey sonríe, se aferra más a sus hijas y dice:

- Mucho mejor, ahora, ¿quién tiene hambre?...

Horas después de la cena Víctor disfruta una copa de vino en la sala, Vianey subió para dormir a las niñas y él aprovechó el frío de la temporada para convencer a su esposa de encender la chimenea, para ser justos ni siquiera había tenido que convencerla, ella había dicho que era una idea excelente y muy romántica; algo que no había escuchado de sus labios en mucho tiempo.

Víctor se pierde contemplando el fuego en el hogar, encerrado en sus pensamientos, ¿cómo es que Vianey ha cambiado así?, está tan ensimismado que no se da cuenta que su esposa está recostada en el sillón junto a él y que lo abraza con ternura.

- ¿En qué piensas, mi vida?
- En nada en particular – responde Víctor- sólo en algunos pendientes que tengo que revisar mañana.
- ¿Algo que te de problemas?
- No, todo bien, los muchachos se encargaron.
- Muy bien, ¿no te cansó el viaje?
- Un poco, pero la verdad es que Paty y Romy lo hicieron muy ligero.
- Son un amor, ¿verdad?
- Son nuestras niñas, a fin de cuentas.
- Si, heredaron la alegría de su padre.
- También la tuya amor, ¿recuerdas cómo nos divertíamos cuando nos conocimos?

Vianey sonríe y suspira, Víctor no sabía que ella recordara los viejos tiempos con tanto cariño, siempre decía que él vivía en el pasado mientras que ella se adaptaba a todo, era una lástima que su forma preferida de adaptación fuera encerrarse en sí misma y atacar todo lo que no le pareciera bien.

- ¿Si lo recuerdas, verdad?

Vianey lo mira extrañada, esa expresión no se puede fingir.

- ¿Cómo no voy a recordar? – por un momento parece que la Vianey de siempre regresa, pero Víctor vuelve a sentir algo en su estómago cuando su esposa sonríe:

- Recuerdo el parque donde solíamos vernos, todo lo que platicamos ahí, con la puesta de sol frente a nosotros, era una imagen muy romántica.
- ¿En serio te parecía romántico?
- ¡Claro!

Víctor siente una punzada, la sensación se incrementa hasta hacerlo sentir náusea, el parque estaba frente a una de las avenidas más transitadas de la ciudad, muchas veces habían bromeado sobre cómo ellos eran los únicos que podían creer que era buena idea citarse y romancear en un lugar tan transitado.

- Lástima que lo hayan demolido.
- Sí, era lindo – Víctor siente miedo, pero entonces:
- Aunque sólo a ti se te ocurre invitar a tu chica a escuchar los insultos en el tráfico.

El miedo se disipa, el nudo en su garganta se disuelve y no puede evitar soltar una carcajada:

- El día que el policía creyó que estábamos haciendo algo más que besarnos.
- El día que el niño nos quiso vender chicles tres veces.
- El día que nos silbaron desde el microbús.
- Y el día de la manifestación que no vimos.
- Cuando se cayó mi helado y me regalaste la mitad del tuyo.

Víctor está asombrado, no sabía que Vianey recordara eso, su esposa lo sorprende más al dejarse llevar:

- Ese día me di cuenta que sentía algo especial por ti, nunca había conocido a un hombre tan caballeroso y tierno, entonces supe que estaba enamorada de ti.

Vianey suspira, Víctor también se deja llevar:

- Eras tan tierna y cariñosa, me escuchabas como si estuviera contándote el cuento más interesante del mundo; y me veías con esos ojos… el día del helado ni siquiera dudé para compartirte el mío, ese día supe que tú podías pedirme lo que fuera, cualquier cosa que tuviera iba a ser tuya también.

Los minutos pasan, Víctor baja la mirada y se encuentra con la mirada enamorada de Vianey, ella suspira y sonríe, pone una mano sobre el pecho de su esposo y con la otra acaricia su rostro.

- Después de todo este tiempo y todo lo que hemos pasado… ¿Sigues sintiendo lo mismo por mí?

Víctor se deja llevar por las caricias y por la mirada de su esposa, responde sin dudar:

- Claro que sí, te amo y siempre te he amado, Vi.
- Yo también te amo, Vic, y tengo algo importante que decirte.

Los músculos de su espalda se tensan, el nudo en su garganta reaparece en su estómago, la sensación regresa.

- ¿Me perdonas?

La pregunta toma por sorpresa a Víctor, quien sólo atina a preguntar:

- ¿Qué?
- Perdóname por lo mal que me he portado contigo; sé que no he sido la mejor, y eso no es justo para ti, pero te amo con todo mi corazón, así que, ¿me perdonas?

Víctor está asombrado, nunca esperó escuchar a Vianey decir eso, menos pedir disculpas por algo en lo que no creía estar equivocada, sin saber que pensar, volvió a perderse en los hermosos ojos de su esposa, y contestó:

- Claro que te perdono, Vi.

La mujer sonríe y vuelve a darle un beso como el de la tarde, sin dejar de besarlo, Vianey dice:

- Verás que todo será mejor… vamos a ser muy felices a partir de ahora…

Víctor abre los ojos y se encuentra entre los brazos de su esposa, habían hecho el amor a la luz de la chimenea, las brasas de la leña ahora iluminaban la sala con una luz tenue, hasta ese momento notó que un par de ojos no dejaban de mirarlo.

El hombre se reincorpora y nota a un lado de la chimenea al gato de la casa, el animal no le quita la mirada de encima.

- ¿Qué pasa Kimi? ¿Dónde estabas?

Por toda respuesta, el felino se acerca a Víctor, deja que su amo lo acaricie, clava la mirada en Vianey, da un maullido y vuelve a mirar a su amo.

Víctor se da cuenta que no había visto a Kimi desde que llegaron, y el gato parece desconfiar de Vianey.

La sensación olvidada regresa con fuerza.


La oscuridad invade la casa, no se escucha más que jadeos, ha estado recargada contra la pared, desnuda, durante más de cuatro horas, está aterrada.

El día había comenzado como cualquiera, se despertó, tomó la laptop, y leyó las noticias mientras tomaba el desayuno en la cocina, hizo un par de llamadas y esperó el paquete.

Su respiración se calma, la falta de luz, a pesar de aumentar su miedo, también oculta lo que tiene enfrente, conforme las horas pasan, se tranquiliza más y más.

A mediodía todo está listo, sus efectos personales están en una maleta, su ropa está empacada dentro del auto; la mensajería llega puntual y la caja queda a mitad de la estancia, frente a la entrada.

La oscuridad se hace más densa, ella sigue concentrada en el brillo que acaba de observar, la laptop acaba de caer sobre la alfombra.

A las tres de la tarde Vianey se concentra en redactar la nota, es miércoles, así que pasarán al menos otros cuatro días antes de que Víctor y sus hijas regresen, ella no piensa estar allí para recibirlos.

“Querido Víctor:

Sé que pretenderás que esta decisión te toma por sorpresa y que no es lo que  deseas desde hace años.

Siempre fui clara contigo sobre lo que quiero, tú siempre has sido muy claro en no dejar que mis necesidades se interpusieran en tu vida.

Me voy, puedes contactarme a través de mi mamá o mi hermana si necesitas algo, pero espero de todo corazón que no tomes ese camino y puedas continuar solo.

Ya no puedo ni quiero llevar esta carga, lamento tener que llegar tan lejos, por las niñas; explícales lo que pasó cuando lo creas necesario, espero que puedan seguir adelante.

Te dejo un regalo, algo que podrá sustituirme tomando en cuenta lo que siempre has esperado de las mujeres, tus ideales y necesidades quedarán cubiertos con eso.”

Ella sigue sollozando, tiene miedo de moverse y también de quedarse quieta, la laptop cambia el protector de pantalla justo entonces.

Su mirada se clava en una foto de Víctor y las niñas.

Su conciencia sobrepasa el miedo, ahora sabe qué hará, es lo correcto.

Afortunadamente, hay tiempo aún.

Nada ha cambiado cuando el sol ilumina la mañana del jueves, la caja sigue frente a la entrada; el auto sigue estacionado con los faros apuntando hacia la salida; la ropa de Vianey sigue empacada dentro; su gato sigue dormido en un sillón de la sala.

Su laptop despliega archivo tras archivo, toda su vida y recuerdos pasan frente a ella, al observar toda la felicidad que ha despreciado se convence que ha tomado la decisión correcta, cuando termina el calor del sol calienta su espalda, la sensación es estimulante, es hora de trabajar.

Los mensajeros vuelven a visitar la casa, esta vez dejan los paquetes en la puerta de la casa conforme a lo que les piden por el intercomunicador.

Cuando la noche regresa a la casa la caja ha desaparecido, el auto está en su lugar, su contenido está otra vez donde debe, el procesador de basura se hizo cargo de las cajas, logró terminar antes de las seis y enviar la propuesta del libro que tenía pendiente, luego de recorrer la casa y asegurarse que todo estaba en orden, se relajó por fin y repasó de nuevo los archivos que había visto en la mañana.

A las ocho de la noche, un mensaje: le pedían que fuera al día siguiente a una reunión en la Facultad para discutir el proyecto, por un momento pensó que había hecho algo mal, pero el resto del correo dejaba ver que estaban encantados con su trabajo, irónicamente.

Luego de contestar una sombra se movió entre las vigas del techo, asustada, clavó la mirada sobre el punto y sus ojos se encontraron con los del gato, que la miraba lleno de desconfianza y aprehensión.


La reunión entre el Director de la Facultad, el Jefe de Diseño, la Coordinadora de Publicaciones, sus respectivos equipos y Vianey para discutir la propuesta del libro terminó grabada en la mente de todos.

Al principio todos los presentes (y de verdad me refiero a todos), tenían una extraña sensación, hacía sólo quince días que habían visto a Vianey pero ese día había algo fuera de lugar con ella; no podía ser su apariencia, ya que era la misma de siempre; no podía ser su trabajo, ya que era igual de bueno; pero había algo, que nadie podía definir, pero que todos sabían que estaba ahí.

Ella se percató de la situación, las miradas de reojo y los cuchicheos, todos se concentraban en ella y en encontrar qué era lo que los hacía sentirse así.

Entonces decidió ir por todas, hasta ese momento había respondido a los presentes con frases cortas, así que se soltó y mostró su verdadera personalidad.

Eso fue lo que encajó la reunión en la memoria colectiva de la oficina, para ellos ése era el elemento inquietante sobre Vianey: sus palabras, sus expresiones y sus gestos habían dado un giro, todos la recordaban irritable, tímida, agresiva y a veces insoportable; ahora era extrovertida, carismática, amable y hasta cariñosa, nadie podía creerlo, pero todos aceptaron que era eso lo que los había incomodado.

Nunca llegaron a saber que la experiencia que sólo compartieron al principio de la reunión es un concepto que tiene décadas; la curiosa forma en que funciona la mente hizo que prefirieran la explicación simple a la posibilidad siniestra: ellos notaron algo inquietante en Vianey desde el momento en que la vieron, no cuando empezó a soltarse. Su nueva y agradable personalidad hizo que pasaran por alto la sensación de inquietud y asumieran que su carácter era lo que había provocado su reacción inicial.

Un investigador habría encontrado muy interesante todo esto, ellos debieron darse cuenta de lo que pasaba también, en las semanas previas habían escuchado la descripción de lo que sintieron esa mañana de viernes cientos de veces: se llamaba Uncanny Valley Effect o “Valle Inquietante” en su pésima traducción al español y era la sensación de rechazo e inquietud que la Corporación Matriz trataba de evitar con su nuevo producto, androides llamados Satisfaction Maidens, lo más nuevo en juguetes sexuales.

Vianey, un ser humano común y corriente que habían visto cientos, si no es que miles de veces, acababa de provocarles una sensación de rechazo que sólo deberían provocar los androides humanizados.

Eso es el Uncanny Valley Effect.


La misma sensación invadió a Víctor y a sus hijas un par de días, la teoría dicta que en ese plazo debieron darse cuenta que había algo mal y rechazar a Vianey, pero pasó lo mismo que en la Universidad: la nueva, dulce y amorosa versión hacía que sus dudas quedaran a un lado y creyeran que la sensación era irracional.

Si se ve como ella, habla y camina como ella, escribe y grita como ella, besa y abraza como ella… tiene que ser ella.

Además, había tantos en su círculo que siempre esperaron un poco más de cariño, reconocimiento, amor y respeto que el que Vianey solía dar, que pronto decidieron que esta nueva faceta era la verdadera y el resto del mundo se podía ir al diablo por lo que a ellos concernía.

El mundo entero parecía aceptar a la nueva e inquietante Vianey, aunque alguien muy cercano no daba su brazo a torcer.

Para Kimi todos habían enloquecido, era tan evidente que ella no era Vianey que no dejaba de asombrarlo el cariño y amor que sus humanos le daban, él no se había dejado convencer.

Empezaba a inclinarse por aceptar la situación, sin embargo, para reintegrarse a la manada, al final, Lo-Que-Sea era agradable y cariñosa, sabía que no podía traicionar a Vianey, pero a fin de cuentas era un animal y había necesidades que no podía cubrir en soledad.

Después de despedir a Víctor y a las niñas y recordarle a su esposo la cena que tenían programada esa noche, regresa a la casa, entra a la sala y se topa de frente con Kimi, el gato le ha negado su atención y la ha visto con desconfianza desde aquél día, ella sabe que el gato conoce el secreto, el gato sabe que ella no es lo que dice ser.

- ¿Ya vas a hacer las paces conmigo?

Kimi maúlla, ella no sabe si está aceptando o diciéndole que se siente, se deja caer en el sillón y empieza a hablar, tiene tanto que decir que necesita dejarlo salir:

- Supongo que no merezco tu confianza, después de todo lo que pasó… ¿Pero qué se supone que iba a hacer?, tú viste cómo se burlaba cuando escribía la nota; su maldita risa, tan malvada y fría; saber que estaba dispuesta a destrozar la vida de alguien tan lindo y cariñoso como Víctor; que estaba dispuesta a dañar a sus propias hijas, que no sienten otra cosa más que amor por ella; cómo se burló de mí cuando le pregunté si estaba dispuesta a hacer tanto daño por egoísmo.

El gato no responde, sigue con los ojos fijos en ella:

- Ella era un asco, pero no creas que no lo lamento; no pasa un minuto sin que piense en eso y deseé cambiarlo.

Por toda respuesta, Kimi se acerca y se deja acariciar.

Los minutos pasan, el gato ha decidido aceptar lo inevitable y adoptar a esta cosa como uno más de sus humanos, a fin de cuentas, ¿qué habría de bueno en que se supiera la verdad?

De pronto el gato salta y camina hacia la estancia, ella va tras él y lo ve dirigirse hacia el armario bajo la escalera, es una fortuna que Víctor no haya entrado y que las niñas no hayan pasado cerca de ahí, el gato se sienta, ella suspira y con una mirada cargada de tristeza abre la puerta de par en par.

- Lo sé, tenemos que encargarnos de esto, hay sierras en el garaje, estoy segura.


Ahí, desde el fondo del armario y dentro de la caja en que ella llegó, los ojos vacíos de Vianey los miran sin expresión.