martes, 31 de enero de 2017

Visita Guiada

I.- Una carta.
El año estaba terminando como todos para Adriana, encerrada en su oficina, sufriendo del clima psicótico de la Ciudad de México y revisando algunos de sus proyectos previos; el trabajo no despegaba hasta pasadas las fiestas decembrinas, una vez que los esclavos de cuello blanco que manejaban realmente las compañías de las que dependían sus fondos entraban en ritmo.

La vida del restaurador es aburrida en sitios donde hay poco trabajo, y empeora cuando este trabajo depende de la generosidad de terceros; pero Adriana no tiene motivos de queja, dedica sus horas libres a realizar proyectos independientes y una que otra intervención en algún rincón perdido de la Ciudad de los Palacios.

La chica goza de una fama modesta, pero creciente, entre los círculos culturales e intelectuales de la ciudad, un par de intervenciones en espacios abandonados por la negligencia de la Jefatura de Gobierno le valieron sonadas entrevistas y notas periodísticas; sus proyectos posteriores, a pesar de ser condenados por el Jefe de Gobierno en persona, gozaron de la aclamación popular y llevaron su nombre y su obra fuera de las fronteras de México, Adriana estaba en la mente de muchos grupos y organizaciones dedicadas al arte y la cultura en América y Europa.

Fue por eso que la carta que llegó a su oficina a mediados de octubre de aquél año fue menos sorprendente de lo que después resultó; la misiva estaba dentro de varios sobres, el primero venía dirigido desde Las Vegas, la carta previamente había pasado por Nueva York, Toronto, Londres, Madrid y Barcelona luego de ser escrita y enviada desde París, y había tomado aquella ruta tan enredada para conservar al máximo su secrecía.

El documento procedía de la Compañía Mexicana de Perforación, Adriana y su asistente buscaron información acerca de alguna organización con ese nombre en vano, hasta que un becario que trabajaba con ellas les aclaró el misterio: se trataba de un grupo que formaba parte de Les UX, un grupo de ciudadanos de París que se dedicaban a restaurar, habilitar y realizar espectáculos en las Catacumbas de la ciudad.

La carta no venía firmada pero estaba fechada en los primeros días de octubre, el documento invitaba a Adriana, en forma protocolaria y oficiosa, a emprender un viaje a París para reunirse con “personajes destacados de la ciudad”, no especifica motivo, asunto y/o fin del viaje y solicita confirmación por correo electrónico.

Adriana y su asistente están muy emocionadas, la carta parece implicar que los miembros de Les UX están interesados en que participe en alguno de los proyectos del grupo, la perspectiva de intervenir en las famosas Catacumbas de París daría un gran impulso al trabajo y la carrera de Adriana, tanto en México como en el extranjero.

Estos datos los consignó la Policía Federal, en la investigación correspondiente.

II.- Le Capitain.
Las primeras luces de la mañana iluminan la Ciudad Luz, bañan sus monumentos, destacan sus atracciones y marcan el inicio de la jornada para los habitantes de la capital, a pesar que no es la primera vez que visita París, Adriana vuelve a quedar encandilada por el amanecer.

Es una ciudad hermosa por fuera y por dentro, única como pocas en el mundo, y por primera vez desde su iniciación como francófila, Adriana podrá contribuir a darle un poco más de brillo a este diamante europeo.

El taxi que la sacó de la zona del Aeropuerto la deja en un hotel en la zona de Montparnasse, la respuesta del correo electrónico en el que confirmó su viaje daba instrucciones precisas respecto al hotel en que debía hospedarse, como esperaba, había una habitación reservada para ella por la Mexicana de Perforación.

Luego de instalarse, tomar un baño y una siesta para combatir el cansancio, comer algo ligero en el restaurante del hotel y avisar a sus familiares y amigos de su arribo a París, Adriana salió en dirección a la plaza Denfert Rochereau, ubicada en el extremo sur de la ciudad.

Al llegar al centro de la plaza, Adriana distinguió en una de las bancas al “contacto”: había recibido fotos de la persona encargada de recibirla e instrucciones sobre cómo identificarse para que pudiera explicarle el motivo de su viaje a París; sin embargo, no le dieron su nombre, sino su apodo: Le Capitain.

Y ahí lo tenía, El Capitán en persona, un sujeto alto, de nariz prominente, atlético, cabello negro y tez blanca, en cuanto Adriana lo reconoció él también dio señas de conocerla, luego de los saludos y comentarios de rigor, El Capitán la condujo hacia la enorme fila que rodeaba la plaza, todos los turistas que esperaban visitar las míticas Catacumbas de la Ciudad Luz.

Ahí, cerca de la entrada, El Capitán la presentó con su compañera, una joven de tez morena, enormes y profundos ojos cafés y una larga cabellera rizada, ella tampoco le dijo su nombre, solamente se presentó como Duchesse, el grupo entabló una conversación animada mientras ingresaban a las Catacumbas y comentaban algunos detalles sobre el lugar.

Al llegar a la entrada del osario, Adriana, que nunca había visitado el lugar, quedó impresionada por la inscripción tallada en la piedra.

Cuando declaró ante la policía, un turista dijo que la ironía fue lo que grabó ese instante en su memoria, si Adriana hubiera hecho caso a la advertencia (“¡Detente!, Este es el Imperio de la Muerte”) su fin habría sido muy diferente.

III.- El reporte del Oficial Dreyfus.

Philipe Dreyfus es oficial de la policía de París desde hace más de 20 años, quince de los cuales ha sido miembro de los cataflics, la división encargada de vigilar las Catacumbas; él es uno de los policías encargados de proteger los túneles oscuros y macabros de la ciudad del vandalismo, y a los que son tan tontos u osados como para ingresar sin guía en la extensa red.

Otra de sus funciones consiste en dar caza a los catáfilos, que se dedican a explorar los túneles y pasadizos de las Catacumbas por simple diversión, muchos de ellos pertenecen al grupo clandestino Les UX, contra quienes tiene órdenes expresas para cesar sus actividades dentro de los túneles y detenerlos de inmediato.

Por supuesto que después del incidente del cine subterráneo descubierto en 2004 y manejado por La Mexicana de Perforación, las medidas contra Les UX se han endurecido, pero los cataflics son, antes que policías, ciudadanos de París, y suelen hacerse de la vista gorda con los miembros del grupo.

Al cuerpo le preocupan los exploradores, quienes representan más riesgo por sus excursiones ociosas dentro de los túneles, a pesar de que muchos son expertos, también son propensos a perderse, a llevar turistas que se pierden o a guiar a cualquiera que les pague lo suficiente dentro del laberinto.

Es por eso que el Oficial Dreyfus siguió de cerca las actividades de Jean-Baptiste Emmanuel Mouton, también conocido como Le Capitain y su pareja, Michele Pironi, alias Le Duchesse, durante la semana del 30 de octubre al 3 de noviembre de aquél año.

Cuando Emmanuel recibió a Adriana en la Plaza Denfert, Dreyfus los vigilaba desde el otro lado del parque; cuando caminaron hacia los que esperaban ingresar en las Catacumbas y se reunieron con Michele, el oficial los observó desde la acera opuesta; cuando ingresaron a los túneles, Dreyfus usó un acceso reservado a la policía para entrar y alcanzarlos dentro del osario; una vez de vuelta en la Prefectura, el oficial reportó a sus superiores lo que había observado, ellos le dieron la instrucción de vigilar al grupo de cerca.

La intención del Sargento Montagny, el superior del Oficial Dreyfus, era prevenir un incidente similar al que había ocurrido dos años atrás, cuando el Capitán y la Duquesa habían guiado a tres turistas estadounidenses al interior de los túneles, uno de los jóvenes trató de propasarse con Michele y ellos los abandonaron dentro de las Catacumbas, afortunadamente los turistas hicieron mucho ruido y un grupo de cataflics los rescató en menos de dos horas.

Todos en la división tenían puestos los ojos en la pareja, sabían que no formaban parte de Les UX ni tenían relación con ninguno de sus grupos, eran parte de ese grupo de visitantes ociosos sobre los que los cataflics ponían especial atención.

El reporte completo del Oficial Dreyfus, sancionado por sus superiores y entregado por el Prefecto de Policía al Embajador de México en Francia, termina la madrugada del 3 de noviembre a unos 3 kilómetros al oriente de la Plaza Denfert, ese fue el lugar donde un desconocido, al que Dreyfus no había visto durante la vigilancia previa ni pudo identificar después, le asestó tres golpes con un bastón, dejándolo inconsciente al pie de un respiradero que conecta con la Gran Red del Sur, el sistema de túneles más extenso de las Catacumbas.

Lo único que distinguía al hombre que lo atacó, según el informe, era que el tipo tenía el rostro pintado como esqueleto y vestía un traje sobre el que había huesos dibujados, un atuendo típico de las fiestas de Día de Muertos.

IV.- Monsieur Mort.
La oscuridad la envuelve, la linterna no es suficiente para iluminar todo su entorno, está sola y perdida en los túneles bajo la ciudad, tiene una idea muy clara de la extensión de la red y sabe que es probable que muera antes de que la encuentren.

Los guías la habían abandonado hacía unos veinte minutos (¿treinta?, ¿cuarenta?, ¿cómo saber en esa maldita negrura?), no les había resultado demasiado difícil, mientras iban caminando, la linterna de Adriana iluminó un tatuaje en la espalda de Jean-Baptiste, representaba dos pistolas cruzadas y bajo ellas un presagio: La Mort.

Adriana fijó su mirada en el tatuaje y se concentró en seguir al Capitán a través del subsuelo parisino, no se dio cuenta en qué momento desapareció Michele hasta que Jean dio media vuelta y se lo hizo notar, ella apuntó la linterna a su espalda y volvió a mirar al Capitán.

Él también había desaparecido.

Escuchó pasos que se alejaban, y trató de correr tras él mientras gritaba que no la dejara, que no podían abandonarla allí, algo en el suelo la hizo tropezar y tirar la linterna, la levantó y trató de correr de nuevo, no había dado ni diez pasos cuando notó que su única fuente de luz se había dañado con la caída, y parpadeaba cada vez más.

Ahora la luz se extinguía a cada paso, Adriana camina con la espalda pegada al muro, esperando poder seguir caminando en la oscuridad, en ese momento vio un haz de luz amarillenta en el túnel, caminó rápidamente hacia él y vio que era un respiradero, dio un grito de alegría al poder asomarse a la calle, se había salvado de milagro.

O eso creía ella.

Mientras trataba de ver si alguien venía hacia el respiradero, Adriana alcanzó a ver un par de zapatos negros, impecables, un pantalón negro y un bastón que golpeaba la acera rítmicamente, en ese momento vio que el pantalón tenía un fémur y una tibia dibujados, y asumió que se trataba de algún otro mexicano:

- ¡Auxilio!, ¡Ayúdeme por favor!, ¡Me dejaron abandonada acá abajo!, ¡Ayuda!

El hombre se detuvo y Adriana asumió que miraba hacia el respiradero, para que notara que no era ninguna broma, la chica sacó un brazo a la calle y trató de tocar al extraño, él dio un paso hacia atrás y empezó a hablar:

- ¡Buen Dios!, ¿Cómo fue qué te metiste ahí, mujer?

Esa voz sonaba conocida.

- Siempre te las arreglas para meterte en las situaciones más jodidas, ¿verdad?

La voz.

- La niña tan grandecita y jugando con los fantasmas de París como chiquita.

No puede ser.

- Atrapada en la oscuridad y espantada como niñita.

¡No! ¡Dios, si existes y estás ahí no permitas que sea él!.

- ¿Cómo vas a salir de este problema ahora, gatita?
- ¿Francisco?

El hombre disfrazado se pone en cuclillas, Adriana ve su rostro, a pesar de estar pintado como cráneo, no hay duda, es él.

- A tu servicio.
- ¿Qué diablos haces aquí?
- Regreso a mi hotel luego de una fiesta en la Embajada.
- No puede ser.
- Pero así es, llevo un par de meses disfrutando la vida de París, el Embajador es un buen amigo mío.

Los minutos pasan, Francisco no quita la mirada de la aterrada mujer, ella toma la iniciativa y pregunta:

- ¿Me vas a ayudar a salir o voy a tener que rogarte?
- ¿Rogarme?, ¿Cuándo me has tenido que rogar por algo?
- Fue sólo por decir
- Sólo por decir, tus ruegos me importan un carajo.

Los minutos pasan y Francisco no se mueve, Adriana se desespera y le grita:

- ¡Deja de hacerte el gracioso, cabrón!, ¡Ayúdame a salir de aquí!

El hombre no contesta, sigue mirando impasible a la mujer, ella empieza a sollozar por la humillación a la que Francisco la está sometiendo, con lágrimas en los ojos, y un tono de voz lastimero, ruega:

- ¡Por favor, ayúdame!, sé que lo nuestro no terminó como esperábamos, sé que no fue la mejor forma de despedirnos, también sé que debes estar molesto conmigo… pero ya párale, ¿quieres?, sé que no me vas a dejar aquí adentro para morirme.

Adriana escuchó pasos que se acercaban, decidida a salir y darle una golpiza al imbécil de Francisco en cuanto estuviera libre, empezó a gritar pidiendo ayuda en francés, un hombre y una mujer se detuvieron junto a Francisco, uno de ellos lo llamó Monsieur Mort, y él les pidió que fueran por el auto, cuando se alejaban, Adriana se dio cuenta que eran Jean-Baptiste y Michele.

- ¿Qué está pasando?
- Dime una cosa, Adriana; ¿de verdad pensaste que ibas a deshacerte de mí tan fácil?, ¿de verdad creíste que no haría nada al respecto?
- ¿De qué chingados estás hablando?

El hombre clavó la mirada en los ojos llorosos de la mujer, verla ahí, espantada, encerrada y sufriendo le inspiraba un sentimiento que creía perdido desde hacía tiempo.

Odio.

Un odio profundo, violento, casi animal.

El mismo odio que sintió cuando ella decidió deshacerse de él.

El odio que lo alimentó después que ella lo cambiara por “alguien mejor”.

Ese odio renacía en su interior.

Francisco tomó la mano de Adriana, observó sus dedos, las uñas color violeta y esa mano delicada y blanca que había besado tantas veces, ella sintió un rayo de esperanza en su interior que se desvaneció cuando sintió el primer golpe del bastón en su hombro.

- ¡Noooo!

El golpe la hizo dar un paso hacia atrás y meter ambos brazos de nuevo en el túnel, trató de acercarse y un nuevo golpe la hizo tambalearse.

- ¡Francisco!, ¡No hagas eso!

Otro golpe la alcanzó de lleno en la boca, por instinto trató de protegerse y subió los brazos, el siguiente golpe la hizo percatarse de porqué Francisco la había golpeado en primer lugar, la punta del bastón alcanzó el foco de la linterna y la destrozó, ahora el respiradero era su única fuente de luz.

El hombre la miró de nuevo, levantó un brazo y alcanzó una palanca que estaba fuera de su vista.

- Adiós. Nos vemos en el Infierno.

Francisco accionó la palanca y las paletas del respiradero se cerraron, al verse rodeada de oscuridad, Adriana lanzó un alarido de terror que retumbó por todo el túnel, desesperada, echó a correr, para no ser vista con vida nunca más.