lunes, 11 de junio de 2018

La Entrevista

1. 

- ¿Sabe a lo que se está enfrentando?

El director me mira, severo, está esperando que me asuste y desista, pero esta historia es muy buena para dejarla ir.

- Claro que sé a lo que me enfrento doctor, esta no es mi primera entrevista.
- No me venga con eso, lo conozco muy bien y sé el tipo de trabajo que realiza, esto no se parece a nada que haya hecho antes.
- Lo dudo, ya he hablado con psicópatas antes…
- Ahí es donde se equivoca, Moreno; Emilio no es psicópata, ni sociópata, ni atraviesa por ningún tipo de enfermedad crónica; es cierto, tuvo alucinaciones y un brote sicótico… pero él no está loco, al menos no en el sentido en que usted lo interpreta.

El silencio se mete entre los dos, los minutos pasan y yo no me muevo, simplemente sostengo la mirada severa del director, dándole a entender que no voy a ceder, ni voy a desistir de mi petición.

- Está bien, no diga que no se lo advertí.
- Anotado queda, doctor, pase lo que pase usted podrá zafarse sin problemas.
- No se trata de eso, no sea estúpido… simplemente no quiero poner en riesgo a nadie, ni a Emilio ni a usted.
- Lo tendré en cuenta, no dejaré que su locura se me contagie.

El director me mira exasperado, si no tuviera tanta experiencia, creería que actúa como si supiera algo que yo no.

- Está bien, supongo que es inevitable ahora que sus jefes presionaron para que se concediera esta entrevista… ¿me acompaña, señor Moreno?

El director camina a lo largo del pasillo, dejamos atrás el pabellón de los enfermos comunes, la caminata termina en una puerta enorme, de doble hoja, por la cual entra un torrente de luz proveniente del patio.

Ahí, a la luz del sol, abandonado y exiliado del mundo, Emilio pinta varios cuadros al día, el director me lleva hasta una mesa, donde me quedo esperando a que se haga la presentación formal.

- ¿Emilio?

No se nota perturbado, solamente levanta la mirada del dibujo que está haciendo y mira al director, un escalofrío recorre su cuerpo, puedo notarlo de inmediato.

- ¿Sí?
- Mira, te presento a Fernando Moreno, es un reportero…
- Si, he oído de él antes, ¿es entrevistador, cierto?

Aprovecho el pie para meterme en la conversación, y de paso ver si me deshago del director.

- El mismo, a tus órdenes, Emilio.
- Mucho gusto, señor Moreno.

El director mira a mi espalda, su fiel gorila, un guardia de casi dos metros, asiente con la cabeza, el doctor se levanta y dice:

- Bueno, los dejo entonces para que hablen tranquilamente.

Emilio baja la mirada y concluye un par de líneas en su dibujo, yo me siento frente a él y lo miro fijamente, esperando que de señales de que se está concentrando en la entrevista.

- Dígame, señor Moreno ¿le gustan las flores?

Y así empieza mi entrevista con el criminal más famoso de la última década, el hombre que quemó viva a su novia, la mutiló y luego de matarla siguió atacando el cadáver porque insistía en que todavía estaba viva e iba a regresar por él.

- No soy un hombre de flores, Emilio, ¿a ti te gustan?
- Desde que estoy aquí son lo único que alegra mi día, por eso el director me deja aquí.

El silencio pasa entre ambos, por un momento pienso que se ha olvidado de mí y volvió a encerrarse en su mundo, pero Emilio levanta la vista y me mira:

- Supongo que ha venido a entrevistarme, ¿no es así?
- Así es, Emilio, mi editor me encargó que viniera a hablar contigo.
- Muy bien, ¿qué es lo que quieren saber ahora?

Su mirada es penetrante y cansada, se nota que está harto de repetir la misma historia una y otra vez, empiezo a entender porqué el director siente escalofríos al verlo, pero claro, yo no soy un simple siquiatra, así que saco mi grabadora y me lanzo a lo desconocido:

- ¿Porqué no me cuentas qué fue lo que viviste?

2.

Aquél era un viernes como cualquiera, iba a ser fin de semana largo, salí del departamento después de cumplir con mi pelea diaria con Daniela, subí a mi auto y me largué a la oficina, iba atorado en el tráfico cuando empezó la pesadilla.

Tengo un viejo Golf, ya sabes, un GTI de hace dos o tres generaciones, es de esos autos que te da pequeños consejos en la pantalla, por ejemplo: “cambiar de velocidad a bajas revoluciones ahorra gasolina”, ya sabes, datos inútiles y consejos de ahorro.

Ese viernes, mientras escuchaba la radio, vi que en la pantalla aparecía: “Vas a morir” entre los mensajes, pensé que había visto mal, y al fijarme de nuevo el mensaje era diferente.

No sé por qué, empecé a sentir mucho miedo.

Cuando me bajé del auto en el estacionamiento de mi oficina, empecé a pensar en Daniela.

Llegué a mi cubículo y sentí vibrar mi celular, era el tradicional mensaje de disculpas, que por alguna razón me hizo sentir un escalofrío gélido.

Contesté el mensaje, desayuné y empecé a trabajar, a las 12 de la mañana, dos compañeros fueron a invitarme al festejo del cumpleaños de uno de los gerentes, les dije que iría y miré de nuevo mi computadora, los títulos de los correos habían cambiado, decían cosas como “muerte”, “mutilación”, “desmembrar”, etc. todas las letras estaban en rojo.

No podía creer lo que veía, cerré los ojos por miedo y cuando volví a abrirlos todo era normal.

Volví a pensar en Daniela, sin saber por qué.

A las 4 de la tarde llegamos al bar en el que íbamos a festejar al gerente, estuve platicando, tomando algunos tragos y bailando con algunas de mis compañeras, eran casi las 10 de la noche cuando cometí la estupidez de ir al baño.

Entré, fui hacia los mingitorios y oriné, escuchaba golpes rítmicos en el metal de las puertas de los excusados, así que asumí que una pareja estaría teniendo sexo, les grité para que hicieran menos ruido para evitar que los descubrieran, y empecé a lavarme las manos en el lavabo.

Estaba a punto de secarme las manos cuando escuché un golpe y vi como las puertas de los excusados quedaban abiertas.

Estaban vacías.

Completamente vacías.

Sin parejas, sin ocupantes, sin alguien subido en la taza jugando bromas estúpidas.

Nada.

Entonces se abrieron las llaves del agua, el lavabo tenía la salida cerrada y empezó a llenarse.

Estaba aterrado, paralizado por el miedo, miraba las llaves y el agua acumulada como un perfecto estúpido, entonces sentí un par de manos, delicadas, delgadas y femeninas, sobre mis hombros.

Miré el espejo y vi un rostro femenino, pálido, con los ojos vacíos, que me miraba fijamente y sonreía, tenía el cabello mojado y pegado a las mejillas, la boca y los párpados se notaban enrojecidos, irritados, el centro de las pupilas, que debía ser negro, era blanco por completo.

No tuve tiempo de gritar, ni de sentir pánico, ni de paralizarme como en las películas, con una fuerza sobrehumana, la mujer me empujó hacia el lavabo desbordante de agua.

Por unos segundos no entendí qué pasaba, podía escuchar una risotada mientras veía pasar burbujas frente a mis ojos, cerré los párpados y cuando los abrí de nuevo mi visión se nubló, no por la falta de aire, sino por el agua de la llave, traté de gritar, levanté los brazos y toqué las manos de aquella espantosa mujer, se sentían heladas, como tocar hielo seco.

Empecé a luchar con más fuerza cuando me di cuenta que no podía respirar y las burbujas que había visto era el aire escapando de mis pulmones, tiré patadas y sentí como las suelas de mis botas golpeaban huesos que en un par de ocasiones crujieron, pude torcer uno de sus dedos (el meñique de la izquierda, creo) y sentí cómo se estrellaba dentro de mi puño, sin embargo, la mujer no me soltó.

Empecé a escuchar un desmadre fuera del baño, grité como pude y sentí como la mujer me levantaba y me empujaba de nuevo hacia el lavabo, parecía que quería golpearme contra la llave y dejarme inconsciente, luché y me resistí pero aún así seguía debajo del agua, empecé a sentir que mis pies resbalaban en el suelo y concluí que no me quedaba mucho tiempo, fue entonces que recordé que la puerta estaba cerca de los lavabos, quizás si lograba patear el pomo de la puerta los que estaban afuera podrían entrar.

Tomé impulso y solté una patada alta que alcanzó la cerradura, las manos no dejaban de empujarme hacia el agua y yo escuchaba cada vez más alboroto, volví a patear y escuché cómo el marco de la puerta tronaba, entonces una pierna congelada se recargó sobre mi rodilla e inmovilizó mi pierna.

Entré en pánico, supe que era mi fin, pero entonces me di cuenta que mis brazos estaban libres, levanté el brazo derecho y solté un golpe a las costillas de la mujer, pude sentir cómo cedían, ella se resbaló y sin pensarlo, lancé la pierna hacia la puerta y reventé la cerradura.

Escuché gritos, reclamos, voces y me di cuenta que no sentía ningún peso sobre los hombros, un par de manos femeninas me tomaron por la espalda, pero esta vez eran las de Mariana, podía ver su rostro preocupado en el espejo cuando me ayudó a incorporarme.

Entre varios, me sacaron del bar a la calle.

Dicen que grité, que maldije a un “espantajo de mujer” y que exigía que la detuvieran.

Yo sólo recuerdo los brazos de Mariana rodeando mis hombros.

Me dejaron sentado en una banca sobre el camellón frente al bar, mis compañeros y amigos discutían con meseros y encargados, al final, un amigo y mi jefe convencieron al gerente del restaurante de que no había manera en que me hubiera provocado las heridas que tenía en la espalda, y que era estúpido pensar que quise suicidarme ahogándome como lo hice, lo que me lanzó al borde de la locura fue escuchar a mi jefe decir:

- Que no hubiera nadie con él cuando entramos no quiere decir que no lo hayan atacado como él dice.

A partir de ahí, todo fue mecánico y no lo recuerdo muy bien, dicen que le dije a Mariana: “fue un error haber preferido a Daniela”, dicen que abrí el maletero del Golf y saqué un bate y una navaja, dicen que salí de ahí quemando llanta.

Los vecinos dicen que llegué con el motor apagado, aprovechando la bajada de la calle y que dejé el auto atravesado, dicen que entré con sigilo, aferrando en una mano el bate y en otra un crucifijo, dicen que me acerqué a la puerta del departamento que compartí con Daniela por 10 meses rezando el Padre Nuestro.

Dicen que abrí con mucha calma, dicen que grité al entrar, dicen que destrocé la puerta y entré gritando como salvaje, dicen que no encendí la luz y empecé a soltar golpes, dicen que los golpes empezaron cuando prendí la luz, dicen que sólo gritaba, dicen que más bien rezaba, dicen que decía incoherencias, dicen que pregunté porqué y que dije que dejarnos era más fácil que lo que había pasado, dicen que primero hablé y luego la ataqué, dicen que primero le rompí el cráneo con el bate y luego hablé.

Yo sólo recuerdo que, al abrir la puerta del departamento, la perilla estaba helada; recuerdo haber visto mi aliento condensado al entrar y caminar hacia la sala; recuerdo que al encender la luz el color rojo quedó grabado con fuego dentro de mi cerebro; también recuerdo que supe que Daniela no había salido del departamento en todo el día.

Pero lo que me aterró, lo que arrancó gran parte de aquella noche de mi memoria, fue lo que estaba en el sillón de la sala, ahí, bajo una cobija y con una de mis camisas sucias puesta, estaba la mujer de la sonrisa macabra, la de los ojos blancos, el espantajo pálido de párpados enrojecidos que casi me había asesinado en el bar hacía menos de una hora.

Estaba tan aterrado que solté un batazo sin pensarlo, pensé que le iba a partir la cabeza en dos, pero lo que ocurrió fue que se despertó y empezó a hablar, las cosas que me dijo me sacaron de quicio y entonces empecé a golpear y a acuchillar a la mujer aquélla hasta que dejé de escuchar su voz.

Lo siguiente que supe fue que estaba en custodia de la policía, y me acusaban de haber hecho cachitos a Daniela.

3.

- Y esa, Moreno, es toda la historia.

Por un segundo me quedo callado, esperaba alguna confesión adicional, un comentario, algo extraño que saliera de su boca, pero nada, Emilio seguía tan callado como siempre.

- ¿Eso es todo?

Emilio suspira, parece fastidiado, mira su dibujo y le quita alguna mancha con la manga de su uniforme, sin levantar la mirada de las líneas en el papel, me dice:

- ¿Qué esperabas escuchar, Moreno?, ¿Alguna teoría conspirativa?, ¿Quieres que diga que Daniela murió porque guardaba demasiados secretos?, ¿Qué formaba parte de algún culto que la ejecutó?, ¿Qué descubrí que era la amante de algún importante y la maté con su bendición?, ¿Quieres una anécdota sobrenatural que rolar en tu televisora?

Emilio me tomó por sorpresa, no me esperaba esa reacción, la versión que acaba de darme es la misma que me dieron en la redacción, es la misma que dio en sus declaraciones, es la misma que repitió una y otra vez hasta que, un par de meses atrás y ya bajo la protección del Psiquiátrico, le dio por decir que todo había sido una alucinación, seguramente provocada por el estrés y algún ritual extraño que Daniela hizo en el departamento para espantarlo.

La versión del director, en pocas palabras.

- Claro que no, quiero la verdad, quiero tu verdad… ¿así fue cómo pasó?

Emilio vuelve a remover una mancha del dibujo, mira hacia el frente con ojos cansados, gira y clava su mirada en mí.

- No, no fue así como pasó… todo fue una maldita alucinación, ¿entiendes?, todo lo imaginé porque estaba demasiado estresado y sugestionado para pensar en otra cosa, lo hilvané todo en mi cerebro para justificar el accidente que tuve en el baño del bar, el ataque fue la salida que mi mente encontró para todos mis problemas con Daniela y la pésima relación de pareja que llevábamos… nada del otro mundo, un arranque psicótico de alguien con problemas previos, Moreno.

Le sostengo la mirada por unos segundos, esto fue una pérdida de tiempo… pensé que iba a abrirse conmigo y a hablar sobre los extraños rumores que surgieron luego de que destazó a Daniela; pensé que me hablaría de lo que encontró al entrar al departamento y que la policía identificó como un ritual de magia negra; pensé que iba a soltarse y hablar del miedo atávico que los vecinos le tenían a su mujercita; pensé que me platicaría sobre las viejas ratas de sacristía que fueron sus vecinas de piso durante diez meses y que ahora pagan una misa semanal para darle gracias a Dios por la muerte de Daniela, y para pedir bendiciones para el alma de Emilio…

Sin más, apago la grabadora y salgo del patio, el gorila me escolta hasta la oficina del director, las últimas impresiones que intercambio con él no agregan nada interesante a mi reporte.

4.

Cuando Moreno salió del patio, dejó a Emilio mirando su dibujo y pensando en todo lo que había pasado desde aquel día.

Al principio había sufrido bastante, no podía dormir, se desesperaba contando la misma historia una y otra vez, sin encontrar a una sola persona que le creyera, finalmente, los doctores y peritos determinaron que era incapaz de afrontar el juicio, que sus acciones eran claramente consecuencia de alguna enfermedad mental no atendida, algún viejo trauma o la situación sofocante de su relación con Daniela.

El día en que se resignó y aceptó lo que decían los doctores se sintió mejor, se relajó, se puso en manos de especialistas y esperó que todo aquello fuera la respuesta a sus problemas, deseó que el tratamiento alejara para siempre sus miedos.

Siendo objetivos, la terapia y las medicinas todavía no lograban ahuyentar el horror y el miedo de aquel día, pero si habían logrado convencerlo de que todo estaba en su mente, él no fue víctima de ningún ritual de magia negra, simplemente su cerebro había reordenado todo para hacerle creer que esa era la verdadera razón detrás de las atrocidades que cometió, aceptarlo era el primer paso para una recuperación completa.

El segundo paso, sin embargo, era el que le estaba costando más trabajo.

Emilio retocó algunos detalles del dibujo y pasó a la siguiente hoja, antes de empezar su nueva obra, levantó la mirada del papel.

Ahí, frente a él, sangrando como el día en que la mató, con el cabello mojado y pegado a las mejillas, la piel blanca y helada, los ojos vacíos de pupilas blancas y la maldita sonrisa de siempre, el espantajo en el que Daniela se había convertido después de que su ritual fallara en el bar lo miraba fijamente.

Sé que no estás ahí, sé que no existes, eres un fragmento de mi imaginación.

Una gota de sangre, gruesa, espesa y casi negra, cae de la frente del ente hacia el papel inmaculado sobre el cual Emilio recarga el lápiz, ignorando de nuevo al espanto, empieza a dibujar de nuevo, no sin antes tratar de limpiar la sangre del papel.

lunes, 5 de marzo de 2018

Ya estuvimos ahí


I.- Viajar es vivir.

La luz del atardecer entra por los ventanales del lugar, un calor muy agradable calienta la piel de tres jóvenes que devoran hamburguesas para reponer las fuerzas perdidas en su más reciente excursión, Marta y Roberto están sentados juntos de un lado del gabinete, ella está recargada sobre su hombro, comiendo papas fritas mientras platica con su amiga, Gabriela, que saborea su hamburguesa y recuerda otros viajes como el de aquel día:

- ¡Estuvo increíble!, jamás creí que Nueva York se vería tan lindo después de una nevada así.
- Estuvo fuerte, aunque si soy sincera contigo, Beto y yo hemos visto nevadas más fuertes, como el año pasado en el Everest.
- Si, la de ayer fue intensa, pero hemos salido de peores.

Gabriela toma un trago de refresco mientras evoca las imágenes de los cañones de concreto de la Gran Manzana cubiertos de nieve, reflejando el sol que brillaba sobre ellos, por un momento se pierde en las imágenes y las sensaciones: el frío y el rubor en sus mejillas, el ligero dolor en las manos y la humedad en sus zapatos; no hace caso del comentario de sus amigos, está acostumbrada a que siempre refieran experiencias más intensas que las suyas, a fin de cuentas, han recorrido más mundo que ella.

- La belleza a bajas temperaturas es hermosa.
- ¿Qué dices?
- Nada, es algo que escuché decir a un sacerdote una vez, lo de ayer me lo recordó.

Los minutos se deslizan, Roberto rompe el silencio:

- Deberías visitar las Catacumbas de París en invierno, ¡a ver si el frío sigue pareciendo bello!

Gabriela sonríe mientras sigue recordando, Marta suelta una carcajada que resuena en todo el local, Roberto la abraza y sonríe.

- Quizás no vaya a las Catacumbas, pero por supuesto que quiero ir a París, ¿han ido allá en verano?
- Ya, el año pasado.
- ¿La Costa de Grecia?, esas ciudades con calles tan estrechas parecen…
- Fuimos hace tres años.
- ¿Tokio, tal vez?, muero por ver…
- ¡Uf!, ya hemos estado allí unas 5 veces, la última en un tour de leyendas urbanas.
- ¿De verdad?, ¿Qué tal Egipto, entonces?
- Ya conocemos el interior de la Gran Pirámide, muy interesante si te gusta la egiptología.

Definitivamente han recorrido más mundo que ella… aunque ninguno ha dejado la Ciudad de México, todos sus viajes han sido con Ayti o All In Traveller, la aplicación que permite visitar y experimentar cualquier lugar del planeta en una realidad virtual que se siente real, millones de personas, jóvenes en particular, satisfacen su curiosidad y sed de conocer el mundo con unos cuantos dólares, unas gafas de cristal LED y un traje de cuerpo completo.

- Hay un lugar… me encantaría volver a visitarlo…

La frase de Gabriela atrae la atención de Marta, su amiga mira el atardecer por la ventana y parece suspirar, a pesar de todos sus viajes, ningún sitio le ha hecho recordar así, por eso se siente impulsada a preguntar:

- ¿Cuál?, ¿alguno que no hayamos visitado?
- No creo, con su experiencia seguro que ya conocen ese sitio.
- ¿Cómo se llama?
- West Hill

Roberto y Marta no recuerdan haber estado nunca antes en un lugar llamado West Hill, y ahora que por fin encontraron un lugar que Gaby conoce y ellos no, mueren por saber de qué se trata.

- ¿Cómo es?, ¿Dónde está?
- ¿Es destino de verano?, ¿Qué hay de interesante?
- ¿Cómo es la comida?, ¿Algo divertido para ver?

Gabriela sonríe, nunca esperó tal nivel de curiosidad, así que les cuenta un poco del lugar: es un pequeño pueblo en el noreste de Estados Unidos, lo divertido del lugar es que los negocios de West Hill son mantenidos por personas excéntricas, geeks que son auténticos gurús de los lugares que atienden: un videoclub, un teatro, una librería y una tienda de música; la comida es excelente, te sirven cualquier platillo en el único restaurante del pueblo; si te gusta la moda, hay una tienda de ropa y recuerdos atendida por una chica hermosa con fama de angelical.

Para cuando Gabriela termina de describir West Hill, Marta y Roberto están deseosos por ir, hubieran partido esa misma noche de no ser por un pequeño detalle:

- No se puede entrar de noche.
- ¿En serio?, ¿qué pasa en la noche?
- No sé, sólo sé que es extremo, relacionado con fantasmas, zombies o demonios, qué se yo.
- ¿O sea que las noches son de survival horror? – preguntó Roberto
- Es muy probable… ya me conocen, no me gustan esas cosas.
- ¡Suena perfecto! ¿Cuáles son los horarios?
- Puedes entrar a cualquier hora, el acceso sólo se cierra de 8 a 8.

II.- El largo viaje a West Hill.

Al día siguiente, justo cuando el reloj daba las 10 de la mañana, Marta y Roberto entraban en West Hill, Gabriela no había mentido y el lugar era hermoso, estaba lleno de turistas que daban vueltas alrededor del kiosco en el centro del pueblo, donde un grupo tocaba música de todo tipo, a un lado de la plaza un poste indica la dirección de los negocios del pueblo.

Marta, que era víctima de la moda, escogió visitar la tienda de ropa y ese fue el primer lugar que visitaron; estaba llena de color y ropa de todos los estilos y tamaños, Estefanía, la dueña del negocio, es una mujer alta y voluptuosa, de cabello corto, rubio platinado y enormes ojos cafés, no había hombre o mujer que entrara en La Mode y no quedara prendado de la belleza de su propietaria, quien además es experta en asesorar a sus clientas, Estefanía hizo buenas migas con Marta y le ayudó a escoger un par de vestidos, los cuales le llegarían en un par de días por correo.

Roberto escogió visitar Videodrome, Quentin, el dueño, resultó ser una enciclopedia viviente del cine; La pareja tuvo una plática increíble con él, tras la cual se llevaron algunas películas que: “valían el doble de lo que pagas por ellas”, al final les recomendó ampliamente que fueran al teatro antes de irse, ya que el actor residente era legendario.

Después decidieron entrar a Needful Things, la tienda de música/librería atendida por Stephen y Ariadna, dos expertos en música y literatura que ofrecían una conversación sobre terror y sus ramas, terminada la conferencia, Marta y Roberto se llevaron un par de libros y vinilos que faltaban en su colección.

La hora de la comida la pasaron en West by Westworld, un excelente restaurante donde servían lo que uno quisiera, ningún platillo estaba fuera del alcance de Gordon, el dueño, que además presumió sus conocimientos sobre vinos y comidas exóticas en la mesa de Marta y Roberto, en honor a su primera visita a West Hill.

En el teatro se presentaba un monólogo basado en Ricardo III, el actor principal, Kevin, había recibido muy buenas críticas y alguno que otro premio por su interpretación, varias personas habían hecho el viaje a West Hill solamente para presenciar al legendario actor en el escenario. Una vez concluida la obra, Kevin respondió algunas preguntas de los asistentes, quienes quedaron encantados con el carisma y la dedicación del actor.

La Torre del Reloj, idéntica a la que adorna el paisaje de Londres, marcó las 7:55 de la noche, muchas personas empezaron a abandonar West Hill, la mayoría había escuchado del toque de queda a las 8 de la noche, y varios les habían contado sobre los rumores que corrían: la experiencia era extrema, y casi nadie daba detalles, se decía que era algo único, y que nadie hablaba de ello para no arruinar la sorpresa.

En realidad, pocos sabían la verdadera razón por la que no había reseñas sobre la experiencia extrema de West Hill.

III.- Sweet Hell, Alabama.

Las agujas del gran reloj de la torre se acercaban a las 8 de la noche, restaban 60 segundos de espera para aquellos curiosos que querían saber el secreto que escondía West Hill.

La Alerta de los Dos Minutos era marcada por la banda, los dueños de los negocios de West Hill, al escuchar la música, entraban a sus locales, aseguraban las puertas y apagaban las luces, la falta de iluminación le daba un aire sombrío al centro del pueblo, una vez concluida la melodía, la banda abandonaba West Hill un par de segundos antes del cierre.

Quiso la suerte que la melodía acordada para el cierre fuera Cries and Whispers, una de las favoritas de Marta, la pareja se acercó al kiosco, ambos seguían el ritmo de la melodía mientras otra pareja, formada por dos chicas rubias tan jóvenes como ellos, se abrazaban a su lado, la cadencia de los movimientos hizo que ambas parejas terminaran juntas, gozando los acordes finales de la música.

Y entonces, la música se acabó.

La banda estaba fuera de West Hill, la torre comenzó a dar las 8 campanadas que marcan la hora, unas 50 personas estaban en el centro del pueblo, esperando que la experiencia iniciara, sonaron un par de campanadas en silencio, Marta y Roberto miraban el vacío dentro del kiosco, un solo farol los iluminaba.

Las chicas a su lado seguían abrazadas, Marta volteó hacia ellas y les sonrió, las dos mujeres devolvieron la mirada y sonrieron.

Entonces, al compás de la sexta campanada, Marta escuchó un ruido tras ella, el sonido la asustó, pero lo que la aterró fue observar cómo las cabezas de las mujeres a su lado se abrían como melones, con un crujido que quedó grabado en su cerebro; las gotas de sangre y el contenido del cráneo de ambas se esparció como en una explosión, pedazos de materia gris, cabello y sangre salpicaron el piso y el techo, ambos cadáveres, abrazados, cayeron sobre los escalones del kiosco formando un charco de sangre espesa que empezó a bajar y formar un pequeño río a sus pies.

Marta pensó por un segundo que todo era parte de la experiencia extrema de West Hill, pero la tensión alrededor de su brazo aumentó, Roberto apretaba sin notarlo, tenía la vista fija en dirección a La Mode, donde una mujer vestida de negro y con una máscara que no dejaba ver el rostro, pero sí el cabello platinado, sostenía una escopeta de la que aún salía humo.

IV.- Epílogo.

En un bar en el centro de la Ciudad, Gabriela disfruta una bebida mientras el grupo residente interpreta House of The Rising Sun, su teléfono empieza a vibrar y ella observa el reloj, son las 8 en punto.

Ordena otra bebida y deja su celular en la mesa, siente las vibraciones de las alertas y observa como hacen bailar el aparato.

Gabriela sigue bebiendo y escuchando a la banda, no se atreve a tocar el teléfono porque no quiere saber detalles, sólo el resultado final, como siempre.

Después de un par de horas, su teléfono vibra por última vez, por fin lo levanta y ve el último mensaje sin desbloquear el dispositivo:

“PAQUETES ENTREGADOS, TRANSFERENCIA POR 50 MIL DÓLARES, CONFIRMAR”

Una rápida inspección en su cuenta le permite confirmar, borra el resto de los mensajes y recibe una última alerta:

“WEST HILL AGRADECE TU PARTICIPACIÓN, ESPERAMOS NUEVOS ENVÍOS”

Sin más, Gabriela termina su bebida y sale del bar.

domingo, 27 de agosto de 2017

El Mensaje

La mañana comenzó como cualquier otra, la alarma la despertó y en cuanto abrió los ojos y tomó el teléfono, notó el mensaje de voz, Alberto no dejaba de decirle cosas lindas desde que comenzaron a salir, apenas unos meses antes, después de toda una vida de conocerse.

Después de sonreír al recordarlo, se estira perezosa en la cama, no quiere levantarse, pero tampoco quiere quedarse ahí si él no está, de modo que se levanta y va por su primer café del día, el que siempre la pone en acción.

Al llegar a la cocina, las luces se encienden y una música suave llena la estancia, en cuanto se prepara y sirve el café, toma el control y enciende la televisión.

Antes de ver la pantalla, su celular vibra recordándole el mensaje pendiente, la chica vuelve a sonreír, y dando la espalda a la transmisión, toma el teléfono y entra al buzón de voz:

“Hola, pequeña”

Que voz tan linda tiene.

 “Sólo quería llamar para decirte lo mucho que te amo”

Siempre tan detallista.

“Contarte que recuerdo cuando nos conocimos, hace tantos años; recuerdo nuestras charlas en el parque, a la luz de la luna; recuerdo cuando nos agarró la lluvia en el parque y nos dimos nuestro primer beso bajo un árbol; recuerdo todas las tardes que he compartido contigo”

Típico, siempre con un ojo en el pasado y otro en el futuro.

“Recuerdo tu rostro, tus ojos, tus labios, tus mejillas, la forma tan encantadora en que te sonrojas cuando me ves. Recuerdo tu cuerpo perfecto y cómo siempre encuentras tu lugar entre mis brazos. La forma tan linda en que me abrazas y con un beso me haces sentir bien, sin importar lo que haya pasado”

Qué barbero, algo ha de querer.

“Recuerdo todo eso, y muchas más cosas que ya no tengo tiempo de decirte, y eso me hace sentir una profunda tristeza”

¿Qué?, ¿de qué carajo está hablando?

“Tristeza de que no podamos vivir más cosas juntos, tristeza porque todo nuestro amor será desperdiciado, tristeza porque todo lo bello que hemos compartido será evaporado”

¿Qué diablos le pasa a este imbécil?

Se hace el silencio del otro lado de la línea, un sollozo interrumpe el silencio.

Algo muy malo está pasando.

“Traté de conseguir cómo salir en cuanto supe la noticia, te podrás imaginar que fracasé. Te fallé… te fallé y jamás voy a perdonármelo… siempre te recordaré Diana, y espero de todo corazón que nunca escuches esto, sé que tienes el celular al lado, y que falla cuando recibes mensajes de voz muy largos”

Dios mío.

“Te dejo este mensaje rezando para que fastidie tu alarma y no te despiertes a tiempo, deseando de todo corazón que te quedes dormida, y que no abras los ojos y veas lo que está pasando… si tú tienes razón, y hay un Dios amoroso esperando del otro lado, espero que te deje dormir y despiertes cuando todo haya pasado… si tienes razón, y por primera vez en mi vida espero de todo corazón que la tengas, te estaré esperando”

Diana está paralizada por el miedo, hasta ese momento se da cuenta que una tenue luz azul baña su sala, mira la pantalla de su televisor sin soltar su teléfono, y empieza a llorar en cuanto ve la transmisión.









“Te amo, Diana”

Mientras las lágrimas corren por sus mejillas, el contador llega a cero.

La luz más brillante que ha visto en su vida se refleja en la pantalla de la televisión.

Paralizada por el miedo, Diana murmura:

- Yo también te amo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Esa sensación que sólo puede expresarse en inglés



La luz del atardecer inunda la ciudad, cae con fuerza sobre los automóviles que se acumulan en la avenida, es domingo y mañana hay que regresar a la rutina de siempre, Víctor y sus hijas Patricia y Romina combaten el calor que se acumula en la camioneta comiendo paletas heladas, las niñas cantan, ríen y le cuentan a su padre la vida y milagros de todos sus compañeros de escuela, Víctor no podría estar más alegre, sus hijas ya merecían un pequeño descanso y el estruendo de las pequeñas es la mejor prueba de lo relajadas que están, a otros podría parecerles una tortura, pero para él era maravilloso poder disfrutar esos momentos al lado de sus amores.

Era una lástima que estuviera a punto de llegar a casa.

Minutos después, la camioneta avanzaba hacia la entrada de su hogar, las niñas habían dejado de reír y gritar hacía poco, estaban acostumbradas a los arranques de ira de su madre, y preferían callarse a molestarla, una sensación de desgano y resignación invade a las chiquillas, y al apagarse el motor un par de suspiros atraviesan el aire tibio de la camioneta.

Nada de esto pasa desapercibido para Víctor, ha tratado de hablar con su esposa al respecto, ha intentado de todo con tal de ayudarla, pero Vianey no es de esas personas que se dejen ayudar fácilmente.

Una triste resignación invade su rostro, los tres viajantes descienden, Paty y Romy ayudan a su papá con las maletas y los tres avanzan hacia la entrada de la casa, las niñas están pegadas a las piernas de su papá, tratando de tomar valor para volver a su rutina personal, esa de la que están cansadas pero no pueden evitar.

Víctor toma las llaves y abre la puerta, apenas pone un pie en la casa, anuncia:

- ¡Vianey! ¡Llegamos!

Paty y Romy no se han separado de su papá, esperan escuchar la voz de su madre gritar alguna respuesta seca y malhumorada, como siempre, pero su sorpresa no tiene límites cuando escuchan la voz de su madre:

- ¡Vaya!, ¿tan pronto?, ¡pensé que el tráfico iba a atraparlos en la carretera un poco más!, lo bueno es que alcancé a preparar la cena, ¿tienen hambre?

Mientras escuchan todo esto, los inconfundibles pasos de su mamá se acercan, de pronto la tienen ahí, con un par de guantes de cocina en la cintura y una gran sonrisa en el rostro, las niñas están asombradas, y alcanzan a percibir que su papá está tan asombrado como ellas, Víctor se repone de la sorpresa y pregunta:

- ¿Hiciste la cena?
- ¡Claro!, ¿no me avisaste que llegarían más tarde?, ¡imaginé que tendrían hambre así que preparé todo para una buena cena!, ¿no les agrada la idea?

Padre e hijas no saben qué hacer o decir, se fueron hace una semana y si alguien les hubiera dicho que al volver iban a encontrar una bienvenida tan calurosa, se hubieran reído en cara de quien se los dijera.

Víctor se repone de su asombro de nuevo:

- Lo siento, creí que estarías terminando el proyecto del Centenario, ¿no estaba por vencer el plazo?
- ¿El proyecto del Centenario?, bueno, me apuré y envié la propuesta el jueves, el viernes lo aprobaron en una junta en la Facultad y ayer envié los archivos, mañana deberá estar terminado.

La sonrisa de Vianey es tan sincera y agradable que Víctor y sus hijas sienten que algo se revuelve en su interior, ¿qué pasó con la madre enojada, fastidiada y harta de la vida que habían dejado la semana anterior?, ¿qué la hizo cambiar así?

Al ver el desconcierto en los rostros de su marido y sus hijas, la mujer decide tomar la iniciativa, hasta ahora le ha servido bien y no tendría por qué fallar ahora…

- ¡Pero qué niñas tan serias!, ¿no piensan saludarme?, ¡Vengan, denme un abrazo!

Paty, la gemela insegura, se aferra a la pierna de su papá, sabe que Romy está pensando lo mismo, la mujer que tienen enfrente parece demasiado buena para ser Vianey, se ve igual a ella, habla como ella, camina como ella, para todo efecto práctico, es ella.

Pero algo no está del todo bien.

Romy sostiene entre sus dedos la tela del pantalón de Víctor, tiene la otra mano pegada a la boca, y la mirada fija en Vianey, sabe perfectamente que Paty piensa lo mismo, algo no parece estar del todo bien; pero esta versión cariñosa de su mamá es algo nuevo y a pesar de que resulte extraña, no es una oportunidad que deba desperdiciarse.

Con un par de pasos Romy se aleja de Víctor hacia los brazos extendidos de su mamá, Vianey cierra el brazo sobre su hija y la estrecha contra ella, Romy no puede creerlo, siente tanto amor y cariño en ese abrazo que instintivamente abraza a su mamá por el cuello y se acerca más a ella.

Eso termina con las dudas, Paty camina hacia Vianey sin soltar a su papá, cuando está por llegar a sus brazos, su mamá, sin soltar a Romy, abraza a Paty con el mismo amor y ternura con que abraza a su hermana; las niñas esperaron durante tanto tiempo que su mamá les diera una muestra de ternura que impulsivamente empiezan a besarla.

Víctor piensa que está alucinando, desde que Paty y Romy nacieron, cinco años atrás, no recuerda haber visto a Vianey abrazarlas así, empieza a convencerse que lo imposible acaba de pasar cuando sus hijas besan las mejillas de su mamá, y termina cuando su esposa lo mira y le dice:

- ¿Y tú, guapo?, ¿no piensas saludar a tu esposa?

Aunque le cueste trabajo admitirlo, él también ha esperado mucho tiempo para ver una muestra de cariño, sin embargo, él es un adulto y la misma sensación que se revolvía dentro del estómago de sus hijas revolotea en el suyo, hay algo raro, esto no está pasando, la gente no puede cambiar así.

Algo no está del todo bien.

Vianey se levanta sin soltar a sus hijas, Paty y Romy sonríen y Víctor no sabe qué hacer, su esposa se acerca, lo mira con esos hermosos y enormes ojos cafés; esa mirada cargada de amor y devoción del día en que se dijeron “te amo” por primera vez; esa misma mirada del día en que se casaron y ambos dijeron, completamente enamorados “si, acepto”; esos mismos ojos enamorados que no veía desde hacía tanto tiempo. Vianey abre ligeramente los labios cuando sonríe, Víctor no puede evitar hacer lo que siempre ha hecho cuando ve ese gesto, se acerca a ella y la besa.

Es un beso largo, apasionado y cariñoso, cargado de amor y deseo a partes iguales, uno de esos besos que sólo Vianey puede darle, por unos segundos Víctor se pierde en los labios de su esposa, cierra los ojos y se deja llevar por ese agradable mar, nada importa, sólo seguir hundido en las profundidades del beso. Al separar sus labios, se da cuenta que ella sintió lo mismo, justo como la primera vez.

No cabe duda, es Vianey y nadie más.

Pero, ¿por qué debería haber dudas?, la cuestión es: ¿qué la hizo cambiar así?

En cuanto abre los ojos, Vianey sonríe, se aferra más a sus hijas y dice:

- Mucho mejor, ahora, ¿quién tiene hambre?...

Horas después de la cena Víctor disfruta una copa de vino en la sala, Vianey subió para dormir a las niñas y él aprovechó el frío de la temporada para convencer a su esposa de encender la chimenea, para ser justos ni siquiera había tenido que convencerla, ella había dicho que era una idea excelente y muy romántica; algo que no había escuchado de sus labios en mucho tiempo.

Víctor se pierde contemplando el fuego en el hogar, encerrado en sus pensamientos, ¿cómo es que Vianey ha cambiado así?, está tan ensimismado que no se da cuenta que su esposa está recostada en el sillón junto a él y que lo abraza con ternura.

- ¿En qué piensas, mi vida?
- En nada en particular – responde Víctor- sólo en algunos pendientes que tengo que revisar mañana.
- ¿Algo que te de problemas?
- No, todo bien, los muchachos se encargaron.
- Muy bien, ¿no te cansó el viaje?
- Un poco, pero la verdad es que Paty y Romy lo hicieron muy ligero.
- Son un amor, ¿verdad?
- Son nuestras niñas, a fin de cuentas.
- Si, heredaron la alegría de su padre.
- También la tuya amor, ¿recuerdas cómo nos divertíamos cuando nos conocimos?

Vianey sonríe y suspira, Víctor no sabía que ella recordara los viejos tiempos con tanto cariño, siempre decía que él vivía en el pasado mientras que ella se adaptaba a todo, era una lástima que su forma preferida de adaptación fuera encerrarse en sí misma y atacar todo lo que no le pareciera bien.

- ¿Si lo recuerdas, verdad?

Vianey lo mira extrañada, esa expresión no se puede fingir.

- ¿Cómo no voy a recordar? – por un momento parece que la Vianey de siempre regresa, pero Víctor vuelve a sentir algo en su estómago cuando su esposa sonríe:

- Recuerdo el parque donde solíamos vernos, todo lo que platicamos ahí, con la puesta de sol frente a nosotros, era una imagen muy romántica.
- ¿En serio te parecía romántico?
- ¡Claro!

Víctor siente una punzada, la sensación se incrementa hasta hacerlo sentir náusea, el parque estaba frente a una de las avenidas más transitadas de la ciudad, muchas veces habían bromeado sobre cómo ellos eran los únicos que podían creer que era buena idea citarse y romancear en un lugar tan transitado.

- Lástima que lo hayan demolido.
- Sí, era lindo – Víctor siente miedo, pero entonces:
- Aunque sólo a ti se te ocurre invitar a tu chica a escuchar los insultos en el tráfico.

El miedo se disipa, el nudo en su garganta se disuelve y no puede evitar soltar una carcajada:

- El día que el policía creyó que estábamos haciendo algo más que besarnos.
- El día que el niño nos quiso vender chicles tres veces.
- El día que nos silbaron desde el microbús.
- Y el día de la manifestación que no vimos.
- Cuando se cayó mi helado y me regalaste la mitad del tuyo.

Víctor está asombrado, no sabía que Vianey recordara eso, su esposa lo sorprende más al dejarse llevar:

- Ese día me di cuenta que sentía algo especial por ti, nunca había conocido a un hombre tan caballeroso y tierno, entonces supe que estaba enamorada de ti.

Vianey suspira, Víctor también se deja llevar:

- Eras tan tierna y cariñosa, me escuchabas como si estuviera contándote el cuento más interesante del mundo; y me veías con esos ojos… el día del helado ni siquiera dudé para compartirte el mío, ese día supe que tú podías pedirme lo que fuera, cualquier cosa que tuviera iba a ser tuya también.

Los minutos pasan, Víctor baja la mirada y se encuentra con la mirada enamorada de Vianey, ella suspira y sonríe, pone una mano sobre el pecho de su esposo y con la otra acaricia su rostro.

- Después de todo este tiempo y todo lo que hemos pasado… ¿Sigues sintiendo lo mismo por mí?

Víctor se deja llevar por las caricias y por la mirada de su esposa, responde sin dudar:

- Claro que sí, te amo y siempre te he amado, Vi.
- Yo también te amo, Vic, y tengo algo importante que decirte.

Los músculos de su espalda se tensan, el nudo en su garganta reaparece en su estómago, la sensación regresa.

- ¿Me perdonas?

La pregunta toma por sorpresa a Víctor, quien sólo atina a preguntar:

- ¿Qué?
- Perdóname por lo mal que me he portado contigo; sé que no he sido la mejor, y eso no es justo para ti, pero te amo con todo mi corazón, así que, ¿me perdonas?

Víctor está asombrado, nunca esperó escuchar a Vianey decir eso, menos pedir disculpas por algo en lo que no creía estar equivocada, sin saber que pensar, volvió a perderse en los hermosos ojos de su esposa, y contestó:

- Claro que te perdono, Vi.

La mujer sonríe y vuelve a darle un beso como el de la tarde, sin dejar de besarlo, Vianey dice:

- Verás que todo será mejor… vamos a ser muy felices a partir de ahora…

Víctor abre los ojos y se encuentra entre los brazos de su esposa, habían hecho el amor a la luz de la chimenea, las brasas de la leña ahora iluminaban la sala con una luz tenue, hasta ese momento notó que un par de ojos no dejaban de mirarlo.

El hombre se reincorpora y nota a un lado de la chimenea al gato de la casa, el animal no le quita la mirada de encima.

- ¿Qué pasa Kimi? ¿Dónde estabas?

Por toda respuesta, el felino se acerca a Víctor, deja que su amo lo acaricie, clava la mirada en Vianey, da un maullido y vuelve a mirar a su amo.

Víctor se da cuenta que no había visto a Kimi desde que llegaron, y el gato parece desconfiar de Vianey.

La sensación olvidada regresa con fuerza.


La oscuridad invade la casa, no se escucha más que jadeos, ha estado recargada contra la pared, desnuda, durante más de cuatro horas, está aterrada.

El día había comenzado como cualquiera, se despertó, tomó la laptop, y leyó las noticias mientras tomaba el desayuno en la cocina, hizo un par de llamadas y esperó el paquete.

Su respiración se calma, la falta de luz, a pesar de aumentar su miedo, también oculta lo que tiene enfrente, conforme las horas pasan, se tranquiliza más y más.

A mediodía todo está listo, sus efectos personales están en una maleta, su ropa está empacada dentro del auto; la mensajería llega puntual y la caja queda a mitad de la estancia, frente a la entrada.

La oscuridad se hace más densa, ella sigue concentrada en el brillo que acaba de observar, la laptop acaba de caer sobre la alfombra.

A las tres de la tarde Vianey se concentra en redactar la nota, es miércoles, así que pasarán al menos otros cuatro días antes de que Víctor y sus hijas regresen, ella no piensa estar allí para recibirlos.

“Querido Víctor:

Sé que pretenderás que esta decisión te toma por sorpresa y que no es lo que  deseas desde hace años.

Siempre fui clara contigo sobre lo que quiero, tú siempre has sido muy claro en no dejar que mis necesidades se interpusieran en tu vida.

Me voy, puedes contactarme a través de mi mamá o mi hermana si necesitas algo, pero espero de todo corazón que no tomes ese camino y puedas continuar solo.

Ya no puedo ni quiero llevar esta carga, lamento tener que llegar tan lejos, por las niñas; explícales lo que pasó cuando lo creas necesario, espero que puedan seguir adelante.

Te dejo un regalo, algo que podrá sustituirme tomando en cuenta lo que siempre has esperado de las mujeres, tus ideales y necesidades quedarán cubiertos con eso.”

Ella sigue sollozando, tiene miedo de moverse y también de quedarse quieta, la laptop cambia el protector de pantalla justo entonces.

Su mirada se clava en una foto de Víctor y las niñas.

Su conciencia sobrepasa el miedo, ahora sabe qué hará, es lo correcto.

Afortunadamente, hay tiempo aún.

Nada ha cambiado cuando el sol ilumina la mañana del jueves, la caja sigue frente a la entrada; el auto sigue estacionado con los faros apuntando hacia la salida; la ropa de Vianey sigue empacada dentro; su gato sigue dormido en un sillón de la sala.

Su laptop despliega archivo tras archivo, toda su vida y recuerdos pasan frente a ella, al observar toda la felicidad que ha despreciado se convence que ha tomado la decisión correcta, cuando termina el calor del sol calienta su espalda, la sensación es estimulante, es hora de trabajar.

Los mensajeros vuelven a visitar la casa, esta vez dejan los paquetes en la puerta de la casa conforme a lo que les piden por el intercomunicador.

Cuando la noche regresa a la casa la caja ha desaparecido, el auto está en su lugar, su contenido está otra vez donde debe, el procesador de basura se hizo cargo de las cajas, logró terminar antes de las seis y enviar la propuesta del libro que tenía pendiente, luego de recorrer la casa y asegurarse que todo estaba en orden, se relajó por fin y repasó de nuevo los archivos que había visto en la mañana.

A las ocho de la noche, un mensaje: le pedían que fuera al día siguiente a una reunión en la Facultad para discutir el proyecto, por un momento pensó que había hecho algo mal, pero el resto del correo dejaba ver que estaban encantados con su trabajo, irónicamente.

Luego de contestar una sombra se movió entre las vigas del techo, asustada, clavó la mirada sobre el punto y sus ojos se encontraron con los del gato, que la miraba lleno de desconfianza y aprehensión.


La reunión entre el Director de la Facultad, el Jefe de Diseño, la Coordinadora de Publicaciones, sus respectivos equipos y Vianey para discutir la propuesta del libro terminó grabada en la mente de todos.

Al principio todos los presentes (y de verdad me refiero a todos), tenían una extraña sensación, hacía sólo quince días que habían visto a Vianey pero ese día había algo fuera de lugar con ella; no podía ser su apariencia, ya que era la misma de siempre; no podía ser su trabajo, ya que era igual de bueno; pero había algo, que nadie podía definir, pero que todos sabían que estaba ahí.

Ella se percató de la situación, las miradas de reojo y los cuchicheos, todos se concentraban en ella y en encontrar qué era lo que los hacía sentirse así.

Entonces decidió ir por todas, hasta ese momento había respondido a los presentes con frases cortas, así que se soltó y mostró su verdadera personalidad.

Eso fue lo que encajó la reunión en la memoria colectiva de la oficina, para ellos ése era el elemento inquietante sobre Vianey: sus palabras, sus expresiones y sus gestos habían dado un giro, todos la recordaban irritable, tímida, agresiva y a veces insoportable; ahora era extrovertida, carismática, amable y hasta cariñosa, nadie podía creerlo, pero todos aceptaron que era eso lo que los había incomodado.

Nunca llegaron a saber que la experiencia que sólo compartieron al principio de la reunión es un concepto que tiene décadas; la curiosa forma en que funciona la mente hizo que prefirieran la explicación simple a la posibilidad siniestra: ellos notaron algo inquietante en Vianey desde el momento en que la vieron, no cuando empezó a soltarse. Su nueva y agradable personalidad hizo que pasaran por alto la sensación de inquietud y asumieran que su carácter era lo que había provocado su reacción inicial.

Un investigador habría encontrado muy interesante todo esto, ellos debieron darse cuenta de lo que pasaba también, en las semanas previas habían escuchado la descripción de lo que sintieron esa mañana de viernes cientos de veces: se llamaba Uncanny Valley Effect o “Valle Inquietante” en su pésima traducción al español y era la sensación de rechazo e inquietud que la Corporación Matriz trataba de evitar con su nuevo producto, androides llamados Satisfaction Maidens, lo más nuevo en juguetes sexuales.

Vianey, un ser humano común y corriente que habían visto cientos, si no es que miles de veces, acababa de provocarles una sensación de rechazo que sólo deberían provocar los androides humanizados.

Eso es el Uncanny Valley Effect.


La misma sensación invadió a Víctor y a sus hijas un par de días, la teoría dicta que en ese plazo debieron darse cuenta que había algo mal y rechazar a Vianey, pero pasó lo mismo que en la Universidad: la nueva, dulce y amorosa versión hacía que sus dudas quedaran a un lado y creyeran que la sensación era irracional.

Si se ve como ella, habla y camina como ella, escribe y grita como ella, besa y abraza como ella… tiene que ser ella.

Además, había tantos en su círculo que siempre esperaron un poco más de cariño, reconocimiento, amor y respeto que el que Vianey solía dar, que pronto decidieron que esta nueva faceta era la verdadera y el resto del mundo se podía ir al diablo por lo que a ellos concernía.

El mundo entero parecía aceptar a la nueva e inquietante Vianey, aunque alguien muy cercano no daba su brazo a torcer.

Para Kimi todos habían enloquecido, era tan evidente que ella no era Vianey que no dejaba de asombrarlo el cariño y amor que sus humanos le daban, él no se había dejado convencer.

Empezaba a inclinarse por aceptar la situación, sin embargo, para reintegrarse a la manada, al final, Lo-Que-Sea era agradable y cariñosa, sabía que no podía traicionar a Vianey, pero a fin de cuentas era un animal y había necesidades que no podía cubrir en soledad.

Después de despedir a Víctor y a las niñas y recordarle a su esposo la cena que tenían programada esa noche, regresa a la casa, entra a la sala y se topa de frente con Kimi, el gato le ha negado su atención y la ha visto con desconfianza desde aquél día, ella sabe que el gato conoce el secreto, el gato sabe que ella no es lo que dice ser.

- ¿Ya vas a hacer las paces conmigo?

Kimi maúlla, ella no sabe si está aceptando o diciéndole que se siente, se deja caer en el sillón y empieza a hablar, tiene tanto que decir que necesita dejarlo salir:

- Supongo que no merezco tu confianza, después de todo lo que pasó… ¿Pero qué se supone que iba a hacer?, tú viste cómo se burlaba cuando escribía la nota; su maldita risa, tan malvada y fría; saber que estaba dispuesta a destrozar la vida de alguien tan lindo y cariñoso como Víctor; que estaba dispuesta a dañar a sus propias hijas, que no sienten otra cosa más que amor por ella; cómo se burló de mí cuando le pregunté si estaba dispuesta a hacer tanto daño por egoísmo.

El gato no responde, sigue con los ojos fijos en ella:

- Ella era un asco, pero no creas que no lo lamento; no pasa un minuto sin que piense en eso y deseé cambiarlo.

Por toda respuesta, Kimi se acerca y se deja acariciar.

Los minutos pasan, el gato ha decidido aceptar lo inevitable y adoptar a esta cosa como uno más de sus humanos, a fin de cuentas, ¿qué habría de bueno en que se supiera la verdad?

De pronto el gato salta y camina hacia la estancia, ella va tras él y lo ve dirigirse hacia el armario bajo la escalera, es una fortuna que Víctor no haya entrado y que las niñas no hayan pasado cerca de ahí, el gato se sienta, ella suspira y con una mirada cargada de tristeza abre la puerta de par en par.

- Lo sé, tenemos que encargarnos de esto, hay sierras en el garaje, estoy segura.


Ahí, desde el fondo del armario y dentro de la caja en que ella llegó, los ojos vacíos de Vianey los miran sin expresión.