jueves, 1 de noviembre de 2018

Nunca cambies


Viernes, 28 de agosto.

Otro día gris, la lluvia inunda la Ciudad de los Palacios desde la madrugada, el tráfico es apocalíptico, todo está empapado y las calles están convertidas en ríos, la gente se cuelga de los autobuses, de las cajas de los tractocamiones, de los trolebuses y de donde se pueda con tal de llegar a casa y ponerse a cubierto lo más pronto posible.

En medio del caos, Miguel Ríos, un joven contador de 28 años, viene caminando sobre la acera al lado de uno de los grandes ríos de la Ciudad, está empapado hasta los huesos, no siente los dedos de los pies, sus manos están heladas y se aferran al paraguas que lo protege de la lluvia, pequeñas cascadas corren desde el armazón de sus anteojos hasta sus hombros, de sus hombros hacia sus codos, de sus codos a sus piernas y de sus rodillas al piso, su ropa no puede absorber más agua.

A dos cuadras de su casa, una avenida con camellón está convertida en un río salvaje, Miguel mira la corriente mientras piensa que falta poco para llegar, si logro cruzar este río, sin importar lo que pase, podré llegar a casa, tengo que seguir y avanzar.

Haciendo gala de una agilidad que no tiene, se las arregla para cruzar la primera parte de la calle sobre un tope, evade un par de autos y alcanza la seguridad del camellón ante la mirada incrédula de varios caminantes, sólo le falta la mitad oriente para superar la prueba.

Entonces se detiene. Se queda parado.

Los pobres diablos que esperan a tener su suerte e intentar cruzar lo observan sin poder creerlo, ya sólo le falta un pequeño esfuerzo para pasar, ¿qué diablos lo detiene?

Miguel sigue con las manos heladas, sigue sin sentir los dedos de los pies, sigue recibiendo agua helada y aumentando el riesgo de sufrir una pulmonía, pero todos sus sentidos, toda la capacidad de su mente, está fija en un punto frente a él.

A menos de veinte metros, sobre el camellón y en medio de los árboles, una mujer joven, con cabello corto, rubia y de ojos azules, alta, poseedora de un cuerpo escultural, baila y parece disfrutar de la tormenta que sigue inundando La Metrópoli.

Miguel no lo entiende, la mujer está igual de empapada que el resto de almas perdidas que tienen que caminar hacia sus casas en un clima que haría que Stanley abandonara la búsqueda de Livingston, sin embargo, no parece importarle, la chica parece estar feliz con su situación actual.

La gente sigue caminando, ellos tampoco entienden por qué Miguel está parado, pero no tienen intenciones de detenerse a averiguarlo, ninguno ve a la mujer, cuya presencia les importa menos todavía que la del joven contador en el camellón.

Impulsado por algo que después describiría como “no-sé-qué”, Miguel se acercó a la mujer.

- ¿Disculpa?

La chica lo miró asustada, por un segundo creyó ver pánico en su mirada, pero resultó que solamente la tomó por sorpresa que alguien se detuviera a su lado en medio de la tormenta, la sorpresa apenas la dejó hablar:

- ¿Sí?
- Lo siento, quizás pienses que estoy molestando, pero ¿te sientes bien?

La chica lo miró pensativa, como si nunca hubiera escuchado una voz humana, Miguel no pudo recordar cuándo había sido la última vez que vio una mirada tan inocente, ella sonrió y respondió:

- La verdad no sé, nunca me habían preguntado eso antes.

Miguel queda atrapado por la sonrisa, piensa en invitarla a tomar algo, en llevarla a cenar, en seguir viendo ese rostro angelical.

- ¿No tienes frío?
- Si, aunque tenía tanto tiempo sin salir que apenas acabo de darme cuenta, creo que sólo estaba disfrutando la lluvia.
- ¿No quieres tomar algo?

La mirada de la mujer se ilumina, vuelve a sonreír mientras mira a Miguel.

- ¡Sí!, ¿te gusta el café?
- ¿A quién no?, ven, te invito uno.

Un par de horas después, la noche cerrada cubre de oscuridad los rincones de la Ciudad, la lluvia terminó hace rato, e incluso la ropa de Miguel y Micaela ya está seca, durante todo ese tiempo han estado platicando en un café frente al camellón donde se encontraron, se les quitó el frío y la conversación los hizo olvidar todo lo que pasaba alrededor.

Había algo extraño en la chica, eso ni dudarlo, Miguel no podía señalar exactamente qué, parecía estar fuera de lugar en una ciudad como ésta, quizás sólo era excéntrica, o quizás sólo estaba un poco loca, aunque pensándolo bien, ¿no lo estamos todos?

Micaela interrumpió sus reflexiones:

- Oye, ¿vives cerca de aquí?
- A dos cuadras nomás, ¿y tú?
- No, de hecho, creo que estoy demasiado lejos de casa para alcanzar a llegar hoy, ¿crees que puedas darme asilo, al menos por esta noche?
- Pues no abunda el espacio en mi casa, pero no creo que haya problemas para acomodarnos.

Micaela lo mira a los ojos, Miguel siente un calor tibio y acogedor que recorre su cuerpo, sin dejar de sonreír, la chica contestó:

- Mi querido Miguel, estoy segura que eso no va a ser un problema.

Viernes, 05 de octubre

- Aquello era como estar enamorado de un monumento o de una obra de arte.
- ¿A qué te refieres?
- No tenía principio ni fin, desbordaba los límites que quisieras imponerle, de origen incierto y propósitos múltiples; única y especial como sólo el arte puede serlo; con más corazón y alma que todos nosotros juntos, alguien cuya ausencia se nota, en un mundo plagado de prescindibles; de esas personas que les duelen todas las injusticias, de esos corazones que laten al ritmo del mar, del viento, de la tierra mojada; alguien cuya fuerza y presencia hacen que el suelo baile bajo tus pies, como en los terremotos.
- ¿Tan grave está la cosa?
- Peor, porque lo único que puede describirla bien ya que la conociste, es contar los detalles del vacío que te dejó su ausencia.

El silencio se impone luego del dramático final de la historia, Martín, Gonzalo y Javier, los mejores amigos de Miguel, lo escuchan impresionados, no se han movido de sus lugares, contienen la respiración para escuchar mejor, no prestan atención al bar que los rodea y a su ambiente de viernes.

- ¿Y cuánto duraron juntos?
- Cinco años.
- ¿Y cuándo dices que se fue?
- Hace dos semanas.
- ¿Te dejó por otro?
- Pues… quién sabe.
- ¿Cómo no vas a saber, Miguel? ¡No mames!
- Es la verdad, hace quince días exactos, llegué a casa del trabajo y no la encontré.
- Pero imagino que se llevó todas sus chingaderas, ¿o no?

Miguel suspira, ha tratado de deshacerse de las pertenencias de Micaela desde ese día, todas las mañanas se levanta con la firme intención de tirar todo a la basura, y todas las noches lo encuentran abrazando alguna prenda, envuelto en una manta, cobijado por algún recuerdo, y todas las cosas intactas.

- No, y esa es la parte más rara de todo.
- ¿Qué va a tener de raro? ¡Simplemente le valió madre, güey!
- No lo sé…
- ¿Qué no sabes? ¡Es obvio, cabrón!

Miguel mira el vodka que tiene enfrente, se lo toma de un trago y sentencia la plática:

- Quizás, aunque la verdad, nada cuadra.

Sábado, 06 de octubre.

Un auto negro viaja hacia el sur de la ciudad, lo escoltan dos patrullas y dos camionetas negras, en el asiento trasero, un hombre vestido con un traje negro lee el archivo de Micaela en su tableta, la Organización la detuvo por primera vez cinco años antes, después de cientos de reportes y años de investigación, sin embargo, durante el tiempo que pasó en Contención no pudieron averiguar nada sobre su naturaleza.

Los reportes que revisa son variados: algunos aterradores, otros francamente ridículos; una de sus víctimas estaba en el psiquiátrico, internado de por vida; otro le había escrito poemas que lo convirtieron en poeta maldito; otro dirigió una película inspirada en ella y ahora tenía un Oscar al lado de la cama; otro más quedó en la pobreza mientras otro vivía de los millones que ganó con la pintura que le dedicó.

Micaela era, sin duda, el ente más extraño que había capturado la Organización en México.

Su teléfono empieza a sonar, el hombre contesta:

- ¿Ya la tienen?
- Si, estamos rodeando el lugar
- Excelente, llegaremos tan rápido como podamos.
- Si señor, ¿quiere que intentemos…?
- ¡No! escúcheme bien, si sus hombres tratan de detenerla antes de que lleguemos, van a terminar muertos, ¿entiende?
- Señor, con todo respeto, es sólo una mujer, mis hombres…
- ¡NO!, ¡si tratan de atraparla van a morir!, escúcheme: ella no es débil ni está indefensa, tiene tanta fuerza y es tan poderosa que puede despedazar a todo su equipo, ¡NO INTENTEN DETENERLA!, ¿entendió esta vez, Capitán?

Después de un silencio incrédulo, el Capitán responde:

- Está bien, Agente, tenemos el perímetro asegurado y esperamos su llegada.
- Muchas gracias.

El Capitán nunca había visto tantas precauciones por una mujer ordinaria, pero sus años de experiencia le recomendaban obedecer primero y preguntar después.

Claro que no había forma en que alguien de su nivel supiera que esta mujer no es ordinaria.

Minutos después, el Agente llega con el equipo especial, el Capitán y sus hombres continúan vigilando a la chica.

- ¿Qué tenemos, Capitán?
- El Objetivo está en el tercer piso, frente a la ventana de la derecha Agente, casi no hay testigos ni posibilidad de bajas.
- ¿Cómo que “casi”? el perímetro tendría que estar libre en 300 metros a la redonda.
- Lo sé señor, pero no podemos retirar el auto que está en la esquina frente al edificio, hay alguien dormido adentro y decidimos cubrir el vehículo para no provocar una reacción de pánico del ocupante.
- Bueno, no es muy ortodoxo, pero estuvo bien pensado.

Un miembro del equipo especial se acerca a ambos.

- Señor, el equipo está listo.
- Muy bien, Coronel, a mi señal, entran al departamento y aseguran al Objetivo.

Los minutos pasan, la tensión empieza a recorrer los músculos y los nervios de los hombres que vigilan el edificio, dos de ellos apuntan con rifles de alto poder a la chica, que sigue frente a la ventana, viendo hacia la esquina de enfrente.

Micaela

El sol calienta su piel, el viento refresca sus ojos, puede sentir la brisa que la envuelve, una sensación tibia y agradable la invade y hace que se sienta en paz, equilibrada y feliz.

Siempre siente lo mismo cuando ve a Miguel.

Desde la ventana del tercer piso, dentro del departamento en el que pasó los cinco años más felices de su existencia, Micaela observa a Miguel dormido dentro del auto, lo vio cuando estaba por escapar y dejar atrás para siempre a la Organización y sus estupideces, había guardado lo más valioso que tenía en una maleta, iba a ser libre al fin.

Y entonces lo vio.

Gonzalo y Martín estacionaron el viejo Mercedes frente al edificio, ayudaron a Miguel, que estaba cantando al borde del llanto, a recostarse dentro del auto y lo dejaron ahí.

Micaela sabía que tenía que salir volando del departamento o la Organización la alcanzaría, pero ver a Miguel de nuevo, luego de quince días de soledad, revivió ese calor tan agradable que sentía cuando estaba con él.

Entonces se dio cuenta, si iba a ser libre, solo quería serlo si Miguel estaba con ella.

¿Qué caso tendría si no?

¿De qué te sirve disfrutar el sol, la lluvia, el viento y la tierra si no puedes compartirlo?

¿De qué sirve vagar sin rumbo, si nunca tienes un hogar al cual llegar?

- Podrás volar tan lejos como quieras, pero no es divertido si él no está ahí para que lo cubras con tus alas.

La reflexión la tomó por sorpresa, habló sin darse cuenta y supo que era verdad.

Entonces se fijó en el láser rojo que atravesaba el polvo del departamento e iba a parar en su frente, observó a su alrededor y se dio cuenta que la Organización estaba ahí, lista para lanzarse sobre ella y encerrarla de nuevo en esa maldita jaula.

El Agente estaba al lado del Mercedes, el Coronel a su lado dando órdenes sin quitarle la vista de encima, estaban muy cerca de Miguel, y Micaela sabía muy bien que la Organización no se detiene ante nada, si el Agente necesitaba ejecutar a Miguel para capturarla de nuevo, lo haría sin dudar.

Si se le ocurre hacer eso, lo voy a volar en pedazos.

Micaela se asustó, no estaba acostumbrada, no podía contener sus sentimientos, pero rara vez había sentido los dos más poderosos en su interior, sólo sabía que si aquellos a los que odiaba se atrevían a dañar a quien ella amaba, iba a enseñarles de lo que era capaz.

Miguel

Abrió los ojos justo cuando el sol empezaba a calentar el interior del coche, tenía la boca seca, le dolían los brazos y las piernas, los músculos del cuello estaban tensos, tenía los ojos irritados y además jaqueca, sin embargo, lo que robó su atención fue la persona que estaba a su izquierda y el cañón del revólver que apuntaba a su cabeza.

Su mente pasó del estado posterior al sueño a la alarma total en un segundo, se dio cuenta que el grito que escuchaba dentro de su sueño lo había seguido, era la voz de Micaela.

- ¡MIGUEL!

En cuanto la vio, dejó de preocuparse por la situación, el mundo se detuvo, el viento pareció ir más lento, el calor se convirtió en una sensación tibia y agradable, que por un segundo lo hizo sentir en paz y a salvo.

Hasta que recordó que entre Micaela y él había un tipo de traje negro, que le apuntaba a través de la ventana.

- ¡MIGUEL!

Bajó la ventanilla, el tipo de negro habló:

- No hagas idioteces, Miguel, si eres tan amable.
- ¡MI AMOR!
- ¡Aquí estoy, Mic!

Pudo sentir como la atmósfera se relajaba, casi pudo escuchar cómo Micaela suspiraba.

El hombre de negro habló de nuevo:

- ¡Tranquila, Micaela!, ¡si te entregas ahora, sin pelear, dejaré ir a Miguel!
- ¡Déjame verlo!

El tipo se movió hacia el frente del auto sin dejar de apuntarle, Micaela se cubrió los ojos para poder verlo.

- ¿Qué demonios está pasando, Mic?
- Lo siento amor, creo que no he sido cien por ciento honesta contigo.
- ¿Neta?, ¡no me había dado cuenta!

A pesar de la situación, ambos sonrieron, Miguel siempre se las arreglaba para hacerla reír, y él trataba de hacerla reír siempre que podía.

- Lo siento, amor. Estos tipos me están buscando, creen que soy peligrosa y vienen por mí.
- Ni lo pienses, Mic.
- Amor, te van a matar.
- Ya te dije que ni pensarlo.
- No puedo dejar que te hagan daño, no me lo perdonaría.

La tristeza en los ojos de Micaela no tenía igual, Miguel no puede recordar cuándo fue la última vez que vio una mirada tan triste y al mismo tiempo tan relajada y calmada, recordó el día en que se conocieron, supo, sin pensarlo, que ella era la única mujer para él.

- No pienso perderte, Mic.
- Nunca vas a perderme, amor, siempre estaré contigo.
- ¿En persona?, porque no pienso aceptar menos que eso.

El Agente preparó el arma, Miguel no se movió, Micaela lo miró directo a los ojos.

- No quiero que te hagan daño.
- Mic, si el Agente K me dispara me tiene sin cuidado, no quiero perderte de nuevo, estos quince días han sido los peores de mi vida.
- ¿De verdad?
- Lo juro, antes de conocerte sentía que al mundo le faltaba algo, los últimos quince días no sólo le faltaba algo… le faltaba todo.

Micaela sonrió

- No te creo.
- Te lo juro por Madonna, Mic.

El Agente acercó el revólver a la sien de Miguel.

- ¿Tienes que entregarte Micaela!
- ¿Amor?
- Dime, Mic.
- ¿De verdad quieres estar conmigo para siempre?

Por toda respuesta, Miguel miró al Agente y le dijo:

- Hermano, si pretendes llevártela y encerrarla en Dios sabe dónde, lo vas a tener que hacer sobre mi cadáver.

El Agente se preparó para jalar el gatillo, pero Micaela empezó a reír y ambos la miraron.

- ¿Estás seguro de eso?
- Totalmente, Mic.
- Si salimos de esta, ¿prometes perdonarme por lo que pasó?
- Mic, te perdoné desde que escuché tu voz, desde el momento en que te vi y desde antes que me despertaras.

Micaela sonrió y Miguel supo que todo iba a estar bien.

El Capitán

Las balas habían dejado de pasar sobre su cabeza, todo estaba calmado.

Los francotiradores se habían disparado mutuamente, una bala atravesó los ojos de ambos; el Coronel y el Agente habían vaciado los cargadores de sus armas en el otro, los dos equipos de la Organización se dispararon entre sí.

El Capitán había sobrevivido sólo por una razón: él era el número impar del grupo, se tiró al suelo en cuanto comenzaron los disparos, y como no había quién lo matara, la fuerza que salió de Micaela y desató el infierno lo había evitado.

Frente a él, un espacio vacío marcaba el lugar donde el Mercedes había estado estacionado, de donde partió con dos ocupantes para no volver a ser visto.

lunes, 11 de junio de 2018

La Entrevista

1. 

- ¿Sabe a lo que se está enfrentando?

El director me mira, severo, está esperando que me asuste y desista, pero esta historia es muy buena para dejarla ir.

- Claro que sé a lo que me enfrento doctor, esta no es mi primera entrevista.
- No me venga con eso, lo conozco muy bien y sé el tipo de trabajo que realiza, esto no se parece a nada que haya hecho antes.
- Lo dudo, ya he hablado con psicópatas antes…
- Ahí es donde se equivoca, Moreno; Emilio no es psicópata, ni sociópata, ni atraviesa por ningún tipo de enfermedad crónica; es cierto, tuvo alucinaciones y un brote sicótico… pero él no está loco, al menos no en el sentido en que usted lo interpreta.

El silencio se mete entre los dos, los minutos pasan y yo no me muevo, simplemente sostengo la mirada severa del director, dándole a entender que no voy a ceder, ni voy a desistir de mi petición.

- Está bien, no diga que no se lo advertí.
- Anotado queda, doctor, pase lo que pase usted podrá zafarse sin problemas.
- No se trata de eso, no sea estúpido… simplemente no quiero poner en riesgo a nadie, ni a Emilio ni a usted.
- Lo tendré en cuenta, no dejaré que su locura se me contagie.

El director me mira exasperado, si no tuviera tanta experiencia, creería que actúa como si supiera algo que yo no.

- Está bien, supongo que es inevitable ahora que sus jefes presionaron para que se concediera esta entrevista… ¿me acompaña, señor Moreno?

El director camina a lo largo del pasillo, dejamos atrás el pabellón de los enfermos comunes, la caminata termina en una puerta enorme, de doble hoja, por la cual entra un torrente de luz proveniente del patio.

Ahí, a la luz del sol, abandonado y exiliado del mundo, Emilio pinta varios cuadros al día, el director me lleva hasta una mesa, donde me quedo esperando a que se haga la presentación formal.

- ¿Emilio?

No se nota perturbado, solamente levanta la mirada del dibujo que está haciendo y mira al director, un escalofrío recorre su cuerpo, puedo notarlo de inmediato.

- ¿Sí?
- Mira, te presento a Fernando Moreno, es un reportero…
- Si, he oído de él antes, ¿es entrevistador, cierto?

Aprovecho el pie para meterme en la conversación, y de paso ver si me deshago del director.

- El mismo, a tus órdenes, Emilio.
- Mucho gusto, señor Moreno.

El director mira a mi espalda, su fiel gorila, un guardia de casi dos metros, asiente con la cabeza, el doctor se levanta y dice:

- Bueno, los dejo entonces para que hablen tranquilamente.

Emilio baja la mirada y concluye un par de líneas en su dibujo, yo me siento frente a él y lo miro fijamente, esperando que de señales de que se está concentrando en la entrevista.

- Dígame, señor Moreno ¿le gustan las flores?

Y así empieza mi entrevista con el criminal más famoso de la última década, el hombre que quemó viva a su novia, la mutiló y luego de matarla siguió atacando el cadáver porque insistía en que todavía estaba viva e iba a regresar por él.

- No soy un hombre de flores, Emilio, ¿a ti te gustan?
- Desde que estoy aquí son lo único que alegra mi día, por eso el director me deja aquí.

El silencio pasa entre ambos, por un momento pienso que se ha olvidado de mí y volvió a encerrarse en su mundo, pero Emilio levanta la vista y me mira:

- Supongo que ha venido a entrevistarme, ¿no es así?
- Así es, Emilio, mi editor me encargó que viniera a hablar contigo.
- Muy bien, ¿qué es lo que quieren saber ahora?

Su mirada es penetrante y cansada, se nota que está harto de repetir la misma historia una y otra vez, empiezo a entender porqué el director siente escalofríos al verlo, pero claro, yo no soy un simple siquiatra, así que saco mi grabadora y me lanzo a lo desconocido:

- ¿Porqué no me cuentas qué fue lo que viviste?

2.

Aquél era un viernes como cualquiera, iba a ser fin de semana largo, salí del departamento después de cumplir con mi pelea diaria con Daniela, subí a mi auto y me largué a la oficina, iba atorado en el tráfico cuando empezó la pesadilla.

Tengo un viejo Golf, ya sabes, un GTI de hace dos o tres generaciones, es de esos autos que te da pequeños consejos en la pantalla, por ejemplo: “cambiar de velocidad a bajas revoluciones ahorra gasolina”, ya sabes, datos inútiles y consejos de ahorro.

Ese viernes, mientras escuchaba la radio, vi que en la pantalla aparecía: “Vas a morir” entre los mensajes, pensé que había visto mal, y al fijarme de nuevo el mensaje era diferente.

No sé por qué, empecé a sentir mucho miedo.

Cuando me bajé del auto en el estacionamiento de mi oficina, empecé a pensar en Daniela.

Llegué a mi cubículo y sentí vibrar mi celular, era el tradicional mensaje de disculpas, que por alguna razón me hizo sentir un escalofrío gélido.

Contesté el mensaje, desayuné y empecé a trabajar, a las 12 de la mañana, dos compañeros fueron a invitarme al festejo del cumpleaños de uno de los gerentes, les dije que iría y miré de nuevo mi computadora, los títulos de los correos habían cambiado, decían cosas como “muerte”, “mutilación”, “desmembrar”, etc. todas las letras estaban en rojo.

No podía creer lo que veía, cerré los ojos por miedo y cuando volví a abrirlos todo era normal.

Volví a pensar en Daniela, sin saber por qué.

A las 4 de la tarde llegamos al bar en el que íbamos a festejar al gerente, estuve platicando, tomando algunos tragos y bailando con algunas de mis compañeras, eran casi las 10 de la noche cuando cometí la estupidez de ir al baño.

Entré, fui hacia los mingitorios y oriné, escuchaba golpes rítmicos en el metal de las puertas de los excusados, así que asumí que una pareja estaría teniendo sexo, les grité para que hicieran menos ruido para evitar que los descubrieran, y empecé a lavarme las manos en el lavabo.

Estaba a punto de secarme las manos cuando escuché un golpe y vi como las puertas de los excusados quedaban abiertas.

Estaban vacías.

Completamente vacías.

Sin parejas, sin ocupantes, sin alguien subido en la taza jugando bromas estúpidas.

Nada.

Entonces se abrieron las llaves del agua, el lavabo tenía la salida cerrada y empezó a llenarse.

Estaba aterrado, paralizado por el miedo, miraba las llaves y el agua acumulada como un perfecto estúpido, entonces sentí un par de manos, delicadas, delgadas y femeninas, sobre mis hombros.

Miré el espejo y vi un rostro femenino, pálido, con los ojos vacíos, que me miraba fijamente y sonreía, tenía el cabello mojado y pegado a las mejillas, la boca y los párpados se notaban enrojecidos, irritados, el centro de las pupilas, que debía ser negro, era blanco por completo.

No tuve tiempo de gritar, ni de sentir pánico, ni de paralizarme como en las películas, con una fuerza sobrehumana, la mujer me empujó hacia el lavabo desbordante de agua.

Por unos segundos no entendí qué pasaba, podía escuchar una risotada mientras veía pasar burbujas frente a mis ojos, cerré los párpados y cuando los abrí de nuevo mi visión se nubló, no por la falta de aire, sino por el agua de la llave, traté de gritar, levanté los brazos y toqué las manos de aquella espantosa mujer, se sentían heladas, como tocar hielo seco.

Empecé a luchar con más fuerza cuando me di cuenta que no podía respirar y las burbujas que había visto era el aire escapando de mis pulmones, tiré patadas y sentí como las suelas de mis botas golpeaban huesos que en un par de ocasiones crujieron, pude torcer uno de sus dedos (el meñique de la izquierda, creo) y sentí cómo se estrellaba dentro de mi puño, sin embargo, la mujer no me soltó.

Empecé a escuchar un desmadre fuera del baño, grité como pude y sentí como la mujer me levantaba y me empujaba de nuevo hacia el lavabo, parecía que quería golpearme contra la llave y dejarme inconsciente, luché y me resistí pero aún así seguía debajo del agua, empecé a sentir que mis pies resbalaban en el suelo y concluí que no me quedaba mucho tiempo, fue entonces que recordé que la puerta estaba cerca de los lavabos, quizás si lograba patear el pomo de la puerta los que estaban afuera podrían entrar.

Tomé impulso y solté una patada alta que alcanzó la cerradura, las manos no dejaban de empujarme hacia el agua y yo escuchaba cada vez más alboroto, volví a patear y escuché cómo el marco de la puerta tronaba, entonces una pierna congelada se recargó sobre mi rodilla e inmovilizó mi pierna.

Entré en pánico, supe que era mi fin, pero entonces me di cuenta que mis brazos estaban libres, levanté el brazo derecho y solté un golpe a las costillas de la mujer, pude sentir cómo cedían, ella se resbaló y sin pensarlo, lancé la pierna hacia la puerta y reventé la cerradura.

Escuché gritos, reclamos, voces y me di cuenta que no sentía ningún peso sobre los hombros, un par de manos femeninas me tomaron por la espalda, pero esta vez eran las de Mariana, podía ver su rostro preocupado en el espejo cuando me ayudó a incorporarme.

Entre varios, me sacaron del bar a la calle.

Dicen que grité, que maldije a un “espantajo de mujer” y que exigía que la detuvieran.

Yo sólo recuerdo los brazos de Mariana rodeando mis hombros.

Me dejaron sentado en una banca sobre el camellón frente al bar, mis compañeros y amigos discutían con meseros y encargados, al final, un amigo y mi jefe convencieron al gerente del restaurante de que no había manera en que me hubiera provocado las heridas que tenía en la espalda, y que era estúpido pensar que quise suicidarme ahogándome como lo hice, lo que me lanzó al borde de la locura fue escuchar a mi jefe decir:

- Que no hubiera nadie con él cuando entramos no quiere decir que no lo hayan atacado como él dice.

A partir de ahí, todo fue mecánico y no lo recuerdo muy bien, dicen que le dije a Mariana: “fue un error haber preferido a Daniela”, dicen que abrí el maletero del Golf y saqué un bate y una navaja, dicen que salí de ahí quemando llanta.

Los vecinos dicen que llegué con el motor apagado, aprovechando la bajada de la calle y que dejé el auto atravesado, dicen que entré con sigilo, aferrando en una mano el bate y en otra un crucifijo, dicen que me acerqué a la puerta del departamento que compartí con Daniela por 10 meses rezando el Padre Nuestro.

Dicen que abrí con mucha calma, dicen que grité al entrar, dicen que destrocé la puerta y entré gritando como salvaje, dicen que no encendí la luz y empecé a soltar golpes, dicen que los golpes empezaron cuando prendí la luz, dicen que sólo gritaba, dicen que más bien rezaba, dicen que decía incoherencias, dicen que pregunté porqué y que dije que dejarnos era más fácil que lo que había pasado, dicen que primero hablé y luego la ataqué, dicen que primero le rompí el cráneo con el bate y luego hablé.

Yo sólo recuerdo que, al abrir la puerta del departamento, la perilla estaba helada; recuerdo haber visto mi aliento condensado al entrar y caminar hacia la sala; recuerdo que al encender la luz el color rojo quedó grabado con fuego dentro de mi cerebro; también recuerdo que supe que Daniela no había salido del departamento en todo el día.

Pero lo que me aterró, lo que arrancó gran parte de aquella noche de mi memoria, fue lo que estaba en el sillón de la sala, ahí, bajo una cobija y con una de mis camisas sucias puesta, estaba la mujer de la sonrisa macabra, la de los ojos blancos, el espantajo pálido de párpados enrojecidos que casi me había asesinado en el bar hacía menos de una hora.

Estaba tan aterrado que solté un batazo sin pensarlo, pensé que le iba a partir la cabeza en dos, pero lo que ocurrió fue que se despertó y empezó a hablar, las cosas que me dijo me sacaron de quicio y entonces empecé a golpear y a acuchillar a la mujer aquélla hasta que dejé de escuchar su voz.

Lo siguiente que supe fue que estaba en custodia de la policía, y me acusaban de haber hecho cachitos a Daniela.

3.

- Y esa, Moreno, es toda la historia.

Por un segundo me quedo callado, esperaba alguna confesión adicional, un comentario, algo extraño que saliera de su boca, pero nada, Emilio seguía tan callado como siempre.

- ¿Eso es todo?

Emilio suspira, parece fastidiado, mira su dibujo y le quita alguna mancha con la manga de su uniforme, sin levantar la mirada de las líneas en el papel, me dice:

- ¿Qué esperabas escuchar, Moreno?, ¿Alguna teoría conspirativa?, ¿Quieres que diga que Daniela murió porque guardaba demasiados secretos?, ¿Qué formaba parte de algún culto que la ejecutó?, ¿Qué descubrí que era la amante de algún importante y la maté con su bendición?, ¿Quieres una anécdota sobrenatural que rolar en tu televisora?

Emilio me tomó por sorpresa, no me esperaba esa reacción, la versión que acaba de darme es la misma que me dieron en la redacción, es la misma que dio en sus declaraciones, es la misma que repitió una y otra vez hasta que, un par de meses atrás y ya bajo la protección del Psiquiátrico, le dio por decir que todo había sido una alucinación, seguramente provocada por el estrés y algún ritual extraño que Daniela hizo en el departamento para espantarlo.

La versión del director, en pocas palabras.

- Claro que no, quiero la verdad, quiero tu verdad… ¿así fue cómo pasó?

Emilio vuelve a remover una mancha del dibujo, mira hacia el frente con ojos cansados, gira y clava su mirada en mí.

- No, no fue así como pasó… todo fue una maldita alucinación, ¿entiendes?, todo lo imaginé porque estaba demasiado estresado y sugestionado para pensar en otra cosa, lo hilvané todo en mi cerebro para justificar el accidente que tuve en el baño del bar, el ataque fue la salida que mi mente encontró para todos mis problemas con Daniela y la pésima relación de pareja que llevábamos… nada del otro mundo, un arranque psicótico de alguien con problemas previos, Moreno.

Le sostengo la mirada por unos segundos, esto fue una pérdida de tiempo… pensé que iba a abrirse conmigo y a hablar sobre los extraños rumores que surgieron luego de que destazó a Daniela; pensé que me hablaría de lo que encontró al entrar al departamento y que la policía identificó como un ritual de magia negra; pensé que iba a soltarse y hablar del miedo atávico que los vecinos le tenían a su mujercita; pensé que me platicaría sobre las viejas ratas de sacristía que fueron sus vecinas de piso durante diez meses y que ahora pagan una misa semanal para darle gracias a Dios por la muerte de Daniela, y para pedir bendiciones para el alma de Emilio…

Sin más, apago la grabadora y salgo del patio, el gorila me escolta hasta la oficina del director, las últimas impresiones que intercambio con él no agregan nada interesante a mi reporte.

4.

Cuando Moreno salió del patio, dejó a Emilio mirando su dibujo y pensando en todo lo que había pasado desde aquel día.

Al principio había sufrido bastante, no podía dormir, se desesperaba contando la misma historia una y otra vez, sin encontrar a una sola persona que le creyera, finalmente, los doctores y peritos determinaron que era incapaz de afrontar el juicio, que sus acciones eran claramente consecuencia de alguna enfermedad mental no atendida, algún viejo trauma o la situación sofocante de su relación con Daniela.

El día en que se resignó y aceptó lo que decían los doctores se sintió mejor, se relajó, se puso en manos de especialistas y esperó que todo aquello fuera la respuesta a sus problemas, deseó que el tratamiento alejara para siempre sus miedos.

Siendo objetivos, la terapia y las medicinas todavía no lograban ahuyentar el horror y el miedo de aquel día, pero si habían logrado convencerlo de que todo estaba en su mente, él no fue víctima de ningún ritual de magia negra, simplemente su cerebro había reordenado todo para hacerle creer que esa era la verdadera razón detrás de las atrocidades que cometió, aceptarlo era el primer paso para una recuperación completa.

El segundo paso, sin embargo, era el que le estaba costando más trabajo.

Emilio retocó algunos detalles del dibujo y pasó a la siguiente hoja, antes de empezar su nueva obra, levantó la mirada del papel.

Ahí, frente a él, sangrando como el día en que la mató, con el cabello mojado y pegado a las mejillas, la piel blanca y helada, los ojos vacíos de pupilas blancas y la maldita sonrisa de siempre, el espantajo en el que Daniela se había convertido después de que su ritual fallara en el bar lo miraba fijamente.

Sé que no estás ahí, sé que no existes, eres un fragmento de mi imaginación.

Una gota de sangre, gruesa, espesa y casi negra, cae de la frente del ente hacia el papel inmaculado sobre el cual Emilio recarga el lápiz, ignorando de nuevo al espanto, empieza a dibujar de nuevo, no sin antes tratar de limpiar la sangre del papel.

lunes, 5 de marzo de 2018

Ya estuvimos ahí


I.- Viajar es vivir.

La luz del atardecer entra por los ventanales del lugar, un calor muy agradable calienta la piel de tres jóvenes que devoran hamburguesas para reponer las fuerzas perdidas en su más reciente excursión, Marta y Roberto están sentados juntos de un lado del gabinete, ella está recargada sobre su hombro, comiendo papas fritas mientras platica con su amiga, Gabriela, que saborea su hamburguesa y recuerda otros viajes como el de aquel día:

- ¡Estuvo increíble!, jamás creí que Nueva York se vería tan lindo después de una nevada así.
- Estuvo fuerte, aunque si soy sincera contigo, Beto y yo hemos visto nevadas más fuertes, como el año pasado en el Everest.
- Si, la de ayer fue intensa, pero hemos salido de peores.

Gabriela toma un trago de refresco mientras evoca las imágenes de los cañones de concreto de la Gran Manzana cubiertos de nieve, reflejando el sol que brillaba sobre ellos, por un momento se pierde en las imágenes y las sensaciones: el frío y el rubor en sus mejillas, el ligero dolor en las manos y la humedad en sus zapatos; no hace caso del comentario de sus amigos, está acostumbrada a que siempre refieran experiencias más intensas que las suyas, a fin de cuentas, han recorrido más mundo que ella.

- La belleza a bajas temperaturas es hermosa.
- ¿Qué dices?
- Nada, es algo que escuché decir a un sacerdote una vez, lo de ayer me lo recordó.

Los minutos se deslizan, Roberto rompe el silencio:

- Deberías visitar las Catacumbas de París en invierno, ¡a ver si el frío sigue pareciendo bello!

Gabriela sonríe mientras sigue recordando, Marta suelta una carcajada que resuena en todo el local, Roberto la abraza y sonríe.

- Quizás no vaya a las Catacumbas, pero por supuesto que quiero ir a París, ¿han ido allá en verano?
- Ya, el año pasado.
- ¿La Costa de Grecia?, esas ciudades con calles tan estrechas parecen…
- Fuimos hace tres años.
- ¿Tokio, tal vez?, muero por ver…
- ¡Uf!, ya hemos estado allí unas 5 veces, la última en un tour de leyendas urbanas.
- ¿De verdad?, ¿Qué tal Egipto, entonces?
- Ya conocemos el interior de la Gran Pirámide, muy interesante si te gusta la egiptología.

Definitivamente han recorrido más mundo que ella… aunque ninguno ha dejado la Ciudad de México, todos sus viajes han sido con Ayti o All In Traveller, la aplicación que permite visitar y experimentar cualquier lugar del planeta en una realidad virtual que se siente real, millones de personas, jóvenes en particular, satisfacen su curiosidad y sed de conocer el mundo con unos cuantos dólares, unas gafas de cristal LED y un traje de cuerpo completo.

- Hay un lugar… me encantaría volver a visitarlo…

La frase de Gabriela atrae la atención de Marta, su amiga mira el atardecer por la ventana y parece suspirar, a pesar de todos sus viajes, ningún sitio le ha hecho recordar así, por eso se siente impulsada a preguntar:

- ¿Cuál?, ¿alguno que no hayamos visitado?
- No creo, con su experiencia seguro que ya conocen ese sitio.
- ¿Cómo se llama?
- West Hill

Roberto y Marta no recuerdan haber estado nunca antes en un lugar llamado West Hill, y ahora que por fin encontraron un lugar que Gaby conoce y ellos no, mueren por saber de qué se trata.

- ¿Cómo es?, ¿Dónde está?
- ¿Es destino de verano?, ¿Qué hay de interesante?
- ¿Cómo es la comida?, ¿Algo divertido para ver?

Gabriela sonríe, nunca esperó tal nivel de curiosidad, así que les cuenta un poco del lugar: es un pequeño pueblo en el noreste de Estados Unidos, lo divertido del lugar es que los negocios de West Hill son mantenidos por personas excéntricas, geeks que son auténticos gurús de los lugares que atienden: un videoclub, un teatro, una librería y una tienda de música; la comida es excelente, te sirven cualquier platillo en el único restaurante del pueblo; si te gusta la moda, hay una tienda de ropa y recuerdos atendida por una chica hermosa con fama de angelical.

Para cuando Gabriela termina de describir West Hill, Marta y Roberto están deseosos por ir, hubieran partido esa misma noche de no ser por un pequeño detalle:

- No se puede entrar de noche.
- ¿En serio?, ¿qué pasa en la noche?
- No sé, sólo sé que es extremo, relacionado con fantasmas, zombies o demonios, qué se yo.
- ¿O sea que las noches son de survival horror? – preguntó Roberto
- Es muy probable… ya me conocen, no me gustan esas cosas.
- ¡Suena perfecto! ¿Cuáles son los horarios?
- Puedes entrar a cualquier hora, el acceso sólo se cierra de 8 a 8.

II.- El largo viaje a West Hill.

Al día siguiente, justo cuando el reloj daba las 10 de la mañana, Marta y Roberto entraban en West Hill, Gabriela no había mentido y el lugar era hermoso, estaba lleno de turistas que daban vueltas alrededor del kiosco en el centro del pueblo, donde un grupo tocaba música de todo tipo, a un lado de la plaza un poste indica la dirección de los negocios del pueblo.

Marta, que era víctima de la moda, escogió visitar la tienda de ropa y ese fue el primer lugar que visitaron; estaba llena de color y ropa de todos los estilos y tamaños, Estefanía, la dueña del negocio, es una mujer alta y voluptuosa, de cabello corto, rubio platinado y enormes ojos cafés, no había hombre o mujer que entrara en La Mode y no quedara prendado de la belleza de su propietaria, quien además es experta en asesorar a sus clientas, Estefanía hizo buenas migas con Marta y le ayudó a escoger un par de vestidos, los cuales le llegarían en un par de días por correo.

Roberto escogió visitar Videodrome, Quentin, el dueño, resultó ser una enciclopedia viviente del cine; La pareja tuvo una plática increíble con él, tras la cual se llevaron algunas películas que: “valían el doble de lo que pagas por ellas”, al final les recomendó ampliamente que fueran al teatro antes de irse, ya que el actor residente era legendario.

Después decidieron entrar a Needful Things, la tienda de música/librería atendida por Stephen y Ariadna, dos expertos en música y literatura que ofrecían una conversación sobre terror y sus ramas, terminada la conferencia, Marta y Roberto se llevaron un par de libros y vinilos que faltaban en su colección.

La hora de la comida la pasaron en West by Westworld, un excelente restaurante donde servían lo que uno quisiera, ningún platillo estaba fuera del alcance de Gordon, el dueño, que además presumió sus conocimientos sobre vinos y comidas exóticas en la mesa de Marta y Roberto, en honor a su primera visita a West Hill.

En el teatro se presentaba un monólogo basado en Ricardo III, el actor principal, Kevin, había recibido muy buenas críticas y alguno que otro premio por su interpretación, varias personas habían hecho el viaje a West Hill solamente para presenciar al legendario actor en el escenario. Una vez concluida la obra, Kevin respondió algunas preguntas de los asistentes, quienes quedaron encantados con el carisma y la dedicación del actor.

La Torre del Reloj, idéntica a la que adorna el paisaje de Londres, marcó las 7:55 de la noche, muchas personas empezaron a abandonar West Hill, la mayoría había escuchado del toque de queda a las 8 de la noche, y varios les habían contado sobre los rumores que corrían: la experiencia era extrema, y casi nadie daba detalles, se decía que era algo único, y que nadie hablaba de ello para no arruinar la sorpresa.

En realidad, pocos sabían la verdadera razón por la que no había reseñas sobre la experiencia extrema de West Hill.

III.- Sweet Hell, Alabama.

Las agujas del gran reloj de la torre se acercaban a las 8 de la noche, restaban 60 segundos de espera para aquellos curiosos que querían saber el secreto que escondía West Hill.

La Alerta de los Dos Minutos era marcada por la banda, los dueños de los negocios de West Hill, al escuchar la música, entraban a sus locales, aseguraban las puertas y apagaban las luces, la falta de iluminación le daba un aire sombrío al centro del pueblo, una vez concluida la melodía, la banda abandonaba West Hill un par de segundos antes del cierre.

Quiso la suerte que la melodía acordada para el cierre fuera Cries and Whispers, una de las favoritas de Marta, la pareja se acercó al kiosco, ambos seguían el ritmo de la melodía mientras otra pareja, formada por dos chicas rubias tan jóvenes como ellos, se abrazaban a su lado, la cadencia de los movimientos hizo que ambas parejas terminaran juntas, gozando los acordes finales de la música.

Y entonces, la música se acabó.

La banda estaba fuera de West Hill, la torre comenzó a dar las 8 campanadas que marcan la hora, unas 50 personas estaban en el centro del pueblo, esperando que la experiencia iniciara, sonaron un par de campanadas en silencio, Marta y Roberto miraban el vacío dentro del kiosco, un solo farol los iluminaba.

Las chicas a su lado seguían abrazadas, Marta volteó hacia ellas y les sonrió, las dos mujeres devolvieron la mirada y sonrieron.

Entonces, al compás de la sexta campanada, Marta escuchó un ruido tras ella, el sonido la asustó, pero lo que la aterró fue observar cómo las cabezas de las mujeres a su lado se abrían como melones, con un crujido que quedó grabado en su cerebro; las gotas de sangre y el contenido del cráneo de ambas se esparció como en una explosión, pedazos de materia gris, cabello y sangre salpicaron el piso y el techo, ambos cadáveres, abrazados, cayeron sobre los escalones del kiosco formando un charco de sangre espesa que empezó a bajar y formar un pequeño río a sus pies.

Marta pensó por un segundo que todo era parte de la experiencia extrema de West Hill, pero la tensión alrededor de su brazo aumentó, Roberto apretaba sin notarlo, tenía la vista fija en dirección a La Mode, donde una mujer vestida de negro y con una máscara que no dejaba ver el rostro, pero sí el cabello platinado, sostenía una escopeta de la que aún salía humo.

IV.- Epílogo.

En un bar en el centro de la Ciudad, Gabriela disfruta una bebida mientras el grupo residente interpreta House of The Rising Sun, su teléfono empieza a vibrar y ella observa el reloj, son las 8 en punto.

Ordena otra bebida y deja su celular en la mesa, siente las vibraciones de las alertas y observa como hacen bailar el aparato.

Gabriela sigue bebiendo y escuchando a la banda, no se atreve a tocar el teléfono porque no quiere saber detalles, sólo el resultado final, como siempre.

Después de un par de horas, su teléfono vibra por última vez, por fin lo levanta y ve el último mensaje sin desbloquear el dispositivo:

“PAQUETES ENTREGADOS, TRANSFERENCIA POR 50 MIL DÓLARES, CONFIRMAR”

Una rápida inspección en su cuenta le permite confirmar, borra el resto de los mensajes y recibe una última alerta:

“WEST HILL AGRADECE TU PARTICIPACIÓN, ESPERAMOS NUEVOS ENVÍOS”

Sin más, Gabriela termina su bebida y sale del bar.

domingo, 27 de agosto de 2017

El Mensaje

La mañana comenzó como cualquier otra, la alarma la despertó y en cuanto abrió los ojos y tomó el teléfono, notó el mensaje de voz, Alberto no dejaba de decirle cosas lindas desde que comenzaron a salir, apenas unos meses antes, después de toda una vida de conocerse.

Después de sonreír al recordarlo, se estira perezosa en la cama, no quiere levantarse, pero tampoco quiere quedarse ahí si él no está, de modo que se levanta y va por su primer café del día, el que siempre la pone en acción.

Al llegar a la cocina, las luces se encienden y una música suave llena la estancia, en cuanto se prepara y sirve el café, toma el control y enciende la televisión.

Antes de ver la pantalla, su celular vibra recordándole el mensaje pendiente, la chica vuelve a sonreír, y dando la espalda a la transmisión, toma el teléfono y entra al buzón de voz:

“Hola, pequeña”

Que voz tan linda tiene.

 “Sólo quería llamar para decirte lo mucho que te amo”

Siempre tan detallista.

“Contarte que recuerdo cuando nos conocimos, hace tantos años; recuerdo nuestras charlas en el parque, a la luz de la luna; recuerdo cuando nos agarró la lluvia en el parque y nos dimos nuestro primer beso bajo un árbol; recuerdo todas las tardes que he compartido contigo”

Típico, siempre con un ojo en el pasado y otro en el futuro.

“Recuerdo tu rostro, tus ojos, tus labios, tus mejillas, la forma tan encantadora en que te sonrojas cuando me ves. Recuerdo tu cuerpo perfecto y cómo siempre encuentras tu lugar entre mis brazos. La forma tan linda en que me abrazas y con un beso me haces sentir bien, sin importar lo que haya pasado”

Qué barbero, algo ha de querer.

“Recuerdo todo eso, y muchas más cosas que ya no tengo tiempo de decirte, y eso me hace sentir una profunda tristeza”

¿Qué?, ¿de qué carajo está hablando?

“Tristeza de que no podamos vivir más cosas juntos, tristeza porque todo nuestro amor será desperdiciado, tristeza porque todo lo bello que hemos compartido será evaporado”

¿Qué diablos le pasa a este imbécil?

Se hace el silencio del otro lado de la línea, un sollozo interrumpe el silencio.

Algo muy malo está pasando.

“Traté de conseguir cómo salir en cuanto supe la noticia, te podrás imaginar que fracasé. Te fallé… te fallé y jamás voy a perdonármelo… siempre te recordaré Diana, y espero de todo corazón que nunca escuches esto, sé que tienes el celular al lado, y que falla cuando recibes mensajes de voz muy largos”

Dios mío.

“Te dejo este mensaje rezando para que fastidie tu alarma y no te despiertes a tiempo, deseando de todo corazón que te quedes dormida, y que no abras los ojos y veas lo que está pasando… si tú tienes razón, y hay un Dios amoroso esperando del otro lado, espero que te deje dormir y despiertes cuando todo haya pasado… si tienes razón, y por primera vez en mi vida espero de todo corazón que la tengas, te estaré esperando”

Diana está paralizada por el miedo, hasta ese momento se da cuenta que una tenue luz azul baña su sala, mira la pantalla de su televisor sin soltar su teléfono, y empieza a llorar en cuanto ve la transmisión.









“Te amo, Diana”

Mientras las lágrimas corren por sus mejillas, el contador llega a cero.

La luz más brillante que ha visto en su vida se refleja en la pantalla de la televisión.

Paralizada por el miedo, Diana murmura:

- Yo también te amo.